Un shock de decencia

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Por: Mauricio Aguirre Corvalán     

Si algo le faltaba a nuestra agitada, impredecible y decadente historia política de los últimos años, es una acusación de coimero al presidente que, justamente, ha pretendido hacer de la lucha contra la corrupción su mayor capital político.

La revelación de un aspirante a colaborador eficaz de haberle pagado una coima de un millón de soles al presidente Martín Vizcarra no es un hecho menor. Es cierto que la historia suena verosímil, hay fechas, reuniones, documentos, y cheques. Pero hay que tener en cuenta que no siempre todo lo verosímil resulta siendo cierto.

Vizcarra no ha negado las reuniones con el gerente de la constructora Obrainsa, pero sí ha negado haber recibido el millón de soles. Todo debe investigarse, es verdad, pero no perdamos de vista que los empresarios del Club de la Construcción están con la soga al cuello, y cualquier salvavidas será bueno para evitar terminar tras las rejas.

El aspirante a colaborador eficaz que acusa a Vizcarra, de acuerdo con información periodística, goza ahora de arresto domiciliario después de muchos meses de haber estado prófugo. Esto no significa desacreditar su versión, pero cuando se investiga a pesos pesados de la coima, siempre hay que tener la ceja levantada.

Pero lo preocupante y triste de todo esto es que una vez más una investigación fiscal pone en la mira a un Presidente de la República. Desde 1980 sólo Fernando Belaúnde se salva de una acusación de corrupción, lástima que su gobierno haya sido un desastre. Alan García, Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski han sido condenados, fueron o están siendo investigados por corrupción. El breve gobierno de transición de Valentín Paniagua también fue una excepción.

¿Qué hemos hecho mal para que casi todos nuestros expresidentes y el actual presidente terminen involucrados en casos de corrupción? Como dice mi amigo Aldo Mariátegui, quizá nos convertimos en un “electarado” cada vez que vamos a votar. No quiero ser tan drástico, pero algo de verdad hay en una palabra tan dura. Ir a las urnas no debe ser una obligación, un mero trámite, sino una responsabilidad.

Es verdad que muchas veces la oferta de candidatos presidenciales es para llorar, y terminamos votando por el menos malo o sólo para evitar que salga elegido quien no nos gusta. Dicho sea de paso, así se han definido varias elecciones.

Falta menos de un año para una nueva elección presidencial y debería ser la oportunidad para meditar bien nuestro voto y elegir bien, o dadas las circunstancias, por lo menos lo mejor que se pueda. Pero hay que decir, lamentablemente, que la mayoría de las precandidaturas presidenciales son para deprimirse.

Estamos ante un panorama de potenciales candidatos que son más de lo mismo y de otros que son una verdadera incógnita, algo así como el agujero negro de la política. No hay mucho para elegir, es vedad, pero escoger mejor que en las últimas elecciones al Congreso ya será un gran avance.

¿Qué debería ser más importante a la hora de decidir el voto el año que viene, la eficiencia o la honestidad? Pensá, como dice Ricardo Gareca. Ojalá no terminemos apostando nuevamente por el que roba pero hace obra.

Es que, así como hace 30 años necesitamos un shock económico para salir del desastre al que nos había llevado el gobierno de Alan García, lo que necesitamos ahora es un shock de decencia para poder sobrevivir como país. Es difícil saber si después del 2021 tendremos una nueva oportunidad para no equivocarnos.

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