martes, 27 de enero de 2026
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Cerro Baúl: la fortaleza del silencio y la altura

Allí, donde el viento golpea con voz antigua, floreció uno de los enclaves más notables de la época preincaica del Perú: Cerro Baúl, bastión de la cultura huari en una región dominada por la influencia tiahuanaquense.

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POR: DR. GODOFREDO JORGE CALLA COLANA PHD

En el corazón áspero del sur andino, donde el aire se vuelve memoria y la tierra conserva cicatrices de fuego antiguo, se alza el Cerro Baúl. No es solo una montaña: es una voluntad petrificada. Una meseta elevada como un altar, recortada contra el cielo de Moquegua, que vigila desde hace siglos el valle del río Torata. A 2.400 metros sobre el nivel del mar, este cerro inexpugnable parece haber sido colocado allí por manos divinas para desafiar al tiempo y a los hombres.

El ascenso no es amable. El camino serpentea entre laderas secas y quebradas rojizas, como si la montaña misma probara la determinación de quien se atreve a acercarse. Y, sin embargo, arriba, en la cima ancha y severa, la historia respira. Allí, donde el viento golpea con voz antigua, floreció uno de los enclaves más notables de la época preincaica del Perú: Cerro Baúl, bastión de la cultura huari en una región dominada por la influencia tiahuanaquense.

Este no fue un asentamiento cualquiera. Fue una colonia estratégica, una avanzada imperial plantada en territorio ajeno. Desde su altura, los huari controlaban rutas, recursos y horizontes. La meseta funcionó como fortaleza militar y centro administrativo, un nodo de poder donde se organizaba la explotación de los valles circundantes para enviar su riqueza a la lejana metrópoli de Huari, en el actual Ayacucho. Cada muro, cada plataforma, cada resto cerámico habla de planificación, de dominio, de una civilización que entendía el paisaje como tablero político.

Las evidencias arqueológicas revelan una ocupación compleja y prolongada. En Cerro Baúl no solo habitaron los huari: también dejaron su huella los estuquiña, y más tarde los incas, quienes reconocieron en este lugar una fuerza simbólica imposible de ignorar. Así, la montaña se convirtió en un palimpsesto (manuscrito antiguo) cultural, donde distintas civilizaciones escribieron su historia una sobre otra, sin borrar del todo las voces anteriores.

Pero el verdadero poder de Cerro Baúl no reside solo en su arquitectura ni en su valor estratégico. Reside en su atmósfera. En la sensación de estar sobre un umbral. Desde la cima, el valle se despliega como un mapa vivo: campos verdes que resisten al desierto, caminos que se entrelazan como venas antiguas, pueblos que aún dialogan con la montaña. Es fácil imaginar a los antiguos sacerdotes, a los guerreros vigías, a los administradores imperiales observando el mismo paisaje, conscientes de que dominaban no solo la tierra, sino el relato.

Se dice que Cerro Baúl fue también escenario de un final ritual. Cuando el poder huari comenzó a declinar, sus habitantes no abandonaron la fortaleza en silencio. La arqueología sugiere ceremonias de clausura, banquetes finales, actos simbólicos destinados a cerrar un ciclo. No fue derrota: fue despedida. Como si la montaña exigiera respeto incluso en la partida.

Hoy, a apenas 12 kilómetros al norte de la ciudad de Moquegua, Cerro Baúl sigue en pie, desafiante y sereno. No necesita palabras para imponerse. Su silueta domina el paisaje como una nave varada en un mar de tierra, recordándonos que el pasado no está muerto, solo elevado. Quien sube hasta su cima no solo asciende por senderos de piedra: asciende por capas de tiempo.

Cerro Baúl es la prueba de que el poder puede ser silencioso, que la grandeza no siempre grita, que hay lugares donde la historia se vuelve paisaje y el paisaje, memoria. En su altura difícil, en su acceso severo, guarda una lección antigua: solo quienes se esfuerzan por comprenderla pueden escuchar lo que la montaña aún tiene que decir.

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