POR VICENTE ANTONIO ZEBALLOS SALINAS
Dos millones y medio de nuevos electores participarán de estas elecciones generales; en ese mismo segmento —considerado hasta los 29 años—, otros ya tienen la experiencia de uno u otro proceso. Es tan potente este grupo que, si se unieran perfectamente, podrían tener un ganador en primera vuelta. En la perspectiva mostrada hasta ahora, ninguna agrupación superará siquiera el 15% de votos válidos.
Y siendo un sector tan importante para decidir la contienda electoral, no se toma como prioridad, dentro de los ejes temáticos, propuestas para la juventud, aunque algunos lo engloban dentro del rubro educación y nada más. Los jóvenes, por naturaleza, son impulsivos, rebeldes, originales y dispuestos a echarse el mundo a la espalda y caminar, y esa realidad se confronta con un país que los relega, un Estado excluyente y una sociedad no dispuesta a hacerlos actores principales. Bajo ese contexto de ahogo y desesperanza, es natural recoger de ellos sus sueños de emigrar hacia latitudes inciertas y desconocidas; casi nada tienen que perder ante ese riesgo significativo, pero por lo menos les significa esperanza, ensimismada por su optimismo.
Aunque también vamos al encuentro de una ascendente apatía política, la misma que se ha venido cultivando desde buen tiempo atrás. No olvidemos que las gestas históricas, en nuestro pasado inmediato, nos permiten ingresar al protagonismo de los jóvenes, obreros, artesanos, pero también universitarios. La década de los treinta, Haya de la Torre y Mariátegui simbolizan de la mejor manera esos tiempos; más adelante, el surgimiento de Fernando Belaúnde, aupado por la juventud. De la década de los cincuenta en adelante, a pesar de las improntas golpistas e influenciada por las corrientes ideológicas mundiales, la juventud universitaria se convirtió en el barómetro político. Pronto su honestidad se confundiría con ideas recalcitrantes que construyeron como escenario vedado políticamente a la universidad; la toma de ella no fue solo física, sino especialmente intelectual y académica.
Se fue disimuladamente construyendo espacios con renuncia expresa a la reflexión y el compromiso; se decidió por la ausencia o la abstención. La lógica era una juventud adoquinada y complaciente. La crisis económica, con manifiesto impacto social, profundizó ese distanciamiento al generarles la necesidad de paliar su propia sobrevivencia, distrayendo su involucramiento y su poder de decisión. Una estratégica labor de exclusión que, parsimoniosamente, fue calando y logrando contrarrestar y esconder —más no eliminar— esa voz discordante y valiente que tanta falta nos hace.
Son limitadas las oportunidades en que los jóvenes participan en política; no obstante, la flexibilización de la edad para participar y ocupar cargos, incluso el establecer e incentivar normativamente a las agrupaciones a llevar a jóvenes en sus listas de candidatos, ha sido insuficiente. No seduce, pero tampoco genera confianza en el elector, que no inclina su decisión por ellos.
Vale aquella circunstancia en que se exige a los jóvenes, en búsqueda de una oportunidad laboral, la exigencia de experiencia, la cual no tienen porque nunca se les da la oportunidad. Algo similar pasa en la política: se objeta su juventud, su carencia de experiencia y mayor recorrido; hasta se les reclama compromiso, cuando el facilismo negacionista evade asumir su limpieza y honestidad y la actitud propositiva de tirar para adelante.
Reunido con un grupo de jóvenes, casi de manera uniforme me respondían que la política no los seducía: “¡Está llena de corruptos y ladrones!”, fue el argumento común. En sus palabras honestas encontré decepción y hartazgo; eran una directa acusación y desmarque, pero sin quererlo dejaban un mensaje subliminal: “¡Nosotros somos gente honesta y transparente!”. Y allí está la respuesta: en tanto no participen y no se renueve la política, los liderazgos no se alterarán; seguirán los de siempre, los que precisamente los jóvenes repudian.
Esa autoexclusión es una licencia para el continuismo y que las cosas se mantengan como están, sin espacio para cambio alguno. Es, pues, ese exceso de puritanismo el que finalmente está permitiendo que no haya cambio alguno en la escena electoral; y si no, hagamos un barrido por las indistintas agrupaciones políticas participantes de estas próximas elecciones: el grueso son rostros conocidos, tratando de ser indulgentes con la expresión; y quienes no lo son, las consecuencias de la improvisación los lleva como propuesta.
Tenemos que recuperar el liderazgo y participación de los jóvenes, y ello empieza por sí mismos, de darle el peso necesario a su voto y decisión, pero sobre todo de hacer sentir y valer que la generación del recambio no puede estar al margen. Necesita involucrarse, que sientan los dueños del país que hay una fuerza motora significativa presente y contestataria, que tienen las capacidades para enrumbar a nuestro país por un espacio de oportunidades y confianza. La primera tarea es no más de lo mismo; es dignificar el rol de nuestra juventud, tu rol, de decidir por una urgente y necesaria renovación de nuestra clase política, dueña excluyente del drama en que estamos inmersos.
El momento político de nuestro país no se presenta esperanzador; las cartas están echadas sobre la mesa, toca decidir. Y es aquí donde me corresponde una cuota de responsabilidad: invocar a un ejercicio democrático y prudente de nuestro derecho al voto. Son ustedes, jóvenes, quienes decidirán nuestro futuro; no hagan concesiones al oportunismo ni a la bajeza de la dádiva.
Hagan un ejercicio honesto con el uso de su voto. Los destinos de nuestro país los definen las urnas, y el soporte de ellas es nuestro soberano voto, en particular el tuyo. Tu desazón y desconcierto, tu carencia de confianza, tienes que suplirlo con un ejercicio de probidad contigo mismo.
Es momento de adecentar la política; que tu olfato político te haga discernir entre lo correcto e incorrecto. Y claro que tu decisión autónoma deberá encarrilarse por lo que tu conciencia decida, pero que esta esté influenciada por criterios objetivos y claros que te permitan recuperar la fe en tu país. Fácil es levantar la mano acusadora; cuán diferente es levantar la mano de la responsabilidad compartida, porque al final de cuentas todos decidimos.

