POR: CESAR CARO JIMENEZ
En tiempos de crisis y cambios sociales acelerados, la política suele ser el terreno donde se evidencian las mayores virtudes y también las peores vulnerabilidades de la humanidad. Entre estas últimas, la demagogia y la estupidez política emergen como fenómenos que amenazan la estabilidad, la inteligencia y la calidad del debate democrático en muchas sociedades.
Algo que podemos observar en estos días, en los cuales el poder de una sola persona le viene permitiendo hacer lo que “le viene en gana”, dándoles la razón a aquellos pensadores que enunciaron que, salvo el poder, todo es ilusión y que el mismo nace de la punta del fusil. Triste realidad que nos hace pensar y temer por el futuro de los seres humanos, que en estos días han permitido y permitirán que instituciones como la ONU —que, dicho sea de paso, de poco han servido—, entre otras, prácticamente estén en vías de extinción, como consecuencia directa de la soberbia del actual presidente norteamericano que aprovecha la falta de ideas y raciocinio de la mayor parte de los “líderes” occidentales.
Por otro lado, la estupidez política no es solo una falta de conocimiento, sino también una actitud de desprecio por la complejidad de los problemas y la evidencia. Se manifiesta en decisiones impulsivas, discursos vacíos y en la falta de criterio informado. La combinación de ignorancia, arrogancia y populismo puede ser más dañina que la simple falta de información, pues fomenta decisiones que no solo no solucionan los problemas, sino que los agravan.
Cuando la demagogia y la estupidez política se normalizan, la calidad de la democracia se ve seriamente erosionada. La ciudadanía pierde confianza en sus líderes y en las instituciones, lo que puede derivar en un aumento del escepticismo, la apatía y la polarización extrema. Además, las decisiones basadas en emociones y no en hechos comprobados llevan a políticas públicas ineficaces o dañinas, afectando a todos los sectores sociales.
Por ello, la educación cívica y el fortalecimiento del pensamiento crítico son fundamentales. Los ciudadanos deben aprender a identificar la manipulación, a cuestionar las promesas vacías y a exigir propuestas concretas y responsables. Asimismo, los líderes políticos tienen la responsabilidad de actuar con ética, honestidad y compromiso con el bienestar colectivo, evitando caer en la trampa bien de la demagogia o de la ignorancia, que los hace decir, por ejemplo, que “de llegar al poder acabarían con la criminalidad en menos de un año”, sin decir cómo, a la par que cierran los ojos a un axioma ineludible: a menos trabajo, más delincuencia.
La lucha contra la demagogia y la estupidez política no es solo una tarea de los gobiernos, sino de toda la sociedad. Solo a través de un compromiso colectivo con la verdad, la educación y la participación informada podremos construir democracias más sólidas y justas frente a los peligros que representan estas conductas.
La inteligencia y la ética deben prevalecer sobre la estupidez que carece por completo de racionalidad; por ello, resulta sumamente difícil —si no imposible— defenderse apelando a la razón. Esto convierte a los estúpidos en individuos con un potencial nocivo mucho mayor del que los no estúpidos suelen imaginar. Esta es la cuarta de las célebres Cinco Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana, formuladas por el historiador económico italiano Carlo Cipolla (1922–2000).
Cipolla fue profesor en las universidades de Pavía (Italia), Berkeley (California, EE. UU.) y la London School of Economics (Reino Unido). Coordinador de la obra Historia económica de Europa —una serie de nueve volúmenes publicados entre 1972 y 1976—, fue un destacado investigador en temas relacionados con la importancia de la moneda en la actividad humana y un pionero en el estudio de las relaciones entre demografía y economía, siendo el autor de la reconocida Historia económica de la población mundial.
Cipolla era un intelectual humanista que dedicaba tiempo a observar y analizar fenómenos sociales, plasmando sus reflexiones en ensayos literarios como ¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo?. En su libro de 1988, donde incluyó las leyes de la estupidez, dejó una advertencia clara: “Los estúpidos son más temibles que la mafia, que el complejo industrial-militar o que la Internacional Comunista”. Los consideraba capaces de “arruinar tus planes, destruir tu paz, complicar tu vida y tu trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor y productividad”. Además, creía que “son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido”.

