POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS
SE MARCHÓ EL VIRREY POETA
Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache, concluyó su período virreinal en diciembre de 1621 que empezó en diciembre de 1615. Se fue sin lograr que reinase la paz entre los pobladores de Escapagua, que elevó a villa en 1618, y los de Moquegua, que nunca lo aceparon.
Durante estos años los vecinos trataron de llegar a un acuerdo. Pasó un año, otro y otro más, sin conseguirlo. En vez de ponerle remedio se agravaron las discrepancias. La enemistad se había declarado.
Si al comienzo acordaron que la fundación fuese en Moquegua, con la llegada del príncipe de Esquilache el favoritismo se inclinó por el lado Cochuna. Entonces los memoriales de la otra banda se hicieron más insistentes exagerando los inconvenientes para que no se haga allí. De esta manera, por medio de informes, peticiones, memoriales, ruegos y protestos, que acumulados en autos engrosaban los expedientes en este proceso donde las injurias iban y venían en una causa que no tenía cuándo acabar, fatigando a los abogados, procuradores, escribanos y amanuenses de Arequipa y de la ciudad de Los Reyes, a donde tercamente se elevaban las apelaciones, se fueron alimentando las discrepancias y resentimientos. Es así como se desarrollaron las pugnas y avivaron los enconos entre los vecinos de estos dos pueblos hermanos que perdieron la paz y la fraternidad por varios años.
La fundación de la villa de San Francisco de Esquilache en 1618 y la orden para que los moqueguanos se trasladen a vivir en ella no fue aceptado ni obedecido, tanto lo uno como lo otro.
Ni la benévola intercesión del obispo, que viajó personalmente, logró conciliarlos. Los ánimos, por el contrario, se enardecieron aún más.
UN NUEVO VIRREY
Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar, llegó como virrey en julio de 1625. Anteriormente había desempeñado el mismo cargo en Nueva España (México) entre 1612 y 1621.
A él recurrieron los vecinos de Moquegua, continuando con su querella. Esperanzados le dirigen los nuevos y persistentes memoriales que llegaban al oidor y a la Audiencia de Lima.
PERSISTEN LOS RECLAMOS
El 4 de febrero de 1624 en un documento, no obstante faltarle el primer folio, se aprecia que le envían un escrito pidiendo que la villa sea en Moquegua y «no en otra parte ninguna y mandando se hacer cabildo en ella y vender oficios de regidores, alguacil mayor y otros oficios». El firmante Luis Vélez de Córdova pide que se remate en él el oficio de regidor.
Ese mismo día, en otro escrito, veintidós vecinos y hacendados del valle de Moquegua «por nos y en nombre de todos los demás vecinos y viudas», dan poder al licenciado Domingo Pérez, que desde 1622 se desempeñaba como comisario del Santo Oficio, además de beneficiado y cura de este valle.
Le encargan que en representación de todos «pueda parecer y parezca ante el rey nuestro señor y ante el excelentísimo señor virrey de estos reinos y señores presidentes y oidores de sus reales audiencias y consejo reales de las Indias, y en otros cualesquier tribunales», con el fin de «impugnar, defender y contradecir la población que en tan gran perjuicio nuestro y de nuestra haciendas se pretende hacer en el asiento de Escapagua de este valle, alegando y probando todos los daños y pérdidas, inconvenientes y disensiones que se pueden seguir y recrecer de la dicha población».
CONFLICTO PINTORESCO
No deja de llamar la atención que Luis Vélez de Córdova figure en este poder que reclama se deje sin efecto la fundación de la villa de Esquilache, donde residieron sus padres. Era hijo de Bernabé de Córdova que tenía viña y bodega en el valle de Cochuna, que había fallecido a fines de 1598, y su madre María de Guevara seguía figurando muchos años después como vecina y heredada en el valle de Moquegua y Cochuna, es decir, fueron residentes en el pueblo de Escapagua.
Más extrañeza nos causa que otro de los firmantes sea Hernán Bueno de Arana, hijo de Hernán Bueno «el Mozo» patriarca de Escapagua que fuera el primero en elaborar vino en su fundo y bodega de Escapalaque. Esta bodega fue heredada y manejada por Hernán Bueno de Arana, que también tenía casa y huerta en el pueblo de Moquegua.


