POR: GUSTAVO PINO ESPINOZA
No hay palabra que alcance. Lo sé desde que la casa volvió a quedarse en silencio y entendí que el silencio también ocupa espacio. Es un animal grande. Se echa en los sillones, cruza el pasillo donde mi hermana, tu hija, solloza; duerme en tu cuarto junto a tu esposo, mi padre de ojos tristes. Desde tu partida camino como quien busca las piezas de un rompecabezas antiguo, uno de esos que no traen imagen de referencia. Soy eso ahora. Fragmentos. Un brazo que no encuentra su hombro. Una voz que no sabe a quién llamar.
La vida no avisa. Llega como llegan las malas noticias. Sin tocar la puerta. Nos tenía preparada esta jugarreta, este golpe seco. Y aquí estoy, intentando entender cómo se vive cuando falta el centro. Esta casa, que recobraba el ruido, vuelve a ser hueca. Cada objeto parece recordar mejor que yo. La mesa sabe que ya no te sientas ahí. El reloj de la cocina marca las horas con una crueldad exacta. Yo solo marco ausencias.
Me quedo con el último abrazo de Año Nuevo. Fue un abrazo breve, casi distraído, como si el tiempo todavía nos debiera algo. Me quedo con tus palabras, aunque ya no logro oírlas. Busco tu voz y no aparece. En su lugar queda tu rostro. Ese suéter crema con rayas verdeazuladas, de una época imprecisa, como todo lo importante. Tu sonrisa llenando el espacio. Tus ojos risueños, vivaces, tercos. Siempre había en ti una manera de estar alerta y de cuidar sin que se notara.
Pienso en tu esfuerzo. En cómo dejaste tus sueños a un costado para empujar los nuestros. En tu inteligencia derramada en mil cosas cotidianas que no supimos ver del todo. Éramos jóvenes, éramos torpes, creíamos que el tiempo era inagotable. Ahora entiendo que no lo era. Ahora entiendo tarde, como casi todo.
No sé qué hay después de esta vida. Tal vez nada. Tal vez solo somos cuerpos que nacen para apagarse en la oscuridad. Pero también quiero creer —a ratos— que existe algo más. Un lugar impreciso donde el espíritu descansa. Un mundo paralelo donde nuestras manos se rozan sin sentirlo. O tal vez solo quedamos nosotros, los que seguimos aquí, cargando recuerdos como quien carga agua en un balde roto.
Cuando murió la bisabuela te conté de ese disco detenido en una canción. Decía algo así: “[…]cuando llegue la hora, la final de este amor, no haré cómplice al vino ni al inmenso dolor; buscaré los caminos que conducen a ti”. Eso hago ahora. Busco caminos. No para encontrarte, quizá, sino para no perderme. Busco tus enseñanzas, tu manera de mirar el mundo, tu forma silenciosa de amar. Busco parecerme a ti cuando la vida aprieta.
A diario tengo que mentirle al corazón. Decirle que estás de viaje. Que volverás. Que en cualquier momento escucharé la puerta y tu paso conocido. Es una mentira necesaria. Una tregua. Sin ella, el vacío sería insoportable.
Quedan tantas cosas por decir. Si pudiera retroceder el tiempo no pediría grandes milagros. No cambiaría el final. Solo querría decirte con más claridad cuánto te amé. Estuve ahí, sosteniendo tu pie derecho mientras intentaban reanimarte, y aun así sentí que me faltaron palabras. Siempre nos costó decirnos cuánto nos necesitábamos.
A veces quisiera correr hacia donde estés. Soltarme al abismo y dejar este vacío atrás. Pero sé que no te gustaría. Para tu mala suerte criaste a un hombre de corazón duro. La vida nos hizo así. Resistentes. Tercos. De pie.
Adiós, mamita. Me quedo. Y en quedarme, también te llevo.


