Cuando la víctima de violencia es un varón, ¿también nos solidarizamos?

La burla frente al sufrimiento emocional masculino revela una cultura que todavía exige al hombre soportar el dolor sin mostrar vulnerabilidad.

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POR: JESÚS MACEDO GONZALES

La semana pasada, el denominado ampay difundido por el programa de Magaly Medina colocó en el centro de la conversación pública al comunicador y creador de contenido Víctor Caballero, conocido como Curwen, y a quien era su prometida, Carla Campos. Luego de la difusión de las imágenes, el propio Curwen terminó reconociendo públicamente que consideraba lo ocurrido como una infidelidad y anunció la cancelación de su matrimonio.

Sin embargo, más allá del espectáculo y del inevitable ruido de las redes sociales, hay un aspecto que merece una reflexión mucho más seria: ¿cómo reaccionamos socialmente cuando quien sufre una afectación emocional es un varón?

Resulta particularmente llamativo observar que una parte considerable de los comentarios no se dirige a cuestionar la conducta que habría quebrado la confianza de la relación, sino a ridiculizar al hombre que aparece afectado por ella. Se le llama ingenuo, se cuestiona que haya defendido inicialmente a su pareja y hasta se convierte su dolor en objeto de memes y burlas.

Y allí aparece un problema cultural que deberíamos discutir. Pareciera existir todavía una idea profundamente arraigada según la cual el hombre debe soportarlo todo sin mostrar vulnerabilidad.

Si una mujer es engañada, socialmente existe —con razón— una tendencia a solidarizarse con ella, cuestionar al infiel y reconocer el daño emocional producido. Pero cuando ocurre a la inversa, muchas veces la conversación cambia: al varón se le pregunta cómo no se dio cuenta, por qué la defendió, cómo permitió que ocurriera o por qué está afectado.

Es decir, terminamos desplazando parte de la censura desde quien realizó la conducta hacia quien sufrió sus consecuencias.

En un plano distinto al episodio mediático, la Ley N.º 30364, Ley para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres y los integrantes del grupo familiar, demuestra en su artículo 7 algo que muchas veces olvidamos: la protección frente a la violencia dentro del grupo familiar no está reservada exclusivamente a las mujeres. Además de proteger a las mujeres durante todo su ciclo de vida, la norma incluye como sujetos de protección a los miembros del grupo familiar, entre ellos cónyuges, excónyuges, convivientes y exconvivientes, así como otros supuestos expresamente previstos por la ley. Por consiguiente, un hombre también puede ser jurídicamente reconocido como víctima de violencia cuando concurren los presupuestos establecidos por la Ley N.º 30364.

Más aún, el artículo 8 reconoce expresamente la violencia psicológica como uno de los tipos de violencia que pueden afectar tanto a las mujeres como a los integrantes del grupo familiar. Por ello, conductas de control, aislamiento, humillación o degradación que puedan ocasionar daño psíquico pueden adquirir relevancia jurídica independientemente de que la víctima sea hombre o mujer.

Entonces, quizá el caso Curwen debería permitirnos mirar un poco más lejos que el espectáculo. El verdadero asunto no consiste solamente en discutir quién besó a quién en una discoteca. La pregunta socialmente relevante es otra: ¿por qué todavía nos cuesta reconocer el sufrimiento emocional masculino sin convertirlo inmediatamente en motivo de burla? ¿Pesa el machismo social que asume que el hombre debe aguantar el maltrato y la violencia sin mostrar el daño que le producen?

Y eso es preocupante. La lucha contra la violencia no debería convertirse en una guerra entre hombres y mujeres. La violencia debe rechazarse por la conducta y por el daño que produce, no según el sexo de quien la padece.

Por eso, cuando un hombre relata que fue humillado, manipulado, agredido o psicológicamente afectado, nuestra primera reacción no debería ser reírnos de él. Deberíamos aplicar el mismo principio elemental que reclamamos frente a cualquier otra víctima: escuchar antes de juzgar y analizar la conducta antes de culpabilizar a quien dice haberla sufrido.

El episodio protagonizado por Curwen pasará, como pasan casi todos los escándalos mediáticos. Pero la cultura que convierte al hombre afectado en objeto de burla puede permanecer mucho más tiempo. Y quizá allí esté la discusión verdaderamente importante. En definitiva, la dignidad no tiene género. El sufrimiento tampoco. Y el derecho a vivir libre de violencia debe ser entendido como una exigencia de respeto hacia todas las personas.

Una cuestión adicional es que la señora Magaly Medina ha expresado comentarios favorables hacia la presidenta Keiko Fujimori. ¿Había que desacreditar a Curwen, crítico de la presidenta, para decir que sus investigaciones no sirven? ¡Ridículo! ¿No creen?

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