POR: DR. GODOFREDO JORGE CALLA COLANA, PHD
Bajo el cielo encendido de Lima, en los patios memoriosos de la I. E. Mercedes Cabello de Carbonera, la tierra telúrica de Carumas volvió a respirar entre nosotros. No fue solamente una presentación artística: fue el despertar de una memoria milenaria que descendió desde las quebradas y montañas de Moquegua para encender el corazón de quienes contemplaron la danza del Sarauja.
Allí, donde el cemento cotidiano parecía imponer silencio, irrumpió la voz telúrica de hombres y mujeres de los Andes con su relámpago perpetuo de música, poesía y movimiento.
Los estudiantes de la Universidad Nacional Superior de Folklore José María Arguedas no danzaron únicamente; convocaron espíritus. Cada paso fue una grieta luminosa sobre el tiempo; cada giro, una invocación al viento de los Andes que baja cantando desde las alturas de Carumas, Cuchumbaya y San Cristóbal-Calacoa.
Los pañuelos parecían nubes ceremoniales, los bordados ardían como constelaciones andinas y los zapateos golpeaban la tierra con la fuerza ritual de quienes todavía escuchan el idioma secreto de las montañas.
El Sarauja apareció entonces como un río antiguo de júbilo y nostalgia. En sus melodías vibró la ternura de los pueblos que sobreviven cantándole a la vida y a la injusticia, y en sus coreografías floreció la dignidad del hombre andino que jamás se rinde ante el olvido.
La música ingresó al alma de los presentes como un trueno sagrado; era el eco de generaciones enteras celebrando el amor, la cosecha, la comunidad, la lucha y la esperanza.
Aquella mañana, los arguedianos arañaron la gloria. La escena se convirtió en un altar de identidad peruana, donde la juventud universitaria levantó, con admirable pasión, la bandera espiritual de nuestros pueblos originarios.
Y mientras las voces y los instrumentos se fundían en una sola llamarada estética, parecía que José María Arguedas caminaba invisible entre los estudiantes, sonriendo ante la continuidad de la belleza que él defendió con palabras y sangre.
Porque el Sarauja no es solamente danza: es un relámpago de eternidad. Es la poesía del Ande hecha cuerpo. Es la memoria colectiva cantando para no morir jamás. Y hoy, en Mercedes Cabello, la Universidad Nacional de Folklore José María Arguedas convirtió el escenario en un territorio sagrado donde Moquegua volvió a latir con toda su magia telúrica y su infinito fulgor ancestral.

