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Carnavales, ¡los de mis tiempos!

Por: Enrique Chávez Jara

LA INTRODUCCIÓN

Si pensamos que el rol de la rememoración histórica es de acuerdo con los dictados de la conciencia, es cierto, porque no termina en el puro recuerdo, sino en el ejercicio de la memoria.

Desde tiempos ignotos, los carnavales eran una serie de bulliciosos regocijos y fiestas populares que se celebraban en días inmediatamente precedentes al miércoles de ceniza, principio de los ayunos cuaresmales.

La etimología de carnaval proviene del latín Carnevale: Carnestolendas; que a su vez significa alzamiento (supresión) de las carnes y tollenda, (que se ha de quitar).

Aunque goza de mayor solidez la expresión Carrus Navalis que presta estimable luz acerca de los principios de la historia del carnaval en la época del papa Gregorio El Grande.

Pero no dejemos de lado la versión italiana: Carnevale, expresión que significa “Carne” ¡adiós! destinada a indicar la excesiva licencia sensual, permitida en los días carnavalescos, antes del tiempo penitencial eclesiásticos.

Hay quienes afirman que el carnaval deriva directamente de las saturnales romanas (dios Saturno) inicialmente tuvieron carácter religioso, desde la más remota antigüedad y con ellos se celebraban el año nuevo o en la entrada de la primavera.

En el Perú llegó con la colonia (mejor dicho, con la invasión) y estuvo asociados a las festividades de Semana Santa, finalizaba el miércoles de ceniza, era el tiempo de arrepentimiento y el final de la vida mundana.

En la República, el carnaval se aparta de todo lo religioso, se celebra libremente, sobre todo desde los arrabales para inmiscuirse en la burguesía.

En 1920 el presidente Leguía le da un impulso al carnaval y por lo tanto “lo moderniza”, aparecen los corsos con carros alegóricos, incluyendo la reina de belleza y el rey momo (figura grotesca y burlesca).

En 1956 el presidente Prado prohibió el juego de carnaval en las calles e inclusive se declaró días laborables el lunes y martes después del domingo de carnaval. Paulatinamente los carnavales se fueron jugando los fines de semana de febrero, pero su espíritu festivo se fue perdiendo sistemáticamente.

Mollendo, tuvo en los carnavales una festividad de influencia europea y arequipeña. La sociedad carnavalesca de la época se manifestaba en las casas inicialmente, luego lo hacían en las calles de la ciudad. Los dichos y usos supersticiosos fundados en el tiempo de carnaval eran relativos principalmente a lo citadino, las lomas y lo ordinario de la vida doméstica. Lejos estuvo la fiesta de locura o de jarana. En los bailes por ejemplo era común el uso de las máscaras. Originalmente tenía un carácter religioso espiritual o sea el derivar en su principio al culto de los muertos, pero al ritmo del “one steps” y el “fox”, acompañados de singular lujo y riqueza.

En tiempos del oncenio, los carnavales se liberan de lo religioso y empieza a celebrarse en forma autónoma. Salen de los barrios marginales como la calle de los chivos (hoy Iquitos) al centro de la ciudad donde viven la gente de la “high life”.

Aparecen los corsos, incluyendo la reina del carnaval y el ño carnavalón (vulgar de señor), numerosas carrozas artísticas ricamente decoradas y los acomedidos burritos que desfilaban por las principales calles del puerto, una verdadera batalla de flores y de confeti. No faltaba la presencia de saltimbanquis, los muchachos de aquel entonces compran escobitas de retamas que se hacen para la ocasión y que agitan, luego lo pasan por los hombros de los presentes. Era una fiesta sana, por su esplendor y peculiar carácter lo hacen comparable a las mejores épocas de la historia.

MIS TIEMPOS

Logré ver y a veces participar en las fiestas carnestolendas en esta ciudad del mar. Los carnavales se jugaban solo en fin de semana. Empezaba el viernes, pero terminaban luego de tres días. Las fiestas eran familiares y sociales.

Indudablemente por ser verano, estaban concentradas en la playa de día en complicidad con el mar, arena y la sandía, y por las noches los bailes en “La Cabaña” o en el “Aquí está Tadeo”, incluyendo vaporinos y mojicones al ritmo de “¡que venga el carnaval, que venga para guarachar!” de la Sonora Matancera. La fiesta era tal y hasta las últimas consecuencias, como si fuera el último día de la vida.

Pero vayamos a la ciudad. Observé, claro muy infante por entonces, cuando se pedía permiso a la dama a quien se le quería mojar con un balde de agua o echarle talco perfumado “Mennen”, arrojarle cascarones de huevos llenos de líquido colorante y aromático. Luego serán los globos inflados con agua de caño con la antipática anilina. Algo más, también empleaban las bombillas de jebe con cánula que se usan para las lavativas (enema) y bañar o talquear a incrédulos viandantes.

Por la noche se realizaban bailes en muchos hogares. Tuve la suerte de asistir a una fiesta de chinos del barrio, donde el sonido del mágico pick-up brotaban melodías criollas “¡Ay carnaval… carnaval!” de Irma y Oswaldo (carnaval de la calle), o el clásico arequipeño de Ballón Farfán (apucllay).

Por algunas calles, las carnavaleros disfrutaban las noches arrojando desde su casa del segundo piso o de los altillos los conocidos paquetitos de talco envuelto en “papel de despacho” que, al impactar en la cabeza del paseante desprevenido, los convertían en una empanada empolvada digno de burlas y risotadas. Tiempo después por la crisis se cambió el talco por harina a granel traídas de Matarani “vía chancha”. Otros los denominaban como “torpedos”.

Pero en los bailes no faltaban los chisguetes de éter (envasados en tubos de vidrio, tipo cápsula de 20 cm de largo x 4 cm de diámetro) venían en cajas de seis unidades, muchas veces se quebraban en las manos del carnavalero, poco después fueron protegidas con cartón. Se le conocía como “amor de colombina”. Luego llegará el “pierrot” de fabricación francesa. Los bailongos duraban hasta la media noche. Para la ocasión las damas llevaban máscaras tipo antifaz para proteger los ojos del éter perfumado y también sus conciencias, aunque en los corsos se empleaban derrochando “heladas tentaciones”. Iba a la par el empleo de “pica pica”, serpentina de conversación, que eran cintas de papel con inscripciones sugerentes “eres el tormento de mi vida”, así como el infaltable confetti.

Luego viene lo peor, ganará popularidad la temible “matachola” que eran bolas de harina envuelta en una media de nylon usada y lanzadas a las empleadas del hogar y chicas desubicadas, pero en un afán racista, el palomilla carnavalero introducía una papa para darle mayor contundencia… eso no se hace.

El domingo en la tarde era la fiesta infantil en el Club Social conocida como la matiné, donde los niños iban ataviados de los mejores disfraces de influencia europea donde el confite* pasaba de boca en boca y el aroma del talco Johnson inundaba el ambiente. Empieza a las 4 de la tarde hasta las 6. Todavía escucho el ritmo elegante de “Patricia” de Pérez Prado. El lunes era el baile de fantasía para la gente mayor en el Club de Tenis.

La realidad de estos tiempos cambió totalmente la esencia del verdadero carnaval. Hoy en día predomina lo mercantil, donde los playazos, los cortamontes mal llevados, brillan por su presencia en beneficio de mercachifles del trago, la droga, el robo, la prostitución y el sida, el paganismo en todas sus formas bajo beneplácito de autoridades fallidas de ojos libidinosos, las saturnales, los bacanales y los lupercales en toda su manifestación; predomina el desorden civil, el desenfreno moral y el sarcasmo de personajes de lenguaje y modales groseros.

No pretendo ser pacato, militante católico, ni menos adorador del buey gordo Apis, pero ahora que estamos en cuaresma sirva para un periodo de penitencia o tiempo de arrepentimiento, amables lectores carnestolendos.

(*) El confite es una agradable pasta a base de azúcar y otros ingredientes en forma de bolilla, en su interior tiene un granito de anís, son de color blanco y rosado. El confite grande tenía internamente un maní, preparados artesanalmente.

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