POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS
SE RECONCILIAN LOS VECINOS
Habían transcurrido más de diez años desde que los vecinos de ambos pueblos acordaran pedir la fundación de una villa y juntarse en el pueblo de Moquegua, y que luego no tardaran en surgir las disensiones hasta pedir la desaparición del pueblo vecino.
Y, a pesar de que el virrey Francisco de Borja y Aragón optara por fundar la villa de San Francisco de Esquilache, lo que agudizó el enfrentamiento entre ellos, finalmente, impulsados por las múltiples relaciones familiares y económicas que existían entre ambos, que hacían insostenible el enfrentamiento, y sin duda motivados por la intervención de religiosos y autoridades de todo nivel, al punto de sacudir sus conciencias, estando dos años como virrey don Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar, los vecinos optan por firmar la paz.
AMISTAD, PAZ Y CONCORDIA
El 25 de mayo de 1624, finalmente, se firma ante Diego Dávila, el notario de siempre, la escritura de amistad, paz, unión y concordia entre los vecinos de la villa de San Francisco de Esquilache y los del pueblo y valle de Santa Catalina de Moquegua.
La reunión, en la que concurren las autoridades y principales vecinos, se hace en “la iglesia parroquial de la gloriosa Santa Catalina, virgen y mártir, patrona y abogada de este pueblo y valle de Moquegua”.
A ella concurrieron don Francisco de Paz y Orihuela, corregidor de la provincia de Colesuyo, y su teniente, Juan de Mesa Montalvo. Junto a ellos, encabezando a los vecinos de la villa de San Francisco de Esquilache, el almirante Juan de Olea; los seguía Juan Rodríguez de Vez, que lideraba a los vecinos de Moquegua que lo acompañaban.
Todos suscriben el documento y admiten que, en los últimos cinco a seis años, entre los vecinos de uno y otro lado, han existido pleitos que no pueden ser sino insensatos, toda vez que los ha conducido “a la discordia, odios y enemistades”, como bien lo reconocen.
La razón: que se haya fundado la villa de San Francisco de Esquilache, lo que han contradicho los moqueguanos; mientras que los de Escapagua han pretendido que prosiga, se adelante y reafirme en este lugar.
Por tal razón, el pleito ha seguido entre ambas partes y “sigue pendiente en el gobierno ante el excelentísimo señor virrey, y se sigue ante los señores presidentes y oidores de la Real Audiencia de los Reyes”.
En sincero acto de contrición, declaran que el pleito dura demasiado tiempo, no obstante haber venido a este valle el ilustrísimo señor obispo fray Pedro de Perea, movido de santo y piadoso celo, con el fin de unirlos y confederarlos a todos en paz y unión, y haber puesto de su parte todos los medios posibles, no se ha podido conseguir su santo designio ni concluir las ansiadas paces.
SE HABLAN Y ABRAZAN
Ahora, en esta presente ocasión, han venido a este pueblo con el mismo fin los padres Diego de Branda y Juan Bautista Chacón, religiosos predicadores de la Compañía de Jesús, conventuales de Arequipa, quienes con su ejemplar doctrina y celoso cuidado, contando con el apoyo del teniente general Juan de Mesa Montalvo, han planteado los medios que hacen posible hacer y concluir las paces tan deseadas entre ellos, para honra y gloria de Dios nuestro Señor, de la Serenísima y Gloriosísima siempre Virgen Santa María, su madre, para que se abra la quietud, tranquilidad y sosiego.
En ejemplar gesto reinician la perdida amistad: los vecinos se hablaron y se abrazaron amigablemente en presencia de los padres, de lo que el escribano dio fe.
ACEPTAN QUE EL NUEVO VIRREY DECIDA
De manera que todos otorgaron esta escritura de paz, unión, amistad y concordia, y se comprometen a aceptar la sentencia que el virrey Diego Fernández de Córdova pudiera pronunciar.
Se comprometen a no apelarla, a no pedir que se deshaga lo edificado y poblado en la villa de San Francisco de Esquilache, en el asiento de Escapagua, ni a requerir que los vecinos de ella se trasladen a Moquegua.
De la misma manera, no se pedirá que los moqueguanos se trasladen a Escapagua, ni su templo ni edificios, y que se hayan de repartir en armonía los indios carumas, así como las aguas y pastos, y en adelante se tratarán amigablemente como personas unidas y confederadas, en perpetua amistad.


