POR: CARLOS CARPIO MONTOYA
Escribir sobre Tacna es hablar de historia, pero también de futuro. Es hablar de un pueblo que convirtió las heridas del cautiverio en fortaleza y que hizo de su trabajo, su empresa y su identidad una forma permanente de afirmar su peruanidad.
La historia económica de Tacna tiene raíces profundas. Sus valles de Sama y Locumba fueron, desde el virreinato, tierras de agricultura y olivos, mientras su ubicación estratégica convirtió a la ciudad en un importante centro comercial con Bolivia y el sur del Perú.
En 1872, los pujantes comerciantes tacneños fundaron el Banco de Tacna, institución que acompañó el crecimiento de la ciudad y financió importantes obras. Pero el cautiverio tras la guerra con Chile también alcanzó a su economía. En 1921, aquel banco entró en liquidación. La reincorporación de Tacna al Perú, en 1929, abrió una nueva etapa. Ese mismo año comenzó a operar en la ciudad el BCP (Banco Italiano en ese entonces). En su primer día de operaciones, abrió 61 cuentas de ahorros y asumió la tarea de liquidar la Caja Nacional de Ahorros de Chile, convirtiendo los depósitos de las familias al sol de oro peruano. Fue también una manera de volver a vincular la actividad económica tacneña con el resto del Perú.
Décadas después, en 1998, tuve el privilegio de asumir la gerencia del BCP en Tacna. Allí comprendí que ser banquero no significaba solamente administrar recursos, sino acompañar los sueños de una ciudad. Así, poco a poco, Tacna dejó de ser mi lugar de trabajo para convertirse en parte de mi propia historia. También comprendí rápidamente que el desarrollo de Tacna no podía medirse solamente por la gran minería de Toquepala y Cuajone, pues detrás de esas grandes inversiones estaban miles de comerciantes, agricultores y pequeños empresarios que necesitaban crédito, confianza y oportunidades.
Por eso, una de mis primeras preocupaciones fue integrarme al empresariado local. Me incorporé a la Cámara de Comercio de Tacna, donde pude compartir con empresarios y representantes de las principales actividades económicas de la ciudad. Desde el BCP también impulsamos el fortalecimiento del ahorro y apoyamos el desarrollo de la Caja Municipal de Tacna, convencidos de que las microfinanzas eran fundamentales para ampliar las oportunidades de los emprendedores.
Pero existe un recuerdo que resume lo que significó Tacna para mí. Es agosto de 2001 y en ese año celebramos el primer centenario del Paseo de la Bandera, aquel extraordinario acto de patriotismo nacido durante el cautiverio y del cual el cantautor Federico Barreto da testimonio. Tuve el orgullo de organizar el almuerzo conmemorativo. Recuerdo también con especial emoción la visita de mi gerente general, don Raimundo Morales Dasso, acompañado por su equipo de gerencia. Pero hubo un gesto que quedó grabado en mi memoria: por primera vez, el BCP cubrió completamente su frontis con una enorme bandera peruana, por iniciativa de sus colaboradores. No era solamente una bandera; era una manera de decir que una institución financiera también podía sentirse parte de la historia de una ciudad y de la identidad de su gente.
Hoy, tantos años después, comprendo que aquellos fueron mucho más que años de trabajo; fueron años de aprendizaje y de amistad. Tacna me enseñó que la actividad empresarial y financiera tiene verdadero sentido cuando contribuye al bienestar de la comunidad. Es por eso que, cuando pienso en la Ciudad Heroica, no pienso solamente en su pasado; pienso en su capacidad de seguir construyendo su futuro.
En el año 2029, Tacna celebrará el centenario de su reincorporación a la heredad nacional, y tengo entonces una promesa pendiente: volver a encontrarme con mis antiguos colaboradores y amigos de la Cámara de Comercio para volver a brindar por Tacna, por su historia, por su futuro y, sobre todo, por ese temple que ninguna adversidad ha conseguido quebrar.
“En Tacna no termina el Perú, empieza la Patria”.

