Ecografía de cadera en bebés: detectar a tiempo una displasia puede evitar complicaciones futuras

La ecografía tiene una ventana particularmente valiosa durante los primeros meses porque permite observar una articulación aún formada en gran medida por cartílago y sin radiación ionizante.

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POR: PH.D. ING. AVID ROMAN-GONZALEZ

Durante los primeros meses de vida, una ecografía puede convertirse en una herramienta fundamental para detectar oportunamente una alteración que muchas veces no produce síntomas evidentes: la displasia del desarrollo de la cadera (DDC).

La DDC comprende un espectro de alteraciones en las que la cabeza del fémur no se relaciona adecuadamente con el acetábulo, desde una cadera inestable hasta una subluxación o una luxación. El problema es que un bebé puede tener una alteración de la cadera sin presentar dolor ni manifestaciones evidentes para sus padres.

Por ello, la evaluación clínica periódica realizada por el pediatra continúa siendo fundamental. Cuando existen factores de riesgo, hallazgos sospechosos o un examen físico que no permite descartar adecuadamente el problema, el médico puede indicar estudios de imágenes. La Academia Americana de Pediatría (AAP, por sus siglas en inglés) señala que la ecografía selectiva puede considerarse, especialmente en bebés de alto riesgo, entre las 6 semanas y los 6 meses de edad.

¿POR QUÉ LA ECOGRAFÍA FUNCIONA MEJOR EN LOS PRIMEROS MESES?

La explicación está en la propia anatomía del bebé. En un recién nacido, gran parte de la cabeza del fémur todavía está formada por cartílago, un tejido que no se visualiza adecuadamente mediante una radiografía convencional. La ecografía, en cambio, permite observar directamente las estructuras cartilaginosas y evaluar la relación entre la cabeza femoral y el acetábulo. Además, puede realizarse dinámicamente, permitiendo estudiar la estabilidad de la cadera mientras se mueve.

A medida que el bebé crece, la cabeza del fémur comienza progresivamente a osificarse. Es decir, parte del tejido cartilaginoso se transforma en hueso.

Ese proceso cambia las condiciones para obtener imágenes. El parámetro de práctica conjunto del American College of Radiology (ACR), American Institute of Ultrasound in Medicine (AIUM), Society for Pediatric Radiology (SPR) y Society of Radiologists in Ultrasound (SRU) explica que el valor de la ecografía disminuye conforme la cabeza femoral se osifica. Cuando ya no es posible visualizar adecuadamente la relación entre la cabeza femoral y el acetábulo mediante ultrasonido, la radiografía pasa a ser el estudio de elección.

En términos sencillos, la ecografía es especialmente útil cuando la cadera todavía es predominantemente cartilaginosa; posteriormente, la radiografía permite evaluar mejor las estructuras óseas que ya se están formando.

¿HASTA QUÉ EDAD SE PUEDE HACER UNA ECOGRAFÍA?

No existe una frontera absolutamente rígida aplicable a todos los bebés. De manera general, las recomendaciones consideran que la ecografía es especialmente útil durante los primeros meses y que su utilidad disminuye alrededor de los 6 meses, conforme aumenta la osificación.

El International Hip Dysplasia Institute señala que una ecografía suele ser fiable para el diagnóstico aproximadamente entre las 6 semanas y los 6 meses, mientras que el parámetro conjunto del ACR, AIUM, SPR y SRU señala que la radiografía es preferible a partir de los 6 meses, salvo determinadas circunstancias en las que la relación anatómica todavía pueda visualizarse adecuadamente mediante ecografía.

Existe, además, un periodo de transición. La Academia Americana de Pediatría señala que entre aproximadamente los 4 y 6 meses pueden utilizarse ambas modalidades, dependiendo de la situación clínica, la experiencia disponible y las características del paciente.

Por eso, más que establecer una fecha límite universal, lo importante es que el pediatra o especialista determine cuál es el estudio apropiado para cada bebé y en qué momento realizarlo.

¿POR QUÉ NO HACER DIRECTAMENTE UNA RADIOGRAFÍA?

Una de las principales ventajas de la ecografía es que no utiliza radiación ionizante. La radiografía, por definición, utiliza rayos X. Sin embargo, esto no significa que una radiografía indicada médicamente deba considerarse peligrosa para un bebé. Las dosis utilizadas en radiología pediátrica son bajas y los equipos modernos están diseñados para utilizar la menor exposición razonablemente necesaria.

El ACR ubica la radiografía pediátrica de pelvis en un nivel relativo de radiación correspondiente a un rango estimado de aproximadamente 0,03–0,3 mSv, dependiendo del procedimiento y de las condiciones técnicas.

Por esta razón, el mensaje para los padres no debería ser que la radiografía es mala, sino que, cuando la cadera todavía puede estudiarse adecuadamente mediante ecografía, esta ofrece una ventaja importante: permite obtener información anatómica y funcional sin exposición a radiación ionizante.

Cuando la edad y el desarrollo óseo hacen que la radiografía sea más apropiada, evitarla por miedo a la radiación podría ser contraproducente. En ese escenario, el beneficio de obtener un diagnóstico adecuado puede superar ampliamente el riesgo asociado a una exposición radiológica muy baja.

UNA ALTERACIÓN QUE PUEDE SER SILENCIOSA

Uno de los principales problemas de la displasia del desarrollo de la cadera es que puede ser silenciosa durante los primeros meses de vida.

La DDC no suele producir dolor en los bebés, incluso cuando existe inestabilidad o luxación. Por eso, los controles pediátricos y la evaluación de la movilidad de las caderas son importantes.

Entre los factores que pueden llevar al médico a considerar una evaluación mediante imágenes se encuentran, entre otros, la presentación de nalgas, antecedentes familiares de DDC y determinados hallazgos en el examen físico. El ACR contempla distintos escenarios clínicos según la edad, los factores de riesgo y los hallazgos del examen físico.

Es importante señalar que las sociedades científicas no recomiendan necesariamente realizar una ecografía universal a todos los recién nacidos. La AAP, por ejemplo, mantiene la importancia del examen físico periódico y plantea la ecografía de manera selectiva en determinados bebés de mayor riesgo o cuando existen hallazgos sospechosos.

DIAGNÓSTICO TEMPRANO Y SEGUIMIENTO

La oportunidad del diagnóstico no es solamente una cuestión de realizar un examen de imágenes. Cuando una alteración de la cadera se identifica tempranamente, existen tratamientos no quirúrgicos que pueden ser considerados dependiendo de la edad y del tipo de alteración. El diagnóstico tardío, en cambio, puede hacer que el manejo sea más complejo.

El ACR destaca que el pronóstico de la DDC depende, entre otros factores, de la implementación oportuna del tratamiento adecuado y que el uso apropiado de las imágenes puede contribuir a disminuir los diagnósticos tardíos y las complicaciones asociadas.

Sin embargo, una ecografía normal tampoco significa que el seguimiento médico pueda suspenderse automáticamente. La DDC puede presentarse de manera tardía en algunos casos, por lo que la evaluación clínica continúa siendo importante durante el crecimiento.

Para los padres, el mensaje fundamental es sencillo: no se trata de elegir entre ecografía y radiografía por cuenta propia.

La decisión depende de la edad del bebé, sus antecedentes, el examen físico y la sospecha clínica. Además, la ecografía debe ser realizada e interpretada por profesionales con experiencia en la evaluación de la cadera infantil, ya que la calidad del estudio puede variar según la capacitación del examinador.

La ecografía tiene una ventana particularmente valiosa durante los primeros meses porque permite observar una articulación que todavía está en gran medida formada por cartílago y hacerlo sin radiación ionizante.

Por eso, ante un bebé con factores de riesgo, un examen físico sospechoso o una indicación médica, esperar demasiado puede significar perder la etapa en la que la ecografía ofrece su mayor utilidad.

La recomendación para las familias es no esperar a que el bebé tenga dolor, dificultad para caminar o una alteración visible. La detección temprana comienza con los controles pediátricos y, cuando corresponde, con el estudio de imágenes indicado en el momento adecuado.

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