Fundación española de Moquegua — XIX

Los vecinos de Santa Catalina de Moquegua insistían en desaparecer la villa de Esquilache, mientras los de Escapagua defendían la gracia concedida por el virrey Francisco de Borja y Aragón.

ARCHIVO

POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS

QUE DESAPAREZCA LA VILLA DE ESQUILACHE

Los vecinos del pueblo de Santa Catalina de Moquegua, no satisfechos con el pedido que hicieron en octubre de 1620 para que se deshagan las casas en la villa de San Francisco de Esquilache, medio año después, en julio de 1621, elevan una nueva escritura por medio de Juan Rodríguez de Ves, que lideraba los reclamos moqueguanos, y del capitán y sargento mayor Francisco de Arteaga y Sotomayor, que estaba dispuesto a viajar a Lima, la Ciudad de los Reyes, para que gestione ante «el gobierno de estos reinos la provisión para que cese de todo punto y se acabe y no quede nombre de villa a la que llaman de Esquilache», y presente ante el excelentísimo señor virrey y las audiencias reales todas las provisiones, informaciones, memoriales y recaudos necesarios que contribuyan a conseguir sus objetivos.

Insisten en su alegato de los grandes daños y pérdida en las haciendas si no se rectifica la tal fundación, además de las disensiones que ello traía consigo, que habían incluido en sus quejas anteriores.

SE FUNDE OTRA VILLA EN MOQUEGUA

En su pedido son claros en indicar que, si no fuera posible anular la creación de la villa en el lado de Escapagua, en ese caso que se haga y funde una nueva en el pueblo de Moquegua.

Si el comisionado sargento mayor Francisco de Arteaga y Sotomayor logra la ansiada provisión, que espera conseguir en un plazo de cuatro meses, le pagarán dos mil pesos por los gastos en los que hubiera incurrido.

VECINOS, AMIGOS Y FAMILIARES

No deja de llamar la atención que el sargento mayor Arteaga y Sotomayor, cinco años antes, en 1616, se había desempeñado como alcalde de la Hermandad en Escapagua, además de haber sido designado por las autoridades de Lima como teniente de corregidor y justicia mayor de este mismo pueblo, ahora adversario desde que fuera elevado a villa.

Su hermano, el capitán Rodrigo de Arteaga y Sotomayor, fue nombrado por las autoridades de Chucuito como teniente de gobernador en Santa Catalina de Moquegua en 1619.

La vinculación que tenía con Escapagua era más estrecha aún: fue casado con Beatriz de Arana, hija de Hernán Bueno «el Mozo» y de Jerónima de Arana, que eran de los primeros y principales vecinos de Escapagua; agreguemos que doña Beatriz era viuda de Diego de Vizcarra, que fuera su primer esposo, a quien nuestro historiador Montenegro llama «el primer corregidor más antiguo de que se tiene noticia, por los protocolos de Cabildo y Oficio Público, en el pueblo de San Sebastián de Escapagua, del lado Cochuna, en el año de 1583, falleció ejerciendo el cargo».

Tuvo una entrañable relación con su hermano Alonso de Estrada, prominente vecino del pueblo de Santa Catalina de Moquegua; contribuyó a edificar el templo de la Matriz, y fue casado con Jerónima de Miranda, hija del citado Hernán Bueno, patriarca del lado Cochuna.

Es significativo también que Juan Rodríguez de Ves, español natural de la villa de Uceda, que oficiara como capitán del bando de los de Moquegua, del lado de Chucuito, dos años antes había sido designado teniente de corregidor y justicia mayor del pueblo de Escapagua, ahora elevado a villa, condición que se buscaba desaparecer en beneficio de Moquegua.

La discordia entre los vecinos persistía. Los del lado Cochuna, empeñados en defender la elevación a villa del pueblo de Escapagua, gracia que les fuera concedida por el virrey Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache; mientras que los de Moquegua, que estaba adscrita a la Audiencia de Charcas, insistían en defender y que se respete el acuerdo solemne que todos firmaron en 1611, del que los de Escapagua, sin reparos, se retractaron y, con desenvuelta intransigencia, se negaban a aceptar.

A pesar de estar estrecha y familiarmente vinculados, de compartir el mismo angosto valle, con los mismos cultivos y padecer las mismas necesidades, ahora la armonía parecía estar lejana, y que las disensiones podían agravarse y acrecentarse aún más.

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