Los niños, el uniforme escolar y su creatividad

El uso del uniforme escolar y otras normas educativas es cuestionado por su posible efecto en la creatividad, la individualidad y la libertad de expresión de los estudiantes.

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POR: ABOG. JESÚS MACEDO GONZALES

Con el inicio de un nuevo año escolar en el Perú, se reactiva una escena cotidiana y casi incuestionable: los estudiantes retornan a las aulas vistiendo uniformes que identifican a sus instituciones mediante colores, emblemas y distintivos propios. Sin embargo, detrás de esta aparente normalidad, ¿cuál es el verdadero sentido del uso del uniforme escolar?, ¿por qué los estudiantes no podrían asistir con ropa de uso cotidiano, como ocurre en otros países, por ejemplo, Estados Unidos? De manera similar, cabe preguntarse por la razón de otros protocolos escolares, como el corte obligatorio de cabello para los varones o el uso del cabello amarrado en las damas. ¿Qué finalidad educativa o formativa persiguen estas normas?

Un amigo cercano, padre de una niña de tres años, junto con su esposa, había adquirido el uniforme de educación inicial exigido por la institución; sin embargo, ambos percibían que este resultaba incómodo para su hija, por lo que decidieron enviarla al centro educativo con ropa de calle. Cabe resaltar que el propio colegio había otorgado un plazo a los padres para adquirir el uniforme, por lo que esta decisión no contravenía ninguna norma formal.

Durante los primeros días de clases, el centro de educación inicial compartió un video en el que se observaba a los niños y niñas sentados, entonando una canción acompañada de movimientos coordinados con las manos, los pies y los brazos. En medio de esa escena ordenada y homogénea, la hija de mi amigo, vestida sin uniforme, se levantó y comenzó a bailar libremente, moviendo las manos con entusiasmo y disfrutando del momento sin la necesidad de permanecer sentada ni de seguir al pie de la letra la consigna de la docente.

Mi amigo reflexionó entonces que una de las ventajas de no usar uniforme era que su hija no se encontraba “uniformizada”, es decir, no era una más entre otros; era una niña claramente distinguible. Pero, más allá de lo externo, lo verdaderamente llamativo era la libertad con la que ella se expresa corporalmente: bailaba de pie, a su manera, mientras los demás niños permanecían sentados, siguiendo la indicación establecida.

Resulta interesante notar que la docente continuó con la dinámica sin exigir que la niña se sentara. Sin embargo, el momento, que podría haber sido simplemente feliz y revelador, se tornó triste cuando el niño que estaba a su lado le tomó la mano y le dijo: “siéntate”. Ese gesto, aparentemente inocente, encierra un poderoso mensaje de normalización y control social hacia quien actúa diferente.

Ante esta escena, surge una pregunta inevitable: ¿el uniforme sirve únicamente para identificar a una institución educativa o, en el fondo, contribuye a convertir a los estudiantes en una masa homogénea, anulando sus diferencias individuales? Pareciera que el uniforme no solo estandariza la apariencia, sino también las conductas, promoviendo una idea de igualdad externa que no reconoce la diversidad de habilidades, talentos, pensamientos y sensibilidades que caracterizan a cada niño, niña y adolescente.

Cabe entonces preguntarse si un estudiante que asiste al colegio con uniforme se vuelve realmente más creativo, más responsable, más honesto o más feliz. ¿O será que el uniforme fomenta principalmente la obediencia y la conformidad, reforzando la idea de que todos deben comportarse de la misma manera, como un colectivo acrítico que responde dócilmente a la autoridad?

La imagen de aquella niña sin uniforme, bailando libremente mientras los demás permanecían sentados, nos recuerda que los niños nacen como espíritus libres, dotados de una imaginación infinita. Sin embargo, al crecer, se ven obligados a adaptarse a un mundo que no les pertenece del todo: el mundo de los adultos, de los padres, de los docentes, de las normas impuestas. Poco a poco, aprendemos a diferenciar, a clasificar y, en muchos casos, a discriminar, perdiendo en el camino la creatividad y la capacidad de asombro.

Finalmente, mi amigo reflexionaba que quizá otros padres o incluso las docentes podrían pensar con lástima: “pobrecita esa niña, no tiene uniforme; su padre debe ser tacaño”. Con el tiempo, comenzaron a enviar a la niña con algunas prendas del uniforme: un día con el polo del colegio, otro con el buzo, combinado con ropa de calle. Solo queda esperar que el uniforme no sea aquello que opaque su talento, que no silencie su impulso vital y que ella pueda seguir bailando con libertad, desobedeciendo creativamente un mundo que, en esencia, debería pertenecer a los niños, niñas y adolescentes.

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