¿Qué es la secularidad?

…la secularidad no quiere decir que la religión ha quedado eliminada, sino que esta pasó a ser solo una entre las diversas creencias que posee el hombre. Así, por ejemplo, si antes de la modernidad la devoción era el valor supremo, ahora ella viene a ser un valor más, junto al de la dignidad o la justicia social. El hombre secular es, pues, un compartimento de valores. 

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POR: EIFFEL RAMÍREZ AVILÉS

Hace unos cinco siglos, aproximadamente, ocurrió una revolución en el mundo: se forjó la llamada modernidad. Se cree, impropiamente, que nosotros, los del siglo XXI, somos más modernos que los del siglo XVI. Falso. Nosotros solo somos una consecuencia del hombre moderno que surgió entre el XIV y el XVI. 

Se dice que el nuevo hombre moderno, así, dejó atrás el pensamiento mágico-religioso y se puso a ver el mundo con ojos físico-matemáticos. Es por ello que, durante los siglos anteriores citados, ocurrió no una sino varias revoluciones: la copernicana (la tierra gira alrededor del sol), la geográfica (se descubrió América), la militar (el uso bélico de la pólvora), la de los medios de comunicación (se inventó la imprenta), etcétera. De pronto, pues, el hombre inició una carrera arrolladora e imparable hacia el futuro y se lo puede comprobar hoy con el viaje de Artemis II. 

La evidencia es absoluta en ese sentido. El hombre no fue el mismo luego del siglo XVI. Su consciencia religiosa también adquirió una nueva forma. Antes del XVI (no se olvide que las fechas solo son aproximadas), el hombre era exclusivamente religioso: la religión determinaba todas sus reflexiones, actividades y proyectos. Sin embargo, con la llegada de la modernidad, el hombre dejó atrás esa cosmovisión y se convirtió en lo que hoy se llama, generalmente, un hombre secular. 

¿Qué es la secularidad? Podemos decir que es un proceso histórico por el que han atravesado todas las sociedades del mundo y que consiste en que la religión ha pasado a un segundo plano en la vida individual y colectiva. Pasar a un segundo plano es un decir. En sí, significa que la religión dejó de tener el peso decisivo que tenía antes de la modernidad.

Entonces, la secularidad no quiere decir que la religión ha quedado eliminada, sino que esta pasó a ser solo una entre las diversas creencias que posee el hombre. Así por ejemplo, si antes de la modernidad la devoción era el valor supremo, ahora ella viene a ser un valor más, junto al de la dignidad o la justicia social. El hombre secular es, pues, un compartimento de valores. 

Hasta aquí, no hay ningún problema. Hoy muchas personas se persignan antes de que el más moderno avión eche vuelo. Hoy los religiosos usan aparatos tecnológicos. Pero el nudo problemático se revela cuando alguien, cualquiera, se da cuenta que la religión empieza a rebrotar, como la hierba salvaje, sobre los asuntos privados y no privados. Alguien, por ejemplo, se da cuenta que los cuadernos de trabajo que el Estado prepara para sus hijos tienen un marcado mensaje antirreligioso. Alguien se da cuenta que un político, para sostener su argumento contra el aborto, incluye opiniones sustancialmente religiosas. 

En ese sentido, recalcamos, que la secularidad no ha implicado un retroceso de la religión en las personas, sino, como lo defienden algunos filósofos, una recolocación de ella en el nuevo espacio moderno. Es más, en estos dos últimos siglos ha habido una explosión religiosa en las sociedades, como si el hombre secular quisiera volver a ser el hombre fanático de ayer. ¿Cómo se puede entender esto?

En primer lugar, que la secularidad, si bien fue un fenómeno universal, no quiere decir que haya sido uniforme en el mundo. La secularización de las sociedades, pues, se fue acomodando a la realidad de cada país. De ese modo, no fue lo mismo la secularidad de la sociedad francesa que la secularidad de la sociedad estadounidense. Mientras que la primera constriñó severamente a la religión, la segunda la reafirmó en casi todos sus espacios públicos.

En segundo lugar, y el más importante, es comprender que lo secular no es un rompimiento con lo religioso, sino una continuidad de este último. No debe olvidarse el principio del homo religiosus. La religión no es un fetiche, ni una impostura, ni una moda. Es el verdadero trasfondo de lo humano. El hombre puede revolucionar en el pensamiento, pero ha de ser ortodoxo en el carácter. ¿Eso significa que la religión es un obstáculo para el progreso? Absolutamente no. La religión es impulso, salto, apertura. En el siglo XVI, contrariamente a lo que se supone, ella hizo el llamado a cruzar el mar. Hoy nos invita a cruzar el espacio. 

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