Morados pero tranquilos

Los partidos y la clase política que tenemos son, justamente, el reflejo de lo que somos como país. Organizaciones con democracias muy precarias que responden a los intereses de sus líderes, y que en muchos casos navegan en la misma informalidad que, es triste decirlo, nos sostiene como país.

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POR: MAURICIO AGUIRRE CORVALÁN   

La noche del domingo, y después de que su lista no alcanzara los votos para ocupar la mesa directiva y se le encargue la Presidencia de la República, la legisladora Rocío Silva Santisteban soltó una frase que bien define la esencia del Congreso que hoy tenemos. “Ese es el gran misterio de este Congreso. Se llegan a acuerdos incluso en comisiones, pero a la hora de votar todos votan como les da la gana”.

Una frase, una definición, una realidad que no sólo alcanza al Congreso, sino a la mayoría de la clase política y sobre todo a muchos de sus líderes, que, en estos días, justamente, son precandidatos para postular a la Presidencia de la República.

Se trata de un voto de conciencia, argumentan muchos congresistas cuando se les pregunta por repentinos cambios en sus decisiones, como la única excusa para decidir en función a sus intereses políticos, y quizá económicos, personalísimos por encima de acuerdos partidarios.

Es cierto que los políticos no son robots, y en este caso los congresistas pueden tener posiciones discrepantes dentro de un mismo partido o de una bancada. También es verdad, sin embargo, que la democracia no se construye a partir de decisiones individuales, sino en la discusión de puntos de vista distintos que buscan llegar a consensos en beneficio de todos. Se trata de la búsqueda permanente del bien común.

En la democracia se respeta la decisión de las mayorías, a pesar de que puedan existir profundos desacuerdos. Esa es la base para poder ser una sociedad viable que, en el caso de nuestro querido Perú, seguimos intentando construir después de 200 años de independencia, lamentablemente con un éxito bastante relativo.

Los partidos y la clase política que tenemos son, justamente, el reflejo de lo que somos como país. Organizaciones con democracias muy precarias que responden a los intereses de sus líderes, y que en muchos casos navegan en la misma informalidad que, es triste decirlo, nos sostiene como país.

La gran mayoría de los peruanos son informales, sobreviven en el día a día y esa forma de caminar en la vida, con sus pros y sus contras, se ha trasladado a la política nacional, y obviamente, al Congreso. En la informalidad hay que sobrevivir de cualquier manera y “hacer lo que les da la gana” es sin duda una de sus pocas reglas.

Y como para no perder la costumbre, en medio de la peor crisis política de los últimos años que costó la vida a dos jóvenes, lo que no es broma, ayer lunes el congresista José Vega, el mismo que impulsó la vacancia de Martín Vizcarra, presentó una lista para la mesa directiva del Congreso donde incluyó a una legisladora que no estaba de acuerdo y que ni siquiera había firmado su postulación.

Nuestro Congreso es como es nuestro Perú. Ni peor ni mejor. Si no cambiamos como país, no pidamos que nuestro legislativo sea diferente, que nuestra clase política sea otra.

La crisis política vivida la última semana y de la que recién empezamos a salir es responsabilidad de todos nosotros. No sólo de los que deciden, y deciden mal, sino de quienes les hemos dado la posibilidad de hacerlo.

Finalmente, y abrumado por la realidad de la crisis, el Congreso eligió a su nueva mesa directiva con el legislador Francisco Sagasti a la cabeza, quien hoy debe convertirse en el nuevo Presidente de la República.

Se abre así un nuevo escenario con una campaña electoral en marcha y con la gente mirando los próximos pasos del Ejecutivo y el Congreso, que tendrán que hilar fino y con mucha responsabilidad para no provocar nuevos desbordes en la calle.

Ojalá las bancadas entiendan que ya no hay espacio para nuevas y peligrosas aventuras populistas. Mientras tanto, después de una semana trágica, aquí estamos, morados pero tranquilos.

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