CELAC con pena y decadencia

La reciente cumbre de la CELAC en Bogotá evidenció divisiones internas, baja participación de líderes y escasos acuerdos concretos en la agenda regional.

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POR: EDGARD NORBERTO “BETO” LAJO PAREDES

El 21 de marzo de 2026, en Bogotá (Colombia), se realizó la X Cumbre de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños). Este evento no tuvo brillo ni mayor cobertura periodística, y se llevó a cabo en un contexto de fragmentación regional que recuerda a los “Estados desunidos del sur”, como lo escribió Haya de la Torre en 1938.

Según reportes recientes, la cumbre estuvo marcada por una limitada participación de jefes de Estado —solo una minoría de los convocados confirmó asistencia— y por dificultades para alcanzar consensos comunes, lo que refleja debilidad estructural del bloque.

En este escenario, la integración regional continúa siendo un objetivo más declarativo que operativo.

Durante el encuentro, no se aprobaron acciones concretas en temas sensibles para la región, como la situación política en Venezuela, la soberanía del canal de Panamá o mecanismos de defensa regional.

Tampoco se avanzó en propuestas de integración estructural, como la industrialización de recursos naturales, la seguridad energética o la construcción de mecanismos militares regionales.

La cumbre, en lugar de consolidar una agenda común, evidenció nuevamente la dificultad de los países latinoamericanos para articular posiciones conjuntas y ejecutar políticas regionales sostenidas. En paralelo, Bogotá fue escenario del Foro de Alto Nivel CELAC–África, orientado a fortalecer la cooperación Sur-Sur en comercio, inversión y desarrollo sostenible.

Sin embargo, este impulso hacia el exterior contrasta con la debilidad interna del bloque, que enfrenta divisiones ideológicas y una limitada capacidad de coordinación política. La CELAC, creada como el principal mecanismo de concertación política de América Latina y el Caribe, mantiene el objetivo de proyectar una voz común en el escenario internacional, pero aún enfrenta obstáculos para consolidarse como un actor eficaz.

Experiencias previas de cooperación Sur-Sur, como la cumbre América del Sur–Países Árabes (ASPA), han mostrado limitados resultados en términos de impacto concreto.

En ese marco, iniciativas actuales buscan reactivar esquemas de articulación internacional como el Movimiento de Países No Alineados, aunque en un contexto global distinto al de la Guerra Fría que le dio origen.

Asimismo, se percibe una tensión entre el multilateralismo emergente y tendencias hacia el unilateralismo en el sistema internacional, lo que condiciona el margen de acción regional.

Frente a este panorama, el llamado a la integración latinoamericana sigue vigente. La idea de una articulación regional sólida, con identidad propia y capacidad de acción conjunta, continúa siendo un desafío no resuelto.

La reciente cumbre en Bogotá dejó en evidencia que, pese a los discursos, la región aún no logra consolidar una agenda común ni mecanismos efectivos de integración, manteniendo una brecha entre aspiración política y realidad operativa.

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