El delito de seguir vivo

No he soñado, pero te he visto en mis sueños por la fuerza obstinada de la imaginación: a mi lado, tranquila, con el rostro contraído, mirándome a través de la noche, en esa oscuridad absoluta donde un corazón late pausado, casi agotado de recordarte en días de luces negras y granulosas, mientras el polvo y las polillas parecieran haberse puesto de acuerdo para decorar el espacio de nuestras soledades.

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POR: GUSTAVO PINO ESPINOZA

Ojalá mi sonrisa sea también la tuya en la inmensidad del delito de seguir vivo ante tu ausencia; ante los recuerdos que se esfuman, los espacios que transmutan, los cuerpos fríos en noches hirviendo de elucubraciones y sueños fugaces, a la espera efímera de tu presencia. Ante los días gélidos, las lágrimas contenidas bajo párpados cansados, marchitos de no verte; ante los espacios constrictos y los pliegues de la sábana imaginando tus falanges acolchadas de ternura, marcando el final de un cuerpo y el principio de otro, delineando todavía mis facciones.

Ojalá mis tardes, cada segundo día de un mes nuevo, no transcurrieran frente a tu tumba de flores muertas y aguas verdosas en nichos pálidos; ni entre las misas cansinas de esa cocatedral de ecos y almas, de cuerpos arrodilladas bajo el peso del silencio. No he soñado, pero te he visto en mis sueños por la fuerza obstinada de la imaginación: a mi lado, tranquila, con el rostro contraído, mirándome a través de la noche, en esa oscuridad absoluta donde un corazón late pausado, casi agotado de recordarte en días de luces negras y granulosas, mientras el polvo y las polillas parecieran haberse puesto de acuerdo para decorar el espacio de nuestras soledades.

Conversando con mi padre, en la mesa del comedor que hizo el bisabuelo —tu abuelo, el «papá viejito»—, esa mesa de madera atravesada por rayas y marcas del tiempo, le dije que ya no le tenía miedo a la muerte después de haberte perdido, mamita; que si algún día se atrevía a visitarme la abrazaría con tanta fuerza que terminaría arrepintiéndose de haber llegado. Reímos, y en nuestras sonrisas estaba todavía la tuya. Y es así como te recuerdo, con los pliegues marcados en la piel por la alegría, los sueños, las esperanzas, los sacrificios y ese amor férreo que, aunque ya no late en tus venas, continúa respirando en cada aroma, en cada espacio, en cada rincón de la casa ahora más vacía, en las mañanas silenciosas y en las noches sin ti.

Uno intenta seguir adelante, pero carga tu ausencia; pesa con la densidad de un mundo entero sobre los hombros, como si Zeus hubiera encontrado un nuevo Atlas, un nuevo cuerpo al que condenar bajo el peso del cielo. Y, sin embargo, a veces también me descubro como Ícaro, elevándome apenas hacia una felicidad ilusoria antes de precipitarme otra vez sobre el destino que afronto al arrastrarme fuera de las sábanas, sostenido por el amor de quienes me rodean y soportan todavía mi malgenio heredado —por supuesto— de ti.

Y sin saberlo, ahora gobiernas mi vida en cada instante; en cada paso, en cada sonrisa y, también, en cada derrota.

Con amor, tu hijo.

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