POR: LIC. GUILLERMO EDILBERTO RUEDA KUONG
COMUNICADOR SOCIAL
La madrugada del sábado 3 de enero de 2026 quedará grabada como uno de esos momentos que alteran el curso de un país. Mientras Venezuela despertaba entre rumores, silencios y versiones cruzadas, fue desde el exterior donde llegó la confirmación: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, informó a través de su cuenta en X que Nicolás Maduro Moros había sido capturado en Caracas durante una operación militar nocturna.
Según el relato ofrecido desde Washington, la intervención se ejecutó sin bajas entre las fuerzas participantes y permitió la detención del mandatario venezolano y de su esposa, Cilia Adela Flores de Maduro. Ambos fueron retirados del país de manera inmediata, en una acción que, de acuerdo con Trump, se desarrolló con rapidez y precisión.
El propio presidente estadounidense aseguró que siguió la operación en tiempo real. Indicó que Maduro se había refugiado en una fortaleza de seguridad al advertir el avance de las fuerzas especiales, un punto que, según dijo, ya estaba plenamente identificado. El operativo contemplaba incluso la posibilidad de una resistencia prolongada, pero finalmente la captura se concretó sin enfrentamientos, aprovechando el sigilo y el factor sorpresa de la noche.
Horas después, Trump confirmó que Maduro y su esposa ya no se encontraban en territorio venezolano. Ambos fueron trasladados bajo custodia estadounidense a bordo del USS Iwo Jima (LHD-7), una nave de la Armada de Estados Unidos que avanza hacia la costa este. El destino final, precisó, es Nueva York, donde enfrentarán a la justicia federal, aunque no se descartó que el ingreso inicial se realice por Florida por razones operativas.
La detención, sostuvo Trump, responde a procesos judiciales abiertos en el Distrito Sur de Nueva York. Entre los cargos mencionados figuran narcotráfico internacional, narcoterrorismo, conspiración para introducir drogas en Estados Unidos y la presunta dirección de organizaciones criminales transnacionales, incluido el llamado Cartel de los Soles. El mandatario insistió en que la operación no fue dirigida contra el pueblo venezolano, sino contra personas acusadas formalmente por la justicia.
La fecha no pasó desapercibida. El 3 de enero vuelve a cargarse de significado en la historia latinoamericana. Ese mismo día, pero en 1990, tras la invasión estadounidense a Panamá ordenada por el entonces presidente George H. W. Bush, el general Manuel Antonio Noriega se rindió y fue detenido, también acusado de narcotráfico. Tres décadas después, el anuncio de la captura de Maduro reactiva inevitables comparaciones sobre la intervención de Washington en la región.
En Venezuela, las reacciones no tardaron. La líder opositora María Corina Machado reapareció públicamente a través de sus redes sociales, donde calificó el momento como decisivo. Llamó a los ciudadanos a mantenerse organizados, vigilantes y unidos, y reiteró la necesidad de una transición democrática conducida por los propios venezolanos, con restitución del orden constitucional, liberación de presos políticos y elecciones libres y transparentes.
Desde Estados Unidos, Trump afirmó que su gobierno asumirá de manera temporal un rol central en el proceso de transición para evitar un vacío de poder. En ese marco, vinculó el futuro inmediato de Venezuela con la recuperación de su industria petrolera, señalando que empresas estadounidenses estarían dispuestas a invertir en la rehabilitación de una infraestructura deteriorada y en la reactivación de la producción.
Sin embargo, más allá de anuncios, capturas y procesos judiciales, el desafío que enfrenta Venezuela va mucho más allá de lo militar o lo político. El verdadero reto comienza ahora: reconstruirse como nación. El fin del yugo de la dictadura solo tendrá sentido si se traduce en unidad, en autoridades legítimas y en un proceso electoral limpio que devuelva confianza al poder.
El país necesita instituciones sólidas y justicia independiente, pero también sanar las heridas profundas que dejaron años de miedo, confrontación y exilio. La transición no se medirá únicamente en decretos o inversiones, sino en la capacidad de los venezolanos de reencontrarse, de escucharse y de volver a confiar unos en otros.
Reconstruir Venezuela implica también recomponer la vida familiar, recuperar los espacios de cariño, respeto y convivencia que la crisis obligó a fragmentar dentro y fuera de las fronteras. Millones de venezolanos sueñan con regresar, no solo a un territorio, sino a un país que vuelva a ser hogar.
Si esta etapa logra afirmarse, Venezuela tiene ante sí una oportunidad histórica: levantar un país de prosperidad, donde el poder surja de la voluntad popular, las instituciones se fortalezcan y, sobre todo, los corazones vuelvan a latir con esperanza. Porque ninguna nación se levanta solo por decisiones externas; se levanta cuando su gente vuelve a creer.


