La familia Mariátegui Ferrer

La presencia de Gloria María en las biografías oficiales de su padre es nula, producto de la falacia de que Mariátegui negó a su primogénita.

ARCHIVO

POR: VÍCTOR CASANOVA VÉLEZ

Existe una etapa oscurecida de la vida de Mariátegui, en 1919. Desde 1918, José Carlos y su amigo César Falcón, “La yunta brava”, participan en reuniones familiares en la casa de Juan Ferrer Morales, en La Victoria. Allí, Mariátegui y Falcón conocen a las hermanas Victoria y Beatriz Ferrer, jóvenes muy agraciadas; José Carlos, de 19 años, se enamora de Victoria y César, de Beatriz. Desde 1919, José Carlos formalizó su relación y convivió con Victoria.

El gobierno de Leguía desterró abruptamente a “La yunta brava”, rumbo a Europa, en octubre de 1919. En ese mes, Victoria Ferrer tenía ocho meses de embarazo. Mariátegui parte sorpresivamente, sin despedirse de ella ni de su familia; posteriormente le escribe: “Excúsame esta falta y excúsame también de tu mamá…”. Estaba en viaje hacia Francia cuando nace su primogénita en Lima, el 17 de noviembre de 1919. Según carta del 24 de enero de 1920, Mariátegui ya conocía del nacimiento de su hija y su nombre, Gloria María. La relación sentimental entre los padres terminó, pero mantuvieron comunicación amistosa por la salud y educación de la niña.

LA HIJA OLVIDADA DEL AMAUTA

La presencia de Gloria María en las biografías oficiales de su padre es nula, producto de la falacia de que Mariátegui negó a su primogénita y que su familia giró en torno de sus hijos varones: Sandro, Sigfrido, José Carlos y Javier Mariátegui Chiappe. Muchos biógrafos la llaman Gloria María Ferrer, negándola como hija.

El historiador Ricardo Portocarrero Grados, director de la Casa Museo José Carlos Mariátegui, en 2016, escribió: “El público, pero sobre todo la izquierda peruana, con una falsa actitud moralista la dejó en el olvido y no tuvo presencia en el discurso oficial sobre la vida y obra de José Carlos Mariátegui”.

Incluso, su esposa, Anna Chiappe, conocía y aceptó su existencia. Servais Thissen, en su libro Mariátegui, la aventura del hombre nuevo, confirma que, ante los hechos consumados, Anna aceptó que José Carlos cumpliera con su responsabilidad de padre, haciendo llegar con regularidad una mensualidad para su hija. Ya en Perú, en abril de 1923, José Carlos visitó a su hija Gloria María para conocerla.

LAS CARTAS A VICTORIA FERRER

Las cartas que Mariátegui envió a Victoria Ferrer están archivadas en la Casa Museo JCM de Lima, sección Correspondencia, Tomo 1, y permiten conocer la relación de Mariátegui y su hija; muestran su preocupación por la salud de Gloria María. En una de ellas recomienda a su madre que le compre “Emulsión de Scott o Iricalcina”.

En carta dirigida a Victoria, desde Roma, el 18/03/1920, le dice: “Te escribo para enviarte otra remesa… Me interesa saber si te han llegado oportuna y prontamente mis anteriores remesas… El cheque es por doce libras esterlinas”. En carta del 22/08/1924, desde Miraflores, le dice a Victoria: “…No estoy bien aún. Mi convalecencia es lenta y los gastos que mi enfermedad me ha causado son innumerables y cuantiosos. Te remito tres libras para lo que el cuidado de Gloria se necesite… En mayo, desde la clínica, te remití con Beatriz cuatro” (Boletín Casa Museo JCM, 2016, p. 9).

Ni en su momento más difícil, en que le amputan la pierna y queda discapacitado en una silla de ruedas, José Carlos se olvidó de sus responsabilidades paternas con su hija mayor.

EL TESTIMONIO DE GLORIA MARÍA

Tampoco lo hace en sus últimos momentos. Gloria María da testimonio de este episodio:

“Días después de la que sería mi última visita, mi familia se enteró que estaba muy grave y que lo habían internado en la Clínica Villarán. Mi tía Beatriz, hermana de mi madre, fue a verlo y regresó profundamente conmovida. Lo había encontrado muy delicado; sin embargo, cuando la vio, mi papá le entregó un sobre con el dinero que mensualmente me daba para mi manutención” (Boletín Casa Museo JCM, 2016).

El director de la Casa Museo JCM, Ricardo Portocarrero, afirma:

“José Carlos cumplió cabalmente su deber de padre. Además de sus envíos desde Europa, a su retorno en 1923 conoció a su hija y se preocupa de su situación económica, salud y educación. Solo el sectarismo partidario comete el error de ocultar esta faceta nada conocida del Amauta en su rol de progenitor, resaltando solo al intelectual marxista. Mariátegui siempre atendió a su pequeña hija, acogiéndola en su casa del Jr. Washington, donde Gloria María acudía a visitarlo luego de que, en 1924, su padre perdiera una de sus piernas, lo que impedía que se movilizara normalmente. Al fallecer nuestro Amauta, su hija tenía diez años y cinco meses de edad; ella estuvo presente en el velorio de su padre, pero no quiso verlo muerto porque prefería conservar una imagen más significativa para ella: el padre risueño y cariñoso”.

Gloria María Mariátegui Ferrer escribió que, al morir su padre, en 1930, perdió la mesada para su salud y educación; la protección y el amor paterno; las conversaciones jubilosas padre-hija; el fin de sus visitas a la casa de Washington; el alejamiento de sus hermanos, salvo Sandro; y la pérdida del legado paterno absorbido por su esposa Anna para sus hijos varones (Boletín de la Casa Museo José Carlos Mariátegui, enero-marzo 2016).

Gloria María, en 1955, contrajo matrimonio con Ismael Ferrer Benavides y fue madre de José Carlos y Cecilia Ferrer Mariátegui. Falleció a los 96 años, el 16 de febrero del 2016, en Lima.

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