POR: ABOG. JESÚS MACEDO GONZALES
En estas próximas elecciones, los ciudadanos debemos ser especialmente rigurosos con el voto que emitiremos. Nos quedan pocos días para un acto trascendental, un momento en el que el pueblo recupera el poder absoluto y decide el rumbo del país. Sin embargo, es comprensible que exista desconfianza: muchos nos han mentido, nos han engañado, y los partidos políticos —que deberían ser el primer filtro— han colocado a “cualquiera” en sus listas. Por eso, el segundo filtro, el más importante, recae en usted, respetable ciudadano o ciudadana.
Insisto: esta vez no podemos votar únicamente por un símbolo. Tenemos que elegir dos números para candidatos y dos para diputados, y para hacerlo necesitamos información clara y pertinente. Tanto más cuanto que el Congreso se ha vuelto muy poderoso, sobre todo con la Cámara de Senadores, que puede archivar las leyes aprobadas por los diputados y elige al defensor del pueblo y a los miembros del Tribunal Constitucional. El Observatorio para la Democracia y Gobernabilidad de la Pontificia Universidad Católica del Perú ha publicado un informe revelador sobre los partidos y sus candidatos a nivel nacional, específicamente aquellos que registran sentencias civiles o penales. Según el reporte, 302 de los 4,659 candidatos tienen al menos una sentencia. ¡Ah, caray!, como decía mi abuelito: ahí empiezan los problemas.
Esto significa que los partidos políticos han puesto en carrera a 302 personas que no deberían postular, porque han violado la ley, ya sea cometiendo delitos o vulnerando derechos de otros ciudadanos. Por lo tanto, es indispensable hacernos una pregunta simple pero crucial: ¿Mi candidato tiene procesos penales o judiciales? Si los tiene, ya tienes un criterio para no elegirlo y buscar otro. Esto, según la PUCP, corresponde al 6% de los candidatos a diputados que están sentenciados.
¿Y qué sucede con los aspirantes al Senado? El Observatorio señala que 170 de los 1,545 candidatos presentan al menos una sentencia penal o civil, lo que representa un preocupante 11%. Entre los delitos más frecuentes se encuentran los de los candidatos para senadores y diputados: difamación, es decir, a estos candidatos les gusta insultar o agraviar a otros. Luego, varios han sido sentenciados por delitos contra la fe pública, pues han falsificado documentos. Otros están sentenciados por omisión de asistencia familiar: no cumplen sus obligaciones con sus hijos. Luego sigue el delito de usurpación; varios candidatos se han apropiado de terrenos ajenos. Finalmente, han sido sentenciados, en menor número, por lesiones leves —peleas o agresiones físicas— y falsa declaración y apropiación ilícita, entre otros.
¿Y qué partidos acumulan más candidatos con sentencias? Encabeza la lista Alianza para el Progreso, con 52 postulantes; le sigue Fuerza Popular, con 32; luego Podemos, con 31; y Perú Primero, con 29. Como se diría popularmente, estos partidos ya vienen con “mala leche”.
En elecciones pasadas discutimos la importancia de los planes de gobierno, pero hoy los expertos advierten que muchos de esos documentos solo son copiados de internet para cumplir con el trámite. Por eso, el criterio fundamental debe ser otro: verificar si nuestro candidato respeta la ley y si demuestra actitudes éticas. Quien viola la ley rompe también la relación de respeto que debe existir entre ciudadanos. Si un postulante tiene sentencias civiles o penales, no deberíamos darle nuestro voto. Incluso si está siendo investigado, aunque exista la presunción de inocencia, podríamos recordar el refrán: “Cuando el río suena, es porque trae piedras”.
Ya hemos tenido suficiente con un Congreso lleno de “piedras”, incluida la figura presidencial actual, que no es sino una muestra de la incompetencia producto de pactos políticos que todos conocemos. Esta vez no podemos permitir que ocurra lo mismo. Escojamos un número para senador o diputado que nos dé la certeza de que se trata de una persona respetable, cuya vida previa a la política haya demostrado honestidad y coherencia. Y si no encontramos esa certeza, busquemos otra opción: alguien sin manchas, sin sentencias, porque, de lo contrario, esa mancha se convertirá también en nuestra… y después será imposible quitarla.

