POR: DR. GODOFREDO JORGE CALLA COLANA
Moquegua es un valle discreto, casi secreto, resguardado entre las molinas y las cordilleras del sur peruano. Allí, donde el desierto aprende a florecer gracias al ingenio humano y al pulso del agua, la vid encontró desde tiempos coloniales un hogar singular. El vino y el pisco moqueguano no son solo bebidas: son memoria, territorio y cultura destilada en silencio.
El paisaje explica el carácter. La geografía moqueguana combina suelos franco-arenosos con una radiación solar intensa durante el día y noches frescas que favorecen la maduración equilibrada de la uva. Este contraste térmico, sumado a la baja humedad y a la escasez de lluvias, reduce enfermedades del viñedo y concentra aromas. El resultado es una uva de piel firme y pulpa expresiva, ideal tanto para la vinificación como para la destilación.
Desde el siglo XVI, la vid se aclimató en los valles de Moquegua y Omate. Los cronistas ya destacaban la calidad de los vinos producidos en la región, que abastecieron mercados locales y, en su momento, rutas comerciales más amplias. Con el paso del tiempo, la tradición se afianzó en bodegas familiares, muchas de ellas de adobe y madera, donde aún se conservan lagares (lugar donde se pisan las uvas) y alambiques de cobre. Esa continuidad artesanal explica la identidad del pisco moqueguano, sobrio y aromático, fiel a la uva y a Moquegua, valle interandino.
Las cepas emblemáticas —Quebranta, Italia, Torontel y Moscatel— encuentran en Moquegua una expresión propia. La Quebranta ofrece piscos estructurados y secos, de notas terrosas y frutales contenidas; las aromáticas despliegan perfiles florales y cítricos, nítidos y persistentes. En el vino, la región ha cultivado históricamente estilos francos y honestos, con énfasis en la frescura y el carácter del terruño, más que en la exuberancia.
El clima especial del valle no actúa solo: el manejo del agua es decisivo. Canales ancestrales y sistemas de riego por gravedad han permitido domesticar el desierto sin agotarlo. La viticultura moqueguana es, por necesidad, cuidadosa y eficiente. Esa relación respetuosa con el entorno se traduce en rendimientos moderados y uvas concentradas, un principio básico de calidad.
El pisco, denominación de origen del Perú, encuentra en Moquegua una cuna histórica. La destilación se realiza a partir de mostos frescos, sin adición de agua ni azúcar, en una sola pasada que preserva los aromas primarios. La paciencia es parte del proceso: el reposo en recipientes neutros permite que el destilado se armonice antes de llegar a la copa. Cada productor imprime su sello, pero todos comparten la misma premisa: dejar que la uva hable.
Más allá de la técnica, el vino y el pisco moqueguano son expresión social. Acompañan fiestas, vendimias y encuentros familiares; narran una economía local que resiste con identidad. En un mundo de producciones masivas, Moquegua apuesta por la escala humana y el valor de lo auténtico. El valle escondido no busca estridencias: ofrece profundidad y fraternidad.
Hoy, el desafío es visibilizar sin diluir. El enoturismo (degustación) y la educación del consumidor pueden abrir puertas, siempre que se preserve el equilibrio entre tradición e innovación. Moquegua tiene lo esencial: clima, suelo, saber hacer y una historia que se bebe. En cada copa de vino o pisco moqueguano, el valle revela su secreto: la belleza de lo discreto, la fuerza de lo bien hecho.


