martes, 24 de febrero de 2026
  • UDI Unidad de Investigación 969 164 351
  • Central de Noticias 956 424 000
  • Publicidad Edición Impresa 974 466 951

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Balcázar es la genuina expresión de este Congreso. Alguien, desde el espacio político, liberó una burda expresión: “es lo que hay”.

ARCHIVO

- Advertisement -

POR: VICENTE ANTONIO ZEBALLOS SALINAS

Tiempo atrás leía un artículo del politólogo Alberto Vergara, siempre pertinaz, quien se formulaba esta pregunta y que resulta más que oportuna en las circunstancias histórico-políticas que compartimos. El proceso electoral no nos puede distraer; avanzamos este ciclo político de la manera como empezamos, y claro que no es normal. Los graves contrastes políticos y la crisis institucional en la que estamos inmersos nos acompañan desde siempre, aunque con picos especiales —como el presente— en determinados momentos, y asumiéndolo con objetividad, no hay perspectiva alguna de que saldremos pronto de ello.

Para no ahogarnos en el tiempo, focalizamos nuestra observación en el pasado inmediato. Es innegable que nuestra crisis política ingresa en un terreno baldío el 2016, cuando por un margen muy estrecho de votos Keiko Fujimori pierde por segunda oportunidad su interés por llegar a la Casa de Pizarro y, por la condescendencia de nuestro sistema electoral, logra una inusual mayoría parlamentaria de 73 congresistas. La alegación de fraude surge como excusa, también como elemento desestabilizador. Muy recordada la iniciativa del cardenal Cipriani para limar asperezas por la gobernabilidad entre el entonces presidente y la lideresa de la principal fuerza política opositora, sin más efectividad que la publicidad del encuentro.

Nunca hubo un propósito de enmienda y más bien se apeló a la trinchera parlamentaria para desde allí instrumentalizar nuestros débiles mecanismos institucionales, sin apego alguno a la gobernabilidad. “Gobernaremos desde el Congreso” no fue un anuncio ni tampoco una amenaza; fue una toma de posición que nos llevó a la deriva en que nos encontramos.

El panorama electoral, el 2021, no fue diferente, pero esta vez más radicalizado. Estaba enfrente el profesor Pedro Castillo; el electorado le pasó la cuenta de la inestabilidad política y la prepotencia parlamentaria del último lustro, y no le quedó más argumento que alegar “fraude electoral”, victimizándose políticamente. Si bien Fuerza Popular tuvo una reducida representación parlamentaria, fue suficiente para, con su bien estructurada organización, disciplina y objetivos claros, sin mayor esfuerzo someter a sus designios la atomizada y frágil composición parlamentaria, que incluso le vale hoy para descargar responsabilidades en otras fuerzas políticas.

Al ahondamiento de la crisis política, entonces, se sumaron diversas fuerzas y liderazgos políticos, incluso los que parecían irreconciliables. Allí están agrupaciones de izquierda —incluso radical—, de derecha o centro, que en público y desfachatado contubernio persistieron para que la cosa pública, el bien común y la decencia política sean temas irrelevantes. Importaba más el oportunismo, el aprovechamiento, el latrocinio y el mutuo blindaje político.

Ubicados en la escena política presente, elecciones generales con 38 candidaturas presidenciales: exceso o distorsión democrática. Con los correctivos al marco electoral y la jurisprudencia del Tribunal Constitucional no se han suscitado tachas o defenestraciones de candidaturas gravitantes; aunque estábamos advertidos con el mal uso de los recursos públicos, ya no solo en el financiamiento público de los partidos políticos, ahora se añade el uso de recursos de la publicidad electoral para direccionarlos. Lo rescatable es que la denuncia provino del interior de las agrupaciones políticas.

Y en tanto estas se conducían bajo condiciones normales, en lo ponderado del concepto, llegamos a una situación de definición política alentada por la oportunidad electoral, tal como ocurrió con la remoción de Dina Boluarte, censura de Jerí y asunción de José Balcázar.

Las opciones para asumir la Presidencia, en las condiciones excepcionales, eran muy limitadas, partiendo por la deplorable representación parlamentaria con rarísimas excepciones, más cuando cercano al 80% de congresistas van por la reelección. No obstante, se plantearon cuatro candidaturas y ninguna daba garantías suficientes para asumir con sobriedad tan elevada responsabilidad; y tenía que elegirse bajo esas acotadas alternativas, y se eligió.

Balcázar es la genuina expresión de este Congreso. No profundizaré al respecto, pues sus propias expresiones iniciales como mandatario me exoneran de mayor comentario. Alguien, desde el espacio político, liberó una burda expresión: “es lo que hay”.

Hemos reducido la “Presidencia de la República” a una institución donde no se requieren mayores atributos de experiencia, aptitud, liderazgo político y ascendencia en la ciudadanía. Cuán distante se encuentra aquel concepto de “estadista”, como usualmente se calificaba a quienes ostentaban esta alta magistratura. No pasemos por alto un detalle: para llegar se requiere una mayoría absoluta de votos, y quienes en estas circunstancias lo están haciendo primero llegan como congresistas y con una mínima votación reforzada con el arrastre de su partido. En consecuencia, si bien acceden a esta encargatura por mandato del Congreso, están muy distantes de la legitimidad del soberano voto ciudadano.

Jerí fue un esperpento; Balcázar es la manifestación del deleznable Congreso. Y llamando las cosas por su nombre, ni siquiera cuentan las cuestiones ideológicas. No hay ninguna certeza de perdurabilidad en el cargo; si algo está garantizado es la ineptitud como gestión. Ojalá nos equivoquemos y sabremos asumirlo.

Y la realidad desnuda una vez más el empoderamiento del Congreso, la debilidad de la institución presidencial, el naufragio del principio de separación de poderes y, por supuesto, se siembra gratuitamente y con insistencia un ya irreversible hartazgo ciudadano.

Quedó la pregunta sin respuesta: ¿cómo llegamos hasta aquí? El propio Vergara la absuelve: poco a poco. Y la misma respuesta para la pregunta ¿cómo saldremos de aquí?: poco a poco. Lo que implica hacer un mea culpa como ciudadanos, la urgencia de dar un sacudón a nuestra representación política. El voto es nuestra mayor expresión política desde esa a veces inadvertida posición de ciudadano de a pie.

Tenemos que acentuar que el representante político es eso: nuestro representante, nuestro pensamiento, nuestra necesidad, nuestra prioridad, nuestra voz. Romper con esa vieja premisa “no están sujetos a mandato imperativo”, porque nuestro voto les otorgó la credencial de decidir y actuar por nosotros. Basta ya. Se tiene que honrar el mandato de legitimidad que se les extendió en un espacio de confianza democrática. Allí empieza el noble, pero tedioso camino de reorientar nuestra institucionalidad democrática.

La historia es válida para mirar nuestro pasado, y está llena de oprobio, traiciones y postergaciones. Aprendamos con prontitud las duras lecciones de estos días, que han significado desconcierto, desconfianza y frías expectativas sobre nuestro amanecer. Depende de nosotros. Tenemos que tener la habilidad e inteligencia con que nos apañamos estos aciagos días para salir adelante y endosarlos en la crucial decisión de votar y decidir bien.

Nada ni nadie puede engatusar nuestra conciencia ciudadana de reparar en lealtad con nosotros y con nuestro futuro. Es la soberanía del voto, nuestro voto, tu voto.

LO ÚLTIMO