POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS
VALLE, ASIENTO Y PUEBLO
Diego Dávila se establece definitivamente como notario y vecino del pueblo de Santa Catalina de Moquegua en 1591; es el tronco de los Fernández Dávila. Inicialmente en sus protocolos data las primeras escrituras en el valle de Cochuna o en el valle de Moquegua; alude al asiento de Escapagua por primera vez en 1591, al pueblo y valle de Moquegua en 1593, al asiento y pueblo de Santa Catalina del valle de Moquegua desde mayo. Es a partir de 1596 cuando generaliza la denominación de pueblo para referirse a Moquegua, esta era la mayor categoría con la que se referían a un poblado antes de fundarse la villa, denominación que es indicativo que ya tenía un relativo adelanto.
Hernán Bueno, vecino principal y el primer productor de vino en su bodega de Escapalaque, asiento de Escapagua, dispuso en su testamento que su cadáver fuera depositado temporalmente en la iglesia de Santa Catalina de Moquegua, para posteriormente ser trasladado a la ciudad de Arequipa. Que uno de los principales vecinos de Escapagua prefiriera el templo del pueblo de Moquegua, ya nos revela el nivel de importancia que tenía cada uno de ellos.
Entonces ya se empezaba a hablar de la necesidad de fundar un pueblo de españoles, que pudiera agrupar a los vecinos que vivían en ambas riberas del río, tanto en el pueblo de Escapagua como en el de Moquegua.
NUEVOS CULTIVOS
Los españoles no sólo fundaron villas y ciudades, también nos trajeron el caballo, el buey y el arado, el trigo, la vid, el olivo, la caña de azúcar y junto a ellos el idioma y su escritura, la imprenta y los libros, la rueda, la religión, la ciencia y un largo etcétera de productos conocidos en la civilización occidental como parte de su cultura, que acabaron por imponerse a las costumbres locales, dentro de un fecundo mestizaje, que dieron origen al nuevo Perú.
El trigo y la vid fueron parte sustancial de la religión, tan vinculada a la vida cotidiana del español de aquella época, pues de ellos obtenían la hostia y el vino, cuerpo y sangre de Cristo. Por eso se preocuparon por cultivarlos pronto.
La vid y el vino. El testimonio más antiguo del cultivo de la vid en nuestra región lo ofrece Lucas Martínez Vegazo, cuando en 1565 dona su viña de Ilo a los indios a él encomendados. No ha sido posible precisar dónde se encontraba tal viñedo; los límites de la encomienda llegaban hasta Cupina, en la parte baja del valle. El vino se elabora por primera vez hacia 1570 en la bodega de Escapalaque propiedad de Hernán Bueno, vecino del pueblo de Escapagua.
Indígenas vinicultores. Cultivo y producción al que no fueron ajenos los indígenas, como los toratas, que tuvieron su viñedo junto al pueblo de Moquegua. El visitador real recomendaba en 1567 que beneficiándose bien con el fruto de ella podrían pagar su tributo, porque se podrán hacer cada año cien botijas de vino por lo menos, además podían alargarla con gran facilidad y poco trabajo. Aconsejaba que planten hasta cinco mil cepas más y con sola esta viña pagarán su tributo y les sobrará.
Varios curacas llegaron a conducir viñedos y bodega donde elaboraban vino. Uno de los más importantes fue don Martín Estaca, curaca de los Carumas, que además de ser dueño de un molino en el asiento de Tumilaca en el que beneficiaba el trigo, en Samegua era propietario de un viñedo con bodega y sus respectivos anexos.
Actividad que incrementaba el valor de sus tierras, como consecuencia de ello también la ambición castellana por apoderarse de ellas. De este modo, poco a poco y de manera sostenida, fueron desplazados de sus ancestrales heredades.


