Redes sociales: información, mentira y verdad

Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de nuestras manos y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil engañarnos.

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POR: DR. JESÚS MACEDO GONZALES

Hoy casi todos vivimos pegados al celular. Apenas despertamos, revisamos WhatsApp, Facebook, TikTok, Instagram o alguna otra red social. Allí nos enteramos de lo que pasó en nuestra ciudad, de una denuncia, de una noticia política, de un accidente o de algo que está ocurriendo al otro lado del mundo. Y muchas veces creemos que, porque apareció en nuestro teléfono, necesariamente tiene que ser verdad. Pero no siempre es así.

A todos nos ha pasado alguna vez. Llega un mensaje al grupo de la familia, una foto acompañada de una frase alarmante o un video que provoca indignación. Y casi sin pensarlo lo reenviamos. Lo hacemos con buena intención: porque queremos advertir a los demás, porque nos preocupamos o simplemente porque creemos que estamos ayudando. Pero después descubrimos que la fotografía era antigua, que el video había ocurrido en otro país o que alguien había recortado una declaración para hacer parecer que una persona dijo algo que realmente nunca dijo. Y allí aparece una pregunta que deberíamos hacernos con mucha sinceridad: ¿cuántas veces hemos ayudado, sin querer, a difundir una mentira?

El problema es que una información falsa no siempre se queda en la pantalla de un celular. Puede causar miedo en una familia, perjudicar el nombre de una persona, enfrentar a vecinos, generar odio o hacer que desconfiemos de todo el mundo. Detrás de cada fotografía, de cada acusación y de cada nombre que aparece en una publicación puede existir una persona de carne y hueso, con familia, hijos, amigos y una historia. Por eso debemos tener mucho cuidado cuando compartimos.

INFORMACIÓN Y ALGORITMOS

Hoy las redes sociales tienen algo muy particular: mientras más miramos determinado tipo de contenido, más contenido parecido nos muestran. Si vemos videos que hablan mal de una persona, probablemente seguirán apareciéndonos videos similares. Entonces comenzamos a pensar: “Todo el mundo dice lo mismo”. Pero quizá no sea todo el mundo; quizá sea simplemente lo que el algoritmo decidió mostrarnos. Y eso también debería hacernos reflexionar.

No porque una publicación tenga diez mil “me gusta” significa que sea cierta. No porque una noticia haya sido compartida cientos de veces significa que alguien la comprobó. Y mucho menos porque un mensaje diga “difúndelo antes de que lo eliminen” debemos compartirlo inmediatamente.

A veces, la mejor decisión que podemos tomar frente a una noticia no es compartirla. Es detenernos unos segundos. Preguntarnos: ¿quién lo publicó?, ¿de dónde salió esta información?, ¿qué fecha tiene?, ¿otros medios confiables también están diciendo lo mismo?

VERIFICAR ANTES DE COMPARTIR

Puede parecer algo pequeño, pero ese pequeño gesto de verificar antes de compartir también es una forma de responsabilidad ciudadana. Porque tampoco se trata de decir que las redes sociales son malas. Todo lo contrario. Gracias a ellas conocemos denuncias que antes podían permanecer ocultas, encontramos información útil, podemos mantenernos comunicados con familiares que viven lejos y tenemos acceso a conocimientos que hace algunos años eran mucho más difíciles de conseguir.

El problema no está necesariamente en las redes. El problema está en cómo las utilizamos. Vivimos en una época en la que nunca habíamos tenido tanta información al alcance de nuestras manos y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil engañarnos.

Por eso, quizá necesitamos recuperar algo que parece muy sencillo, pero que hoy es más importante que nunca: dudar un poquito antes de creer y pensar un poquito antes de compartir. Porque detrás de ese botón que dice “reenviar” también existe una responsabilidad. Y la próxima vez que nos llegue una noticia que nos provoque miedo, cólera o indignación, antes de enviarla a nuestros contactos, hagámonos una pregunta sencilla: ¿estoy compartiendo información… o estoy compartiendo un engaño?

Porque una sociedad mejor informada no se construye solamente con más celulares, más internet o más redes sociales. Se construye con ciudadanos capaces de pensar, preguntar, verificar y, sobre todo, no permitir que una mentira viaje más rápido que la verdad.

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