POR JORGE ACOSTA ZEVALLOS
El tema de las represas en el Perú es de prioridad básica y no reemplazable por otra forma de acumulación de agua. La construcción de estas infraestructuras siempre estará en la agenda: en la ceja de selva para generación eléctrica, en la sierra y la costa para consumo humano, irrigaciones agrícolas, generación eléctrica y otras actividades.
La prioridad de este orden se debe a que los ríos de estas dos últimas regiones naturales son de bajo caudal y temporalidad. Sin embargo, la construcción de presas no es prioritaria solo por su escasez, pues también los países con grandes ríos construyen grandes represas para generar electricidad y seguridad de vida.
La Autoridad Nacional del Agua (ANA), en sus informes oficiales, indica que el país cuenta con más de 50 grandes represas reconocidas. Destaca que en los últimos años se construyó la presa de Cushurococha–Huarco Curán, en Áncash, inaugurada en 2023, con capacidad de 1,7 millones de m³ de agua, inversión de S/ 78 millones y riego en 652 hectáreas, beneficiando a más de 500 agricultores directos.
Se agregan los cinco embalses (R1–R5) de Cerro Blanco, en Tacna, con capacidad de 1,94 millones de m³. Se suma Iruro como una represa en construcción que tendría 61 millones de m³ y una inversión de S/ 210 millones, con impacto agrícola y beneficio a la población de la provincia de Islay.
Y no hay más: solo muchas a nivel de compromisos, propuestas o ideas. En esta parte aparece Moquegua con compromisos que no aterrizan, como la represa de Asana y Chilota, y su sistema de bombeo Chilota–Chincune, además del sueño de Paltiture. Arequipa tiene la promesa de Southern Peru de construir la represa de Islay y Tacna también la promesa de la misma empresa en Candarave.
En conclusión, de esta primera parte, es muy poco lo que se ha realizado en los últimos cinco años y todo lo demás es humo que se lleva el viento.
En el sur del Perú, históricamente ha costado sensibilizar sobre la prioridad de construir represas: algunas se levantaron por presión ciudadana y otras por compensaciones.
Así tenemos, por ejemplo, en Arequipa la represa de Aguada Blanca, construida en 1972, que abastece de agua a Arequipa Metropolitana, riega miles de hectáreas y sostiene el sistema hidroeléctrico Charcani. A pesar de su deterioro, no deja de ser una obra emblemática.
En Moquegua destaca la represa de Pasto Grande, creada en 1987 como proyecto agroenergético, con capacidad de 153 millones de m³ y beneficio para consumo humano y riego agrícola. Es una obra que da seguridad energética, pero depende de las lluvias y sufre de evaporación de su espejo ocasionada por los rayos solares.
En Tacna sobresalía la represa de Aricota, con capacidad de almacenamiento entre 80 y 280 millones de m³, generación de energía eléctrica para Tacna y Moquegua, y ampliación agrícola del valle de Locumba. Pero no duró mucho por la sequía de sus afluentes. Hoy es un monumento de triste fin.
En conclusión, la construcción de represas en nuestro país no ha avanzado al ritmo de la necesidad de garantizar el consumo humano, la ampliación agrícola y la compensación por su uso. Lo que sí crece son las promesas.
La última noticia del 25 de marzo informa que el Gobierno Regional Moquegua (GORE), en trabajo conjunto con MIDAGRI, incluirá las represas de Paltiture, Coralaque, Cuturi y Tambillo en la cartera de proyectos de irrigación del Gobierno Nacional.
Léase bien: en la cartera de proyectos de este año; su financiamiento será, optimistamente, el próximo año y su ejecución en el tercer año.
Sobre la represa de Chilota se informa que desde el año 2025 se trabaja por su financiamiento. ¡Han esperado más de cuatro años para recién gestionarlos! “Ver para creer”, dijo un ciego.


