POR: CESAR CARO JIMÉNEZ
Desde la perspectiva actual, la democracia occidental, en la cual se encuentra la peruana, enfrenta una crisis que no debe confundirse con una derrota definitiva, sino interpretarse como un llamado a su propia renovación. Winston Churchill ya advertía que “el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio”, y hoy esa reflexión cobra sentido en un contexto donde las instituciones democráticas muestran signos de fatiga estructural.
El mundo ha dejado de estar paralizado para reconfigurarse. Las potencias emergentes, en particular Asia, con su economía vibrante y estrategia ambiciosa, ya no esperan la buena voluntad de los viejos guardianes del orden global. América, con su moneda de reserva y su capacidad de préstamo, se cuestiona el papel que debe jugar en un sistema que se ha ido transformando en un escenario de alianzas, redes de influencia y tecnologías que aceleran o retrasan la caída de viejos imperios de ideas.
En este escenario, la democracia occidental, esa colección de instituciones, elecciones, parlamentos y derechos que se dieron a sí mismas como un pacto de confianza, ha evidenciado grietas que no son temporales, sino estructurales. La frustración social alimenta el populismo, la desinformación socava las certezas y la inequidad dificulta la movilidad social. Todo ello erosiona la confianza en que votar periódicamente garantice un futuro mejor, haciendo que la voluntad de sacrificio compartido se debilite.
No obstante, esa fragilidad no implica una derrota irrevocable. La historia muestra que la democracia no ha abandonado su esencia, sino que necesita adaptarse a un entorno que exige rapidez, claridad y, en ocasiones, renuncias que beneficien al bien común. Para ello, las democracias occidentales deben centrarse en tres tareas fundamentales: renovación, coherencia y propósito.
Renovación: Las instituciones deben dejar de verse como reliquias y convertirse en herramientas vivas de la ciudadanía. Esto requiere reformas que reduzcan la burocracia, amplíen la participación y permitan respuestas más ágiles, incorporando tecnologías modernas como la inteligencia artificial para mejorar la transparencia, la rendición de cuentas y la educación cívica. Si no adoptan estas innovaciones, corren el riesgo de convertirse en museos, desconectados de la realidad.
Coherencia: Los proyectos de gobierno en defensa, economía o relaciones internacionales deben presentar una narrativa clara y compartida. La ciudadanía no exige un plan perfecto, sino uno creíble y sostenido. La dispersión y las luchas internas por votos minan la confianza y la capacidad de sostener alianzas que requieren sacrificio conjunto. La coherencia genera confianza, fundamental para la estabilidad y la cohesión social.
Propósito: La escena geopolítica actual exige definir qué papel quieren jugar los países occidentales. El orden liberal no es un dogma, sino un marco para la cooperación en libertad, prosperidad y paz. Pero este solo funciona si se sostiene con un sentido compartido de propósito: defender el estado de derecho, invertir en educación y ciencia, proteger a los vulnerables y competir con honor en innovación y economía. Sin ese propósito común, el sistema se deshilacha y las promesas de libertad se vuelven disputas internas, debilitando la influencia global y generando desconfianza.
El papel del dólar estadounidense simboliza esta relación entre economía y geopolítica. Como moneda de reserva mundial, ha contribuido a la estabilidad del sistema global, facilitando el comercio y permitiendo a EE. UU. financiar sus alianzas y su defensa. Sin embargo, esa posición conlleva una responsabilidad: reglas claras, transparencia y disciplina fiscal. Cuando estas condiciones fallan, la credibilidad del sistema se resiente, poniendo en riesgo la sustentabilidad del orden económico internacional que apoya la democracia occidental.
Este análisis no busca condenar, sino entender que la aparente derrota no es definitiva. La historia demuestra que las democracias pueden fortalecerse si logran renovar sus instituciones, presentar proyectos coherentes y mantener un propósito claro. Cada generación tiene la tarea de convencer a sus ciudadanos de que la libertad y la justicia requieren esfuerzo, sacrificio y compromiso. La fuerza de las ideas democráticas radica en su capacidad de adaptarse sin traicionar sus principios fundacionales.
En la política del futuro, no basta con reivindicar victorias pasadas, sino que hay que trabajar por las próximas. La atención debe centrarse en necesidades básicas: empleo, seguridad, educación y justicia. Aunque parezca que los Estados democráticos están perdiendo brillo, la chispa que encendió su promesa aún no se apaga. Requiere cuidado, vigilancia y sacrificio, incluso cuando no siempre resulta popular. La historia nos enseña que la soberbia y la arrogancia son enemigas de la estabilidad, y que la humildad y la responsabilidad fortalecen a las naciones.
En un mundo donde la interconexión facilita tanto riesgos como oportunidades, la democracia occidental debe mostrarse como una institución indispensable para la convivencia civilizada. La innovación debe ir de la mano con la equidad; la defensa de ideas, con respeto hacia los demás; y la fortaleza de las alianzas, sin caer en la arrogancia. Solo así, la historia, que siempre castiga la soberbia, puede sonreír a este gran experimento humano que es la libertad organizada.
Este mensaje no es una condena, sino un llamado a la acción: que la democracia occidental no se rinda ante la resignación. Cada decisión, cada acuerdo, cada moneda que cruza las fronteras debe ser un testimonio de que la libertad, entendida como dignidad compartida, sigue siendo una economía moral. Solo así, todos juntos, podremos garantizar un futuro donde la historia no solo juzgue, sino también premie el esfuerzo por un mundo más justo, libre y en armonía.
En conclusión, la pregunta “¿Ha fracasado la democracia occidental?” debe responderse con un “todavía no”, si somos capaces de renovar nuestras instituciones, mantener la coherencia y un propósito compartido. La tarea está en nuestras manos: construir un sistema que, pese a las dificultades, siga siendo un ejemplo de convivencia civilizada y progreso humano. La historia siempre es despiadada con la soberbia, pero también puede ser benévola con quienes demuestran valor, compromiso y visión de futuro.

