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En el nombre del padre

Mi padre murió un siete de setiembre del dos mil diez, cuatro años después de que se fuera mamá. Todavía me duele saber que no debió morir el día que murió. La muerte fue implacable y le negó una despedida, murió con el teléfono —que había dejado de pagar hacía meses— en la mano. No sé a quién quería llamar, pero no tengo la menor duda de que quería despedirse de alguien o tal vez de todos.

POR: JULIO FAILOC RIVAS     

Son diez años que celebramos el día del padre sin papá. La última vez que pasamos con él fue un 20 de junio del 2010. Fui a visitarlo a Lima para pasarla con él, sin presagiar que iba a ser el último día que lo vería con vida. Todavía me duele en mi costado. Aun no cierra la herida que llevo en nombre de su nombre y tampoco creo que cerrará, porque cada día que pasa lo recuerdo más hasta volverse perpetuo.

No solo era un buen tipo, sino también el que marcaba la diferencia de todos y en todo. Era distinto y numeroso como el uno del número mil, así lo recuerdan los que lo conocieron, y los que no solo les queda el consuelo de construir una leyenda urbana en torno a él.

Razones no les faltaban a sus amigos, era algo así como “Abraxas” del que hablaba Hesse en “Demián”, solo que, en la versión del dios de la amistad, el amigo del bien y del mal, el amigo completo, que contenía lo bueno y lo malo de la amistad. —Nadie es completamente bueno ni malo —solía decir Ron Julio (así le decían sus amigos por su afición tardía al ron Pomalca de esa época). —Ni dios es tan bueno como dicen, ni el diablo es tan malo como lo acusan —sentenciaba cuando el alcohol alcanzaba su límite y la borrachera iniciaba su declive.

—Cerraba cantinas y se ponía un par de joncas por mesa —decían los que lo conocían —Nos pagaba un jornal adicional, sin haber trabajado, y nos invitaba a tomar cuando cobraba —exageraban otros que ni siquiera se habían tomado una cerveza con él, solo por ufanarse de haberlo conocido y disfrutado en sus interminables tertulias.

Lo cierto es que mi padre nunca hizo lo que decían que hacía, ni tuvo los amigos que él creía, pero, aun así, solo puedo asegurar que los quería a todos por igual. Era incapaz de percibir la traición y menos sentir el puñal que hundía en su pecho el amigo que más quería. Tenía seguidores y adulones y muy pocos amigos porque era bondadoso, incluso con los más felones aun cuando alguien los haya puesto al descubierto delante de él.

Solo una vez lo escuché referirse mal a un amigo que el apreciaba mucho, cuando se enteró que éste se había atrevido a enamorar a mamá —… cholo conchasumadre ya se cagó conmigo —lo oí decir. Nunca supe qué significaba lo dicho porque al poco tiempo lo vi abrazado con el felón tambaleándose mientras salían de una cantina. Creo que de él heredé esta maldita costumbre de coleccionar amigos, algunos desleales.

Así aprendí a amar a mi padre, bebedor público que odiaba el anonimato, invicto e impertinente, de lo cual, con modestia me siento su principal heredero. Su recuerdo todavía lo siento tan fresco como su cadáver con su fragancia a “Flor de Caña”, ron de siete años que solía ofrecerle, pues no llegó a tomar el de veintiún años.

Aprendí de él el valor de la palabra, su puntualidad de reloj suizo, a no engañar a la gente, a confiar con los ojos cerrados aún a sabiendas y con certeza de que te podían timar, a querer a los amigos sobre todas las cosas (algo que ha crecido conmigo en el tiempo), a no pedir favores ni a deber a nadie que no lo mereciera (¿increíble no?), a pedir fiado con calidad y sin dar pie a que te lo pudieran negar.

Recuerdo una vez en que sus balas (como llamaba al dinero) se habían agotado y ya no era posible seguir bebiendo sin recurrir al crédito que tanto detestaba. Observame dijo mientras se dirigía al dueño de la cantina —¿Tienes cambio de cien dólares? —el chino levantó la cabeza para contestarle sonriendo —No, pero no te preocupes Julio, cuando cambies me pagas nomás —era orgulloso hasta para pedir fiado y prefería recurrir a alguna artimaña con tal de evitarlo.

En sus mejores momentos podía beber hasta el hartazgo cualquier día del año, días de semana, feriados, sábados y domingos. Sólo había un único día en que no tomaba, el día en que cumplía años. Se engreía, y no quería ver ni hablar con nadie, justo ese día que era tan especial para nosotros. Se sentaba en una banquita en el umbral de la puerta a leer el periódico desde las seis de la mañana hasta que caía la noche. Nunca supe por qué justo el día de su cumpleaños su abstinencia al alcohol era total.

De su prestigio y honradez de buen pagador siempre me sentí orgulloso, su fama recorrió rápidamente en una parte importante de Lima. Eso le permitía contar con créditos a sola palabra, mérito que utilizaba cuando estaba borracho o a punto de empezar una obra de construcción.

Cuando firmaba un contrato de una obra de construcción no pedía adelanto ni siquiera para los materiales, cosa que llamaba la atención de los dueños de las casas que construía, lo que en cierta forma aumentaba su credibilidad y prestigio —tan venida a menos por esa época— de maestro de construcción civil.

La credibilidad que tenía la usaba con sus proveedores, a quienes sólo les bastaba su palabra para que le entreguen los materiales de construcción que necesitaba para iniciar la obra. La retribución de mi padre era más que generosa, pues luego pagaba algo más de lo que costaban los materiales. Nunca escuché a alguien en la vida que tuvo reclamarle por alguna deuda impaga.

Mi padre murió un siete de setiembre del dos mil diez, cuatro años después de que se fuera mamá. Todavía me duele saber que no debió morir el día que murió. La muerte fue implacable y le negó una despedida, murió con el teléfono —que había dejado de pagar hacía meses— en la mano. No sé a quién quería llamar, pero no tengo la menor duda de que quería despedirse de alguien o tal vez de todos.

Así era mi padre, así lo recuerdo, intacto como si todo hubiera ocurrido ayer. La última vez que escuché el himno del gran Piero, “Mi viejo”, su recuerdo me vino abruptamente; lo veía mientras en voz baja reinventaba la canción en su nombre —Era el mejor tipo mi viejo, me enseñó a querer y comprender a mis amigos con el tiempo. Tampoco andaba solo ni acostumbraba a esperar al viento. Me enseñó a sentirme acompañado de mí mismo, sin esperar nada de nadie ni del tiempo.

Su tristeza era corta de tanto ir presuroso con su bicicleta a pesar de sus 82 años. Ahora pienso en él desde lo más profundo de mí y aún no lo entiendo. Y es que éramos tan distintos, el creció con sus cayos y cervezas, yo crecí perdiendo la fe en la revolución y en el buen vino.

Viejo mi querido viejo, no sabes la falta que me hace un abrazo tuyo en esta tarde mágica, donde sobran las palabras y hace falta el vino. Viejo mi querido viejo, ese andar alborotado no te lo perdonará nunca el viento.

Quisiera ser el vino para recorrer tus venas y gritar que soy tu silencio mi viejo, y reclamarle al tiempo que no te dio un poco más de vida para una despedida.

Viejo mi querido viejo, ya no soy tu sangre mi viejo. Ya no soy más tu silencio ni tu tiempo…

Mi padre tenía los ojos buenos, pero también una tristeza larga e infinita. La edad se le vino encima, sin carnaval, ni comparsa, y lo que es peor, con muy pocos amigos, esos de los que se cuentan con los dedos de la mano y no con los latidos del corazón —.

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