Sábado en la noche, en una casa de Moquegua. La mesa del comedor ya no tiene platos. Alguien saca una baraja gastada, otro reparte, y la conversación cambia de tono. Se cuentan puntos, se discute una jugada, se ríe fuerte. La escena se repite en Arequipa, en Tacna y en Ilo, en clubes de barrio y en reuniones familiares que se alargan hasta la madrugada. Los naipes llegaron a esta parte del continente con los españoles y nunca se fueron. Pasaron de los salones coloniales a las casas de pueblo, de las haciendas a los campamentos, y siguen ahí, firmes, como una costumbre que no necesita explicación.
Lo curioso es que esa costumbre aguantó mejor en los lugares más apartados. En un caserío de la sierra o en un pueblo lejos de la ciudad, una baraja sigue siendo de las pocas diversiones que no dependen de nada más. Basta una mesa y tres o cuatro personas con ganas. El problema siempre fue reunirlas. Hoy esa distancia se acorta con el celular, que permite jugar a las cartas desde cualquier punto con señal. Pero antes de llegar ahí conviene mirar qué se juega, y por qué ciertos nombres se repiten de generación en generación.
El rocambor sobrevivió en Perú cuando en España ya casi nadie lo jugaba
Pocos juegos cuentan tan bien esta historia como el rocambor. Es una versión del antiguo juego español que fue furor en Europa hace siglos, y se parece mucho al tresillo. Se juega con la baraja española de 40 cartas, la de oros, copas, espadas y bastos. Su rasgo más llamativo es geográfico. Bolivia y Perú son los países donde el rocambor se mantuvo vivo, mientras en buena parte del mundo hispano quedó como recuerdo de abuelos. Aprenderlo exige paciencia.
Las reglas tienen sus vueltas y los veteranos no suelen tener apuro en explicarlas. Y justamente por eso, cuando alguien joven se sienta a la mesa, la partida se vuelve también una clase.
El golpeado y el Telefunken mandan en las reuniones familiares
El rocambor tiene fama, pero en muchas casas el juego de todos los días es otro. El golpeado figura entre los más populares del país. Es un juego de la familia del rummy, donde la idea es armar combinaciones con las cartas de la mano antes que los demás. Rápido, ruidoso, fácil de enseñar. En una reunión familiar, el golpeado suele ser el primero que aparece y el último que se guarda.
Después está el Telefunken, que pide más mesa y más tiempo. Es un rummy de contrato que se juega con dos barajas y cuatro comodines, 108 cartas en total, y cada mano obliga a cumplir una combinación distinta. Las partidas pueden durar horas. Nadie se queja. El Telefunken es de esos juegos que justifican quedarse un rato más y servir otro café.
La escala de manos del póker es la misma en todas partes
El póker llegó más tarde a estas mesas, pero hoy es el juego de cartas más conocido del mundo. Su lenguaje común es la escala de manos. De menor a mayor, va así. Carta alta, par, doble par y trío. Luego la escalera, cinco cartas seguidas de distinto palo, y el color, cinco cartas del mismo palo. Arriba vienen el full, que junta un trío y un par, y el póker, cuatro cartas del mismo valor. Cierran la escalera de color y la escalera real, del diez al as del mismo palo. Hay una diferencia que conviene tener clara. Entre amigos, cada uno juega contra los demás. En las versiones de casino, en cambio, se juega contra la banca, y el resultado de cada mano depende del azar.
Del comedor de la casa a la pantalla del celular
Para quien vive lejos de su grupo de siempre, el teléfono cambió la ecuación. Hoy el póker online de mesa respeta la misma escala de manos que una partida entre amigos, aunque ahí se juega contra la banca y no contra otras personas. Dentro de esa categoría también aparece el video póker, una variante en la que el jugador recibe cinco cartas, decide cuáles conservar y obtiene un resultado según la mano final. Las reglas son las de siempre. Lo que cambia es el formato.
Ya no hace falta esperar al sábado ni juntar a cuatro personas en la misma sala. Eso sí, ninguna versión ofrece una manera de ganarle a la casa. Es entretenimiento, con resultados que nadie controla.
Las cartas cambian de mesa pero no de costumbre
Hay algo que la pantalla no reemplaza. El gesto de barajar, la mano que golpea la mesa al cerrar una jugada, el tío que discute una regla que nadie más recuerda. Eso sigue pasando en los comedores de Moquegua y de Tacna, en los clubes de Arequipa y en las casas de Ilo donde la baraja española todavía vive en el cajón de la cocina. Lo digital suma otra mesa, una que sirve para el que se fue a trabajar lejos o para el que vive en un pueblo con pocos vecinos.
Pero el rocambor, el golpeado y el Telefunken siguen pidiendo gente alrededor. Y mientras haya una familia con ganas de quedarse después de la cena, alguien va a sacar las cartas.

