Cuentos feroces de Léon Bloy

Sus historias son de soldados en plena faena militar, pero en estos hay tal arrebato espiritual y sangriento que los manda a realizar las cosas más atroces, los vejámenes más impúdicos y hasta un vampirismo execrable.

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POR: EIFFEL RAMÍREZ AVILÉS

En su puñado de Los raros, Rubén Darío llama a Léon Bloy, el escritor francés, como “el gladiador de Dios”. Con justa medida: porque Léon Bloy, exactamente, no es un simple vocero de la causa de Dios, sino un luchador sangriento de Este. Bloy no busca, sino que persigue; no espera, sino que arremete; él mira con tres ojos: los suyos y el de su arma. 

Esa naturaleza beatíficamente corrosiva de Bloy se inserta en sus cuentos, en estos cuentos titulados en español, quizá atinada pero inexactamente, como Cuentos feroces (Sueur de Sang, en francés). El trasfondo de la obra es la guerra de 1870, que enfrentó a franceses y alemanes, ganándola estos últimos, y que decidió la suerte de los dos países hasta 1945. Porque si Alemania ganó la guerra franco-prusiana, Francia se las cobraría en 1918, pero Hitler se los haría pagar en el vagón de Compiègne, muchos años después. No había mejor terreno, pues, que el terreno de la venganza, para poner la semilla de Cuentos feroces.

Pero Bloy no es tan insensato como para reducirse a un revanchismo nacionalista. Puesto que estamos hablando de un hombre religioso, estamos hablando de un hombre de mayores glorias. Y Bloy lo que también quiere hacer es insertar en la naturaleza de la guerra la devoción por el apocalipsis. Sus historias son de soldados en plena faena militar, pero en estos hay tal arrebato espiritual y sangriento que los manda a realizar las cosas más atroces, los vejámenes más impúdicos y hasta un vampirismo execrable. 

En Cuentos feroces, los personajes sufren una degradación sin igual, como sometidos a alguna inevitable ley. En “Vanos espectros”, por ejemplo, los jóvenes franceses que fueron a la guerra, antes rebosantes de vida, ahora se encuentran, luego del fragor del combate, solos en los campos, donde deambulan hasta parecer espectros miserables que ni la misma muerte quisiera acogerlos. 

En sí, Léon Bloy imagina que en la guerra no solo lidian hombres, sino que hay fuerzas sobrehumanas en disputa: por ahí, un espíritu que reclama más sangre; por allá, un caballo de la muerte; más adelante, un vampiro; en primera fila, el fantasma de un caballero de Malta. Las sombras, en fin, rodean a los soldados y los extreman, los radicalizan. En la guerra de Bloy, las balas son menos mortales que el apego a lo monstruoso por parte del hombre. 

Sin embargo, no hablamos solo de abismos humanos. En todo caso, a estos llega siempre algún rayo de luz. En las empresas horripilantes de los personajes de Bloy, hay una extraña luz, como una vela que resiste en una noche fría, y que nos hace saber que no estamos de ningún modo frente a un autor hereje, frente a un cultor satánico. Y aunque esa débil luminosidad es difícil de describir, es posible aseverar su presencia en cada cuento. 

El lenguaje y el alma de Léon Bloy me recuerdan a Manuel González Prada, contemporáneo de aquel. Si los franceses tuvieron su 1870, nosotros tuvimos nuestro 1879. De la agonía de la guerra surgieron estos dos intelectos que vociferaron venganza, pero que esta estaba dirigida no a un solo enemigo, sino a todos los enemigos posibles. Ambos se convirtieron, al final, en fieros cazadores de su propia patria. 

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