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4 abril, 2025 8:02 pm

Nosotros los del C.N. de La Libertad (Parte II)

“Es bueno, también, traer a la memoria a la otrora Moquegua que encontré al llegar a aquella ciudad de angostas y empedradas calles, que la destreza del picapedrero, piedra a piedra y golpe a golpe, las alfombró con canto rodado del río…”

POR: EDUARDO VEGAZO MIOVICH (PROMOCIÓN 1957)

Es bueno, también, traer a la memoria a la otrora Moquegua que encontré al llegar a aquella ciudad de angostas y empedradas calles, que la destreza del picapedrero, piedra a piedra y golpe a golpe, las alfombró con canto rodado del río, y que, cincelando el calicanto rectangular para las aceras, integró un juego perfecto con los muros de adobe, con las paredes de quincha, con los mojinetes con «torta» de barro de la mayoría de casas que se convertían en pequeños trigales en épocas de lluvias, y con puertas de calle elegantemente labradas, que hasta hoy perduran; sin olvidarnos de las grandes y elegantes casonas de gente adinerada desde la época colonial, y qué decir de los templos y de nuestro añorado Colegio de La Libertad.

Muchas veces, con las inubicables melodías del canto de los gallos y el trinar de algunos pajarillos que anunciaban los primeros rayos solares del nuevo día, en solitario, he contemplado desde la fresca cima del cerro San Bernabé a todo aquel quieto poblado de Moquegua que se extendía desde el barrio de La Alameda, con su muchachada de gran abolengo moqueguano, chacotera y de ingenio inigualable para bautizar con la chapa precisa al individuo merecedor de tal «distinción»; también, divisando desde las faldas del cerro Chenchén hasta el óvalo de ingreso a la ciudad, los inolvidables parajes del Pisanay-Beach, el cuartel del 41, el Gramadal y, cruzando el puente, llegar al poblado de La Villa en la otra banda del río; por otro lado, mirando hacia el oriente y muy cerca a este cerro, encontramos, entre tunales, al paraje El Puquio, vertiente de riquísima agua; pasando muy cerca de la iglesia Belén y saliendo hacia el cementerio, ver el silencioso barrio del mismo nombre.

Más tarde, atreviéndonos a dar una mirada al barrio del camal, ubicado detrás de la otrora Planta Eléctrica, temido por la presencia del recordado «Terremoto» —perro de gran tamaño y fiereza—, hasta llegar a la calle El Siglo y a la muy recordada cancha de Vegetales (sin vegetal alguno), cuna del deporte moqueguano. Continuando el recorrido, ya entrada la mañana, disfrutar de la gratificante frescura que brindaba el frondoso ramaje de los ficus en la plaza de Armas, con la grata conversación —salpicada por algunos chismecitos, santo remedio para el corazón— con amigos infaltables en el lugar, portadores de «la ultimita» y, desde allí, contemplar con admiración y embeleso el coqueto caminar de la mujer moqueguana, el juego de aguas de la bella pila ornamental, así como las tradicionales y monumentales fachadas que la rodean.

En el otro extremo de la plaza, la frentera del gran muro pétreo del atrio que, diariamente, era adornada con los carteles que anunciaban el «estreno del día» en el recordado cine Mariscal Nieto. No deseo pasar por alto a una pequeña pileta bellamente adornada, correspondiente a la plazuela Santo Domingo, que se ubica entre el templo del mismo nombre, las casitas de tradicionales mojinetes y la casa de los Fernández Cornejo Fernández de Córdova. Ahora creo que, para ver a la Moquegua entera, tendría que trepar al San Bernabé y a varios cerros más.

Debo adicionar a nuestras aventuras por los cerros y chacras, las caminatas por la Cruz del Siglo y, más atrás, por el Cerro Blanco, en donde encontramos vestigios de uniformes, casquillos de balas y algunos objetos no identificables que, durante la guerra del Pacífico, dejaron las tropas chilenas por esos lugares.

Pero la misión más ansiada por nosotros —grupo de cuatro amigos: Willy, Óscar, Víctor y yo (Eduardo)—, era la de subir al cerro Huaracane, que es el más prominente del telón de fondo del paisaje observado desde la ciudad de Moquegua.

Análisis & Opinión