19.5 C
Moquegua
21.1 C
Ilo
13 C
Omate
13 C
Arequipa
20.1 C
Mollendo
4 abril, 2025 4:34 am

La vid y el vino en Moquegua (Parte I)

Familias de rancio abolengo fueron asentándose y desarrollaron la industria vitivinícola con singular éxito. La vida giraba en torno a la producción de uva y la elaboración del vino.

POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS    

La historia de Moquegua está estrechamente vinculada a su tradición vitivinícola desde los albores de la colonia.

Cuando llegaron los españoles nos trajeron como parte de su cultura, entre una gran diversidad de productos, el trigo y la vid y la costumbre de consumirlos diariamente, pues de ellos obtenían la hostia y el vino, cuerpo y sangre de Cristo, imprescindibles en la vida cotidiana de los cristianos. Por eso desde el primer momento se preocuparon por producirlos en el Nuevo Mundo.

Se ha precisado que en 1539 no existía la vid en el Perú y que se empezó a sembrar en 1540, el primer vino se elabora en 1551 y este sería también el primero que se produjo en Sudamérica.

En el caso de Moquegua, el primer testimonio de su cultivo nos lo ofrece Lucas Martínez Vegazo, cuya encomienda abarcaba desde Tarapacá hasta Ilo, los límites llegaban hasta Cupina, parte baja del valle de Moquegua. En su testamento, otorgado en 1565, declara que hace donación de la viña que tiene en la “villa de Hillo” a los indios de su encomienda. Agreguemos el testimonio de Garcí Diez de San Miguel, que visitó este valle en 1567. Él informa que Juan Castro, Hernán Bueno y Pedro Cansino han plantado muchas viñas en Moquegua, ellos residían en el pueblo de Escapagua, donde se fundó la primera villa española, lugar que hoy conocemos como Alto de la Villa, es aquí donde tenían sus viñedos.

Su cultivo no fue privilegio español. Este mismo visitador cuenta que los indios también lo cultivaban, recomienda que amplíen su sembrío hasta 5 mil cepas; su viñedo quedaba junto al pueblo de Moquegua.

No es de extrañar que el vino no tardara en producirse en nuestro valle. El historiador Pedro Peralta ubicó una escritura de 1570 en la que Hernán Bueno encargó elaborar 54 tinajas de 30 a 35 arrobas en Escapalaque.

No es de extrañar que el vino no tardara en producirse en nuestro valle. El historiador Pedro Peralta ubicó una escritura de 1570 en la que Hernán Bueno encargó elaborar 54 tinajas de 30 a 35 arrobas en Escapalaque. Tal cantidad de vasijas no podían tener otro fin que el de almacenar el vino que estaba próximo a elaborar. Los protocolos del archivo de nuestra ciudad, que datan de 1586, muestran que a partir de 1590 la producción de vino iba en continuo ascenso.

Cuando en 1625 se funda la villa de Santa Catalina de Guadalcázar de Moquegua, ubicamos más de medio centenar de viñateros entre españoles, mestizos y también indígenas.

La bondad del clima de nuestro valle contribuyó a la elaboración de un vino de calidad, que rápidamente conquistó los mercados altoandinos. La demanda del vino fue incesante. El valle se fue sembrando de viñas a la par que se multiplicaron las bodegas.

Familias de rancio abolengo fueron asentándose y desarrollaron la industria vitivinícola con singular éxito. La vida giraba en torno a la producción de uva y la elaboración del vino. En las amplias casas solariegas, con el típico techo de mojinete, era infaltable las ramadas para las parras; las portadas eran esculpidas con hojas y racimos de vid junto a los escudos de nobleza; la construcción de las cavas en el interior de las casonas siglos después daría lugar a la sugestiva leyenda que una red de misteriosos subterráneos se tendía bajo la ciudad. El desarrollo del gusto y del olfato, entrenados por las exigencias de la cata, se trasladó a la preparación de los guisos y dulces, en cuya elaboración las moqueguanas desarrollaron un arte inigualable.

En el último tercio del siglo XVIII, Moquegua fue el primer productor de vinos y aguardientes en el sur del virreinato, y el principal abastecedor de estos productos en el Alto Perú. Condición que mantuvo hasta la segunda década del siglo XIX, poco antes de la independencia. El aguardiente, que después llamaríamos pisco, empezó a elaborarse en Moquegua en 1701.

Análisis & Opinión