POR: OMAHAR TORRES MENDOZA
En los tiempos modernos, los datos se guardan en bits, que son las unidades de información más diminutas que un ordenador puede utilizar: millones y millones. La memoria histórica está almacenada en la biblioteca mundial digital, dando facilidad a acceder a libros virtuales de todas las especialidades del saber humano, con solo apretar una tecla.
La revolución digital está avanzando a mucha velocidad; dependemos de ella tanto como del aire que respiramos, que ha generado que cada vez se lea menos. Como todo, existe su lado bueno y su lado malo, pero los libros son tema de este artículo. ¿Qué pasaría si por algún desliz ocurriera un apagón de los códigos binarios? Se perdería todo lo almacenado. Es un extremo, pero no es descabellada la idea de que esto pudiera suceder.
Pero la información está preservada de manera impresa y resguardada en las ahora casi olvidadas bibliotecas tradicionales, con estantes y miles de miles de hojas con grafías, y con solo leer sus letras recordamos los conocimientos ya adquiridos o nuevos por aprender; allí está la magia.
Los que somos de las generaciones anteriores a 1990, recordamos cuando íbamos a la biblioteca del Sindicato de Estibadores en Mollendo o de la Municipalidad Provincial de Islay para hacer las tareas que diligentemente nos dejaban en la escuela. Era una aventura encontrar volúmenes que nos sumergieran en mundos literarios.
Allí fue que conocí que todo empezó en el año 105 DC. En China inventaron el papel hecho de materiales reciclados de la época, idea celosamente guardada; luego en Japón, más tarde en el mundo árabe, Egipto y África, y también en Europa, que hizo que se fuera dejando de utilizar los papiros y pergaminos.
Todo cambió con el invento de Johannes Gutenberg y su imprenta de tipos móviles, que masificó la elaboración de textos en mayor cantidad. La Biblia fue el primer gran libro impreso en 1455, hasta llegar al siglo XIX, que se perfeccionó la producción del papel con pulpa de madera, que ahora se denomina celulosa, permitieron que la alfabetización se produjera con mayor énfasis.
Un camino muy largo entre hojas, datos, fechas, números, fórmulas matemáticas, historias de aventuras y romance, en donde la fuente principal al leer una novela o un cuento es la imaginación relatada entre líneas. También allí están los datos del desarrollo de la humanidad, los hechos positivos y también los negativos que no deben ser olvidados, aunque algunos darían mucho por borrar la memoria colectiva.
Seguiremos siendo lectores empedernidos que buscamos tesoros entre los estantes, con hombres y mujeres que dan hasta la vida por mantener en funcionamiento los locales donde el saber está resguardado. Ejemplo histórico con Hipatia y la Biblioteca de Alejandría, Ricardo Palma y la reconstrucción de la Biblioteca Nacional después de la Guerra del Pacífico. No vaya a ser que por un inevitable pulso electromagnético se borren todos los digitales; no hay problema, aún podemos recurrir a los textos de casa o de un empolvado librero.

