POR: EIFFEL RAMÍREZ AVILÉS
Los asesinos son gente normal. Muchos creen lo contrario: que son unos lunáticos o descarriados o perversos. En verdad, son gente común. No hay nada de locura, pues, en los asesinatos; de lo contrario, las cárceles, nuestras cárceles, estarían llenas de imbéciles imposibles de comunicarse. Pero si alguien ha tenido la oportunidad de visitar un centro penitenciario, ha podido constatar que el asesino o el ultrajador o el ladrón le mira a usted los ojos y le tiende la mano.
Los asesinos y los malhechores también son los perfectos carceleros. Imagine usted: alguien le prende fuego a su mujer. Es atrapado. Es interrogado. Ha aceptado el hecho. Es encarcelado. ¿Usted conoce el crimen? Claro que no. No se puede, porque el criminal ha echado bajo siete llaves los motivos de su actuar. Les dirá a los policías que usó tal lata de gasolina; le dirá al fiscal que calculó la hora; concluirá, frente al juez, que se siente arrepentido. ¿Ha dicho la auténtica verdad? De ningún modo. La verdad está en los rincones más ocultos de su corazón, pues la verdad de un crimen no tiene que ver con lo físico, sino con el misterioso secreto que el asesino guardará como un tesoro por el resto de su vida.
Nadie se jacte, pues, de conocer fácilmente a un asesino o a un ruin. Nadie se vanaglorie de conocer el corazón humano. Pero existe un método para acercarse a este de manera certera. El método lo ha usado el mismísimo Heráclito. Decía este que, para conocer el universo, no hay que observar sus movimientos, sino que habría que observarse a uno mismo. El secreto del universo está en el secreto del corazón. Y en esa reveladora auscultación, Heráclito sacó su famosa ley de la dialéctica, tan manida por griegos y troyanos.
La única manera, entonces, de hurgar en el pensamiento de los asesinos o de cualquier persona es enfrentándonos al espejo. Ellos son como nosotros. Ellos tienen nuestros sentimientos. Ellos poseen las mismas vanidades. Quizá solo abran la puerta que nuestras manos tan solo alcanzan hasta el picaporte. Obviamente, se trata de un denodado esfuerzo de introspección. La mente nos puede llevar hasta algo espeluznante y nos detendremos, horrorizados, diciéndonos: “¡Ya no quiero atisbar más por ahí!”.
Sin embargo, para evitar esa inquietante autopsia, es posible acercarse al ser interno del hombre mediante otro procedimiento, un procedimiento más agradable: la literatura. ¿Usted quiere saber qué pasaba por la mente de un asesino para cometer el hecho execrable? No puede entrevistarse con él; este nunca le dirá la verdad, porque, como lo dije, es la morbosa joya de su vida y la guardará en la cárcel perfecta de su memoria. ¿Quiere saber, repito, qué pensaba durante esos minutos enfermizos en que levantaba el arma homicida? Pues no haga más que abrir un libro de Dostoievski. La mente del asesino está fielmente grabada en sus hojas.
El corazón maligno del hombre se devela en las líneas de un Hawthorne o de un Faulkner. Solo los escritores los ven desnudos, como recién nacidos. Es más, pareciera que hubiera un contrato silencioso entre los artistas y los asesinos; un juego maestro de a dos, en que uno busca ocultar el misterio y el otro que quiere tirar del velo. Los policías, los jueces o los periodistas salen sobrando en esta historia. Además, ya lo dije alguna vez, ellos, debido al espectáculo que montan, solo sirven para engrandecer el crimen y a su actor principal. Todo crimen, en realidad, es psicológico. La última batalla contra este se da en el arte.

