POR: JIMMY CALLA COLANA
Hay maestros que enseñan letras, números y caminos; pero existen otros, elegidos por la eternidad, que enseñan a vivir con ternura. Así fue Olinda Arata Hurtado, dama moqueguana, paradigma del magisterio noble, sembradora de generaciones enteras en aquella tierra bendita donde el sol parece conversar con los cerros y donde la infancia aún huele a patio escolar, a cuadernos humildes y a abrazos sinceros.
Hoy Moquegua está de duelo. No es un silencio cualquiera el que recorre las calles; es un silencio antiguo, solemne, parecido al que dejan los grandes árboles cuando caen después de haber dado sombra durante toda una vida. Porque se ha marchado una maestra, y cuando una verdadera maestra parte, no se lleva solamente sus pasos: se lleva consigo miles de recuerdos de niños que alguna vez encontraron en ella una segunda madre.
La profesora Olinda Arata ya no camina entre nosotros, pero ahora habita los espacios celestiales, como si el infinito se hubiera convertido en aquel jardín de infancia de la calle Omate donde tantas veces enseñó a sonreír, a pronunciar las primeras palabras y a descubrir el milagro de la vida. Imagino el cielo convertido en una escuela luminosa, llena de niños traviesos que necesitan amor, paciencia y esperanza, mientras ella los recibe con la misma dulzura con la que recibió a generaciones enteras de moqueguanos.
Y esta noche, cuando alguien levante los ojos al cielo de Moquegua, notará algo distinto. Habrá una claridad extraña, una luz tibia en medio de la oscuridad, como si el firmamento hubiera encendido una lámpara eterna. Entonces alguien preguntará:
—¿Por qué brillan tanto las estrellas esta noche?
Y la respuesta llegará suave, como un susurro del alma:
—Porque Olinda Arata está jugando con las estrellitas.
Querida maestra, aún resuena su voz entre las paredes del recuerdo. Aún vive aquella mañana en que llegué a su casa para leerle un poema dedicado a su noble persona, y usted, con esa nobleza inmensa que solo poseen los grandes espíritus, escuchó cada palabra como si escuchara el corazón mismo de Moquegua. También recuerdo que aún permanece intacta la emoción de verla comentar mis libros en el auditorio de la Municipalidad Provincial Mariscal Nieto, orgullosa de sus alumnos, alentando siempre la cultura, la lectura y la sensibilidad humana.
Hoy no la despedimos con lágrimas solamente; la despedimos con gratitud. Porque usted no fue únicamente una profesora: fue una institución moral, una mujer que convirtió la enseñanza en apostolado y el cariño en método de vida.
Descansa en paz, querida maestra Olinda Arata.
Que la tierra moqueguana le sea leve y que Dios la reciba entre jardines eternos y campanas de luz. Hoy que repliquen las campanas del cielo azul de Moquegua.
Porque cuando una maestra moqueguana muere… ¡Nunca muere! Permanece en la memoria de sus niños, en las palabras de sus alumnos, en el abrazo de los libros, en el eco de las aulas y en el corazón inmortal de Moquegua.

