POR: ABOG. JESUS MACEDO GONZALES
Hace unas semanas partió a la eternidad el padre Edilberto Martínez Martínez, quien fue párroco en Santa Catalina de Moquegua y también sirvió en Ilo y Tacna. Su partida dejó un vacío profundo, pero también una ola inmensa de gratitud. Muchos de quienes lo conocimos nos sumamos a su despedida compartiendo fotos, videos y recuerdos entrañables en redes sociales. Las parroquias donde entregó su vida al servicio de los demás le rindieron un merecido homenaje póstumo.
Tuve la dicha de conocer al padre Edilberto en Ilo, gracias a las Hermanas de la Congregación de la Caridad que colaboraban con el Centro Loyola Ilo. Ellas me invitaron a tocar en una misa en la capilla del Señor de los Milagros, en la zona de 24 de Octubre. Desde ese primer encuentro, su sencillez y su sonrisa sincera dejaron huella.
Recuerdo sus misas llenas de optimismo, siempre acompañadas de esa sonrisa natural que transmitía paz. En Ilo me permitió fortalecer una hermosa experiencia de organización juvenil llamada “Puerto Joven”, junto con la hermana Katherine MacGrath. Al padre le encantaba trabajar con jóvenes: toda propuesta que le hacía la acogía con entusiasmo. Era un hombre que confiaba en las personas y, sobre todo, sabía cómo brindar confianza.
Tenía un gran sentido del humor; era sencillo, optimista y profundamente humano. Se notaba que era feliz con la vocación que había elegido: ser sacerdote al servicio de quien más lo necesitara. Una vez me invitó a dar un taller de dinámicas a sus jóvenes catequistas en la parroquia Cristo Rey de Ilo y, cuando vivía en Ilo, tuve el honor de compartir la mesa en uno de mis onomásticos.
Tiempo después, tras regresar al Perú luego de mis estudios en Estados Unidos, volví a encontrarme con él en la parroquia de Santa Catalina. Recuerdo que le dije en broma: “Padre, ¿cuándo empezamos la revolución con los jóvenes universitarios?”. Sin dudarlo, me propuso crear el programa de Pastoral Universitaria para que los jóvenes salieran en misión a la parte alta o apoyaran a los más necesitados de Moquegua. La idea fue acogida por la universidad y aprobada por el Dr. Pedro Jesús Maquera Luque, director de proyección social. Hoy, ese programa ya tiene más de ocho años de vida y continúa gracias al compromiso de nuevos jóvenes formados inicialmente por el padre Edilberto. Espero que este año salga la sistematización de esta experiencia.
En los inicios del programa de pastoral universitaria, el padre no dudó en apoyar incluso económicamente para que los primeros promotores realizaran una pasantía en el programa de voluntariado de la Universidad Católica Santa María. Más adelante, junto con la Universidad Nacional de Moquegua, organizamos dos encuentros de voluntariado universitario, uno presencial y otro virtual en tiempos de pandemia. En todo momento, el padre estuvo ahí, animando a los jóvenes a crecer en la fe a través del servicio.
Con él aprendimos a mirar a los excluidos y olvidados de nuestra sociedad: visitas a los internos del penal, momentos de alegría con los adultos mayores del asilo y del centro del adulto mayor, apoyo a personas que vivían solas o en extrema pobreza. En todos esos espacios, el padre Edilberto nos guió con esperanza y amor auténtico. La primera misión a Sihuaya fue imborrable, pues un grupo de jóvenes tuvo la oportunidad de servir y vivir en la comunidad. El padre apoyó con ropa para regalar a las personas y también con alimentos para los jóvenes; por su parte, la universidad puso la movilidad para dicha labor.
Su testimonio se hizo aún más visible durante la pandemia de la COVID-19, cuando, junto con la prefecta de ese entonces y una radio local, impulsó una campaña para conseguir oxígeno y salvar vidas. Creía firmemente en el Dios de la vida, en un Dios que no es indiferente al sufrimiento del pobre ni del olvidado. A pesar de padecer diabetes, nunca se detuvo ni se cuidó de más; su entrega fue total. Recuerdo haberle dicho en una visita a Tacna: “Padre, Dios no solo lo ha enviado, también lo ha protegido muy bien”.
Su muerte no solo fue llorada en Moquegua. Ilo, Tacna e incluso Piura lo despidieron con profundo cariño. Un gesto especialmente conmovedor fue el de Mons. Marco Antonio Lara, obispo de Tacna y Moquegua, quien lo acompañó personalmente hasta Piura para su entierro, junto a la señora Andrea, quien con tanta dedicación lo ayudaba en sus labores domésticas.
Estoy convencido de que los ángeles no solo están en el cielo; también caminan entre nosotros. Son aquellos que siembran el bien, reparten alegría, dan esperanza, consuelan, sonríen y animan incluso en medio del dolor, la enfermedad o el abandono. Ese ángel fue el padre Edilberto Martínez, quien con su sencillez y humildad siempre estaba dispuesto a ser un cristiano de verdad.
Sé que muchas personas guardan historias hermosas junto a él. Por mi parte, puedo decir que fue un amigo personal y un amigo de mi familia. Si alguna vez tuve un ángel en la tierra, fue él. Hoy ha partido al cielo de los grandes cristianos, de aquellos que entendieron que el verdadero amor se vive junto a quien más lo necesita. No te vas, padre… te quedas con nosotros. Y desde la eternidad seguiré admirando y amando tu vida y tu entrega. El mundo necesita más personas como tú.

