POR: ARNULFO BENAVENTE DIAZ
El pensamiento de Manuel González Prada, a través de sus libros, mantiene una sorprendente vigencia en la actualidad.
Afirmó que los partidos políticos no eran agrupaciones de ideas, sino «sindicatos de ambiciones», donde los intereses particulares primaban sobre el bien común.
En el libro Horas de lucha escribe que el Poder Legislativo es un lugar de transacciones comerciales y pactos de impunidad, no de leyes.
Expresa que existe una alianza secreta entre políticos rivales para encubrir sus delitos y repartirse el botín del Estado.
Sustenta que los magistrados no aplican la ley para defender al ciudadano, sino para proteger al mejor postor y al más poderoso.
Critica la hipocresía de las clases altas, que se muestran devotas en los templos mientras explotan a los trabajadores.
Se enfoca en la sociología del país. Analiza cómo la corrupción no es un problema de personas aisladas, sino un mal estructural que carcome a todo el Perú.
Indica que las leyes hechas por corruptos solo protegen a los corruptos. El pueblo tiene el derecho y el deber de rebelarse contra la autoridad ilegítima.
También plantea que se debe quitar el poder absoluto a Lima (a la que veía como el foco de la infección política) para dar autonomía real a las regiones y a las comunidades indígenas.
Hoy, en pleno 2026, el Perú ya no es una patria, sino una hacienda rematada al mejor postor por capataces con inmunidad.
Asistimos al espectáculo grotesco de un Parlamento convertido en una feria de abastos. Allí no se legislan derechos, sino que se tasan silencios, se negocian archivos de fiscalías y se canjean ministerios por impunidad. Los partidos políticos actuales no albergan ideas; son bandas organizadas, sindicatos del saqueo mutuo que firman pactos de infamia a plena luz del día y ante la mirada atónita de un pueblo exhausto.
Nos hablan de orden mientras las calles se desangran y las mafias gobiernan el transporte y la vida diaria. Asimismo, hablan de crecimiento económico mientras el ciudadano común estira el sueldo para no caer en la miseria.
El Congreso y la justicia en el Perú siguen siendo esa víbora que solo muerde al descalzo, mientras los grandes delincuentes de cuello blanco pasean su opulencia por los pasillos judiciales, protegidos por magistrados que llevan la balanza en una mano y el precio de su conciencia en la otra.

