POR JORGE DEL CASTILLO
La experiencia política no se improvisa. Se construye con años de servicio, con formación doctrinaria, con práctica parlamentaria y con una comprensión profunda de la dinámica real del poder en el Perú. No basta con tener buenas intenciones ni con repetir consignas atractivas. Gobernar y legislar exigen conocer las reglas escritas y, sobre todo, las reglas no escritas que rigen la negociación política, la formación de mayorías y la estabilidad institucional.
He sostenido reiteradamente que el Perú no está para improvisaciones. En un Congreso fragmentado, con más de treinta agrupaciones compitiendo por espacios de influencia, la política requiere método, estrategia y visión de conjunto. Cuando se actúa sin esa perspectiva global, se cometen errores que luego cuestan estabilidad, confianza y gobernabilidad.
Lo ocurrido con la censura y la forma en que se produjo la sucesión en el Ejecutivo es un ejemplo claro. No se puede promover una salida sin tener definida la siguiente jugada. En política no se dan saltos al vacío. Si se impulsa un cambio sin construir previamente un acuerdo sólido y transparente, lo que se genera es incertidumbre. Y la incertidumbre debilita al Estado.
He señalado que colocar en la conducción del Ejecutivo a alguien sin base política consistente ni mayoría estructurada no es una construcción institucional responsable, sino el resultado de decisiones apresuradas. Cuando la derecha pragmática —como ocurrió con sectores de Renovación Popular— impulsa una estrategia sin medir sus consecuencias, puede terminar facilitando escenarios contrarios a sus propios postulados. Esa es la diferencia entre táctica coyuntural y visión estratégica de Estado.
Mi crítica no es personal ni circunstancial; es estructural. El Congreso reciente ha mostrado síntomas preocupantes de improvisación legislativa: elección de autoridades sin mayoría clara, votaciones secretas que alteran compromisos previos, debates cerrados sin negociación estructurada. La política democrática exige acuerdos formales, transparentes y sostenibles. Cuando se reemplaza el diálogo serio por la precipitación, se erosiona la legitimidad institucional.
La gobernabilidad no se construye con impulsos momentáneos, sino con experiencia acumulada. La experiencia permite anticipar escenarios, prever correlaciones de fuerzas y evitar crisis innecesarias. Quien ha vivido la política desde dentro sabe que las mayorías no se improvisan; se construyen con paciencia, disciplina y claridad programática.
Por eso sostengo que el Perú necesita cuadros políticos formados, no aventureros. Necesita dirigentes que entiendan la complejidad del sistema constitucional, que sepan negociar sin claudicar principios y que comprendan que cada decisión parlamentaria tiene consecuencias económicas, sociales e institucionales. Cuando actores sin trayectoria ni redes de alianzas confiables acceden a posiciones de poder sin la preparación adecuada, la gobernabilidad se resiente. La política se vuelve errática. La inversión se retrae. La ciudadanía pierde confianza. Y sin confianza no hay crecimiento ni estabilidad democrática.
Defender la experiencia no es nostalgia; es responsabilidad. No es una reivindicación personal; es una advertencia institucional. Las decisiones apresuradas no solo generan crisis coyunturales: abren la puerta a liderazgos frágiles que no cuentan con la madurez necesaria para gestionar las tensiones inherentes a un sistema democrático complejo como el nuestro.
El Perú exige responsabilidad, visión de Estado y capacidad técnica. La política es una vocación que se aprende, se practica y se perfecciona con los años. Y hoy más que nunca debemos entender que improvisar en el poder tiene costos que el país ya no puede seguir pagando.

