POR: CARLOS CARPIO MONTOYA
Hay mañanas en Mollendo en que el mar parece recordar. Basta mirar la rada, imaginar las lanchas y escuchar —aunque ya no estén— las voces de los estibadores para entender que este puerto no es solo un punto en el mapa, sino una historia viva que ha marcado el pulso del sur del Perú.
En 1940, cuando Mollendo vivía una de sus etapas más intensas, el puerto no solo era un espacio de intercambio comercial, sino un verdadero eje de integración regional. Por sus aguas transitaban mercancías, pero también esperanzas: las del comercio con Bolivia, las del ferrocarril que unía la costa con la sierra, las de una ciudad que crecía mirando al mar.
No eran tiempos fáciles. La discusión sobre el futuro portuario ya estaba presente. La posible consolidación de Matarani generaba inquietud en una población que sentía que su puerto podía perder protagonismo. Fue entonces cuando el capitán de Fragata Antonio Saldías planteó una ampliación que buscaba sostener la relevancia de Mollendo, apoyándose en su ubicación estratégica y en su papel histórico en la recuperación económica del país tras la Guerra del Pacífico.
Pero más allá de los planes y los trazos técnicos, lo que sostenía al puerto era su gente. Más de 300 hombres trabajaban diariamente entre lanchas, muelles y bodegas: estibadores, carpinteros, calafatos, jornaleros. Hombres como mi abuelo Máximo Montoya, que desde una lancha hacían posible que el comercio no se detuviera. Ellos fueron, en esencia, el verdadero motor del desarrollo portuario.
Con el paso del tiempo, la lógica del mar y del comercio terminó imponiéndose. Matarani, con sus condiciones naturales para recibir naves de mayor calado, fue tomando el protagonismo que hoy conocemos. Y lo que en su momento fue motivo de incertidumbre, con los años se convirtió en una oportunidad para el sur.
Hoy, más de ocho décadas después, ese mismo espíritu de progreso encuentra continuidad en el trabajo de Tisur, concesionario del puerto de Matarani. Lejos de romper con la historia, la recoge, la interpreta y la proyecta hacia el futuro.
La actual ampliación del puerto de Matarani—con un nuevo muelle para grandes embarcaciones, rompeolas e infraestructura moderna— no es solo una obra de ingeniería; es parte de un proceso mayor: el de consolidar al sur del Perú como un eje logístico clave para el comercio nacional e internacional.
Así como en 1940 se pensaba en cómo adaptarse a los cambios del comercio marítimo, hoy la región vuelve a mirar al mar con la misma pregunta de fondo: cómo crecer sin perder identidad. Y en esa respuesta, el puerto de Matarani cumple un rol fundamental.
Porque los puertos no son solo infraestructura, son memoria, trabajo y futuro. Y en cada nueva obra, en cada barco que llega, en cada carga que se mueve, late todavía —aunque muchos no lo vean— el esfuerzo de generaciones enteras que hicieron del mar su destino.
El desafío, entonces, no es elegir entre pasado y progreso, sino entender que ambos navegan en la misma dirección. Y que mientras el sur siga mirando al mar con decisión, su historia no será solo recuerdo, sino también promesa.

