POR: LIC. GUILLERMO EDILBERTO RUEDA KUONG
COMUNICADOR SOCIAL
En Moquegua, el verano ya no es solo descanso bajo el sol: es un espacio donde los niños aprenden, se relacionan y descubren habilidades que quizás no sabían que tenían. Las Vacaciones Útiles Inclusivas han logrado algo que parecía complicado: unir talleres artísticos, deportivos y terapéuticos con un enfoque humano, integrador y cercano a las familias.
La oferta ha sido amplia y diversa. Desde la Municipalidad Provincial de Mariscal Nieto se impulsaron talleres inclusivos con acompañamiento familiar como lectoescritura, dibujo y pintura, danza, baile moderno, natación y psicomotricidad.
Paralelamente, el Gobierno Regional de Moquegua abrió una parrilla mayor con disciplinas como fútbol, básquet, baile moderno, teatro, inglés, panadería y pastelería, tenis de mesa, narrativa gráfica, vóley, ajedrez, música, oratoria y atletismo, tanto en Moquegua como en Ilo. A ello se suman los talleres de bandas musicales promovidos junto a los colegios Corazón de Jesús (Ilo) y Corazón de María (Moquegua).
En el distrito de San Antonio, la municipalidad impulsa el taller de equinoterapia, una propuesta que ha entusiasmado a muchas familias. Y no es casual. La equinoterapia no consiste en “montar un caballo”, sino en aprovechar el movimiento, el calor corporal y la interacción afectiva para estimular áreas del desarrollo.
Los niños fortalecen el equilibrio, la postura y la coordinación, pero también la comunicación, la socialización y la autoestima. Para los especialistas, este tipo de terapias ayudan a reducir la ansiedad, favorecen el lenguaje y abren puertas sociales, especialmente en niños dentro del espectro autista o con dificultades de socialización. Para los padres, el impacto se mide de otra manera: en sonrisas, miradas, pequeños logros y una seguridad que no cabe en una nota ni en un diagnóstico.
Lo más valioso está en el enfoque. Los profesores fueron capacitados en metodologías inclusivas, permitiendo que los niños participen sin ser separados ni etiquetados. La premisa es sencilla y profunda a la vez: cada niño tiene un ritmo, una forma de aprender y una manera de procesar el mundo.
No se trató solo de impartir técnicas o movimientos, sino de generar vínculos, reforzar la autonomía y acompañar emociones. La neuropsicología infantil coincide en que el juego, el arte y el deporte fortalecen la socialización, reducen la ansiedad, mejoran la atención y contribuyen a que el niño se sienta parte de un grupo. La inclusión se practica, no se proclama.
LO QUE TODAVÍA FALTA: SALUD, DIAGNÓSTICO Y DERECHOS
La experiencia deja una percepción inevitable: muchos niños participan, avanzan y brillan, pero aún no ingresan al circuito de salud para evaluación, diagnóstico o acompañamiento especializado. Y no porque las familias no quieran, sino porque el sistema no lo facilita. El acceso al diagnóstico temprano en neurodesarrollo en el país es limitado. Faltan neuropediatras, faltan psicólogos infantiles y, sobre todo, falta articulación entre educación, salud y gobiernos locales.
El resultado es silencioso: niños que participan en talleres inclusivos, pero que no acceden al certificado de discapacidad, no ingresan al registro del Conadis y, por lo tanto, no reciben las terapias, apoyos y beneficios que la ley reconoce. El certificado no es un papel para etiquetar; es un instrumento para activar derechos.
Aquí aparece una idea que vale la pena mirar con seriedad: ¿por qué no articular el verano con el sistema de salud y el Conadis? Si las municipalidades, el gobierno regional, los colegios y las familias ya demostraron que es posible integrar arte, deporte, música, terapia y convivencia, el siguiente paso debería ser integrar salud: evaluación temprana, orientación familiar, derivaciones y activación de rutas administrativas. No para detectar “problemas”, sino para asegurar acompañamiento y oportunidades.
Un verano inclusivo no solo debería enseñar a nadar, pintar o cantar; también debería abrir puertas, identificar brechas y activar derechos.
UN CIERRE PARA MIRAR CON EL CORAZÓN
Al final de cada jornada, uno se va con la sensación de que estos talleres hacen más por la ciudad de lo que parece. Enseñan que la inclusión no es un favor, sino un derecho; que las familias son parte central del aprendizaje; y que la comunidad puede educar cuando se lo propone. En un país donde muchas veces la inclusión se promete más de lo que se cumple, ver a los niños participar sin miedo, sin etiquetas y con orgullo es un acto profundamente humano.
El aprendizaje no acaba en febrero. Lo que queda es la seguridad con la que levantan la mano, la curiosidad que despierta una clase, la capacidad de convivir y la certeza de que sí pueden.
Ojalá la inclusión deje de ser novedad para convertirse en costumbre. Mientras tanto, vale agradecer a quienes lo hicieron posible y, sobre todo, a los niños, que sin discursos nos recuerdan que el futuro necesita más empatía, más comunidad y menos prejuicio.

