POR: VICENTE ANTONIO ZEBALLOS SALINAS
La expectativa está puesta en las elecciones; la campaña electoral acelera su ritmo, es más intensa. En paralelo, el JNE impulsa los debates públicos en cadena nacional, bajo la premisa de ejercer un voto informado. La conversación familiar, en el trabajo, en el almuerzo, tiene como centro de atención la ineludible pregunta: ¿por quién votaremos? Y claro, nuestra discusión parece selectiva, en las elecciones presidenciales, relegando que se trata de elecciones generales, incluyendo congresales y Parlamento Andino. Solo la parafernalia de avisos y parlantes en calles y avenidas nos recuerdan que podemos marcar en la cédula electoral hasta en 12 oportunidades.
Las presentaciones en el debate presidencial, agregando las encuestas —referenciales—, nos permiten construir un esquema para proyectarnos también en la futura composición del Senado y la Cámara de Diputados, en tres espacios: los que tienen posibilidades ciertas de superar la valla electoral (5% de los votos válidos), los que en estas últimas semanas pueden revertir el estado de cosas y los que, ya de ninguna manera, lo van a lograr.
En el primer grupo, y aunque parezca una ironía, están los que ya están en el actual Congreso, que simbolizan el continuismo y el nulo interés por reforzar nuestra alicaída institucionalidad, preocupados por no generar cambios sustantivos, apelar al forado presupuestal, adueñados de una absoluta irresponsabilidad política; aunque se suman insurgentes novedades partidarias. En el segundo grupo hay una mixtura: identificamos agrupaciones nuevas, con mensajes de contraste, como también agrupaciones que cargan el peso de su ineficiente representación. Y en el tercer grupo, el de más integrantes, que ni siquiera arañan las posibilidades de alcanzar a superar la barrera electoral.
Desde hace buen tiempo, las discusiones políticas no giran en torno a criterios o posiciones ideológicas; y si no, veamos la actual composición variopinta del Congreso que, al final de la jornada, logra consensos para sus propios intereses. Las agrupaciones políticas se esmeran por eludirla y se concentran en el programa, si es que lo tienen, priorizando el gesto, el lenguaje altisonante, el insulto, el debilitar al contrincante.
Quiere decir entonces, como está el panorama electoral, que ninguna agrupación que surja ganadora en la segunda vuelta —dado por descontado que nadie logrará hacerlo en la primera— llevará un Presidente de la República huérfano de representación y soporte político; no tendrá mayoría parlamentaria y seguiremos inmersos en el autoritarismo parlamentario, pues las ingratas experiencias de estos años quedan como señuelo de lo que se puede hacer instrumentalizando la Constitución.
Bajo la premisa de mejorar la representación y reforzar nuestra institucionalidad democrática, se restituyó el Senado, pasando por alto la legitimidad de la decisión ciudadana que, vía referéndum, rechazó contundentemente la iniciativa. El Congreso tuvo que forzar, vía “reconsideraciones” de votación en sus procedimientos internos, hasta lograr arrancar una decisión mayoritaria para lograr la mayoría calificada de dos tercios de representantes para aprobar la reforma constitucional.
Sin embargo, más allá del incremento de congresistas, su reestructuración operativa y la redistribución de competencias, esta reforma no acompañó en lo absoluto alguna disposición que signifique mejorar realmente la representación; por ello están en la carrera electoral candidatos carentes de garantías mínimas de probidad y capacidades para asumir tan delicada responsabilidad. Lo que sí está garantizado es que tendremos una representación endeble, influenciable, con agenda propia y distante del tipo de autoridad que las circunstancias exigen.
Una vez más ingresaremos en una nebulosa política, con difícil claridad para enrumbarnos en nuestra democracia; retornará el desequilibrio de poderes, y esta vez estaremos bajo el empoderamiento del Senado. Cada uno de esos institutos constitucionales para el control político que pudiera impulsarlos el Parlamento está incólume, a la espera de su activación, para acorralar al Ejecutivo. La figura de la incapacidad moral o infracciones constitucionales, que posibiliten una remoción en nuestra más alta magistratura, están en la discrecionalidad del Senado.
Por ello no deja de sorprendernos las limitadas iniciativas en el escenario electoral, conducentes a una reforma constitucional profunda, que nos permita retornar hacia una democracia sana: separación de poderes, autonomía de los órganos constitucionales, respeto a nuestra institucionalidad y derechos ciudadanos, que neutralicen la desafectación ciudadana.
Es usual la hueca respuesta de buscar responsables luego de los resultados electorales, y la respuesta es la de siempre: los electores son los culpables; fue su voto determinante para elegir esta u otra autoridad. Cuando lo cierto es que el elector está “obligado” a votar y decide sobre la oferta electoral propuesta, y es el sistema electoral quien habilita la difusión publicitaria de los candidatos. Está, hasta en exceso, la propaganda electoral de quien puede sufragarlo, y va al acecho de numerosos incautos sembrados por el propio modelo político.
No obstante, la amplia oferta electoral, que distraerá los votos y, por ende, al final fortalecerá en quienes menos confía el elector, encuentra una grave responsabilidad en los propios candidatos presidenciales y sus agrupaciones, quienes no tuvieron la capacidad mínima de generar consensos, entendimientos políticos, para no alentar la dispersión de los votantes y dejar que otros, desde una hábil estrategia, miren sin disimulo que esas siembras electorales de agrupaciones diminutas les benefician.
Nuestra inestabilidad política no solo es la volatilidad y desconfiguración de nuestra más alta autoridad, el Presidente de la República, sino también un Congreso, aun con dos Cámaras, empoderado, con amplias facultades y con la capacidad de hacer rendir a la figura presidencial a sus designios. Eso es lo que construyó el Congreso con sus decisiones políticas y sus reformas, ejercitando un constitucionalismo abusivo, neutralizando todo aviso de autonomía y autodefiniéndose como “el primer poder del Estado”, como torpemente lo expresó un expresidente del Congreso.
Bajo este contexto, nuestra apuesta es recabar de los ciudadanos un ejercicio responsable que adecente y refresque la política, que su sabiduría innata le proponga un crítico discernimiento para decidir su votación por alguien que signifique dignificar la representación.
A efecto de ello, tenemos que acudir a ejercitar un voto que significa esperanza, pero necesariamente reales expectativas de lograr alcanzar la meta. Quiero decir: no distraigamos nuestro voto en quienes no hay certeza alguna de que logren siquiera superar la valla electoral, pues ese voto no es un voto perdido; como anotamos antes, se benefician los que por nunca votarías y están ubicados en los primeros lugares.
Y si queremos darle gobernabilidad a nuestro país, debemos hacer un mea culpa y sumar a un ejercicio prudente de nuestro voto. El voto cruzado no ayuda; hagamos un voto horizontal, para que el candidato que tiene claras expectativas de ganar pueda tener una solvente representación parlamentaria y no deambular en la soledad política, que significa caer en manos arbitrarias de un Congreso mayoritariamente opositor.
No queremos más de lo mismo; entonces, hagamos un ejercicio inteligente de nuestro voto. Esta es también tu democracia, tú decides.

