La discapacidad no limita los derechos, la indiferencia sí

No necesitan que sintamos pena por ellas. Necesitan respeto, oportunidades y, sobre todo, que reconozcamos su dignidad.

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POR: ABG. JESÚS MACEDO GONZALES

El pasado 16 de octubre conmemoramos en el Perú el Día Nacional de la Persona con Discapacidad. Y quisiera comenzar con una pregunta: ¿alguna vez nos hemos puesto en el lugar de una persona con discapacidad? ¿Hemos pensado en lo difícil que puede resultar algo tan sencillo como subir a un segundo piso, conseguir un trabajo o estudiar en una universidad?

Miren, durante muchos años hemos cometido un error: mirar a las personas con discapacidad con lástima, como si necesitaran nuestra caridad. Pero no es así. No necesitan que sintamos pena por ellas. Necesitan respeto, oportunidades y, sobre todo, que reconozcamos su dignidad.

La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad nos enseña algo fundamental: muchas veces, la discapacidad se convierte en una situación de exclusión por las barreras que nosotros mismos construimos. Pensemos en alguien que utiliza silla de ruedas y encuentra una escalera donde debería haber una rampa. En un estudiante con discapacidad visual que no cuenta con materiales accesibles. O en una persona con discapacidad auditiva que llega a un hospital y nadie puede comunicarse adecuadamente con ella.

Y qué decir de las discapacidades que no se ven. Pensemos en una persona autista que puede experimentar dificultades para relacionarse socialmente, pero que también posee talentos, conocimientos y capacidades que muchas veces no sabemos reconocer. Entonces, cabe preguntarnos: ¿quién tiene realmente la limitación? ¿La persona con discapacidad o nosotros, que todavía no hemos aprendido a convivir respetando nuestras diferencias?

En el Perú tenemos la Ley N.º 29973, que reconoce estos derechos y contempla algo muy importante: los llamados ajustes razonables. Dicho de manera sencilla, significa adaptar, cuando corresponde, las condiciones de estudio o trabajo a las necesidades de cada persona. Porque tratar con justicia no siempre significa tratar a todos exactamente igual, sino garantizar que todos tengan oportunidades reales.

Por eso, debemos preguntarnos: ¿nuestras instituciones son accesibles? ¿Nuestras universidades son verdaderamente inclusivas? ¿Las autoridades destinan recursos para eliminar barreras? Porque la inclusión no se mide por los discursos que pronunciamos, sino por las oportunidades que hacemos posibles.

Y hay algo más que quisiera compartir. A veces vivimos pensando que la discapacidad es una realidad ajena, que solamente les ocurre a otros. Pero olvidamos que un accidente, una enfermedad o el paso de los años pueden cambiar nuestras capacidades. Mañana podríamos ser nosotros quienes necesitemos una rampa, una adaptación o simplemente alguien que nos trate con respeto.

Por eso, la inclusión no es un favor que hacemos. Es un derecho que reconocemos y una responsabilidad que compartimos.

Porque el verdadero desarrollo de una sociedad no se mide únicamente por sus edificios, sus carreteras o sus grandes obras, sino por la forma en que trata a quienes encuentran mayores barreras para ejercer sus derechos. La discapacidad no le quita dignidad a ningún ser humano. Pero nuestra indiferencia sí nos hace perder algo profundamente humano: la capacidad de reconocer en el otro a alguien tan valioso como nosotros mismos.

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