La fundación española de Moquegua – X

Los vecinos del valle de Moquegua protestaron ante el virrey por el intento de fundar la villa en Escapagua, lo que —según advertían— ocasionaría graves perjuicios a tierras, viñas y pobladores del valle.

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POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS

PROTESTA MOQUEGUANA

En 1611 todos los pobladores del valle de Moquegua y Cohcuna pidieron la fundación de la villa en Moquegua. En 1614 desisten de su pedido por no haber podido ponerse de acuerdo. Dos años después, en 1616, son los vecinos del pueblo de Santa Catalina de Moquegua los que ahora se dirigen al nuevo y recién llegado virrey Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache, el conocido virrey poeta que arribó al Perú en 1615.

En esta ocasión son catorce los heredados, representados por sus apoderados, que le hacen conocer al excelentísimo señor virrey su queja «por nos y los demás vecinos y heredados y de todos los indios de Torata y Moquegua y de este valle», y lo ponen al tanto del pedido que hicieron en 1611 para que «nos hiciese ciertas mercedes mediante las cuales tratamos de nos poblar en este dicho pueblo de Santa Catalina de Moquegua».

MOTIVO DE LA QUEJA

Le comunican al nuevo virrey que en los dos últimos años «algunas personas que viven en la parte de Cochuna», llevados por sus particulares intereses «han intentado y pretendido que la dicha población se hiciese en el asiento que llaman de Escapagua, que es la dicha parte de Cochuna», que era al lado norte del río Moquegua, que denominaban también «del partido de Colesuyo».

Sin duda que en estos dos años los vecinos de Escapagua, por su parte, hicieron llegar sus peticiones al recién llegado virrey para que los favoreciera, disponiendo que la fundación de la villa fuera en su pueblo. Pedido que de alguna manera tuvo recepción en las altas esferas virreinales, que, conocidas por los de Moquegua, motivaron su preocupante queja.

Los moqueguanos, al informarse de estos pedidos, de los que no tenemos registro alguno en nuestro archivo, alegaron que no era posible que la villa sea en ese lugar por estar «lleno de sepulturas antiguas donde era imposible que el agua de la dicha población volviera ninguna al río, a cuya causa se perdieran todas las tierras y heredades de viñas de los vecinos e indios que con él se riega, que ha venido en gran disminución por la falta de pluvias», además de otros inconvenientes que «ha descubierto el tiempo con la experiencia» que se reservan precisar, pero sí que resulta imposible sustentar que se pueda hacer la nueva población en ninguna parte por carecer de todas las cosas necesarias para su conservación, como son las tierras, agua, pastos, montes, indios y los alijares, que eran los terrenos sin cultivar dedicados para el esparcimiento de los vecinos.

APODERADOS INFLUYENTES

Preocupados por esta actitud, los de Santa Catalina de Moquegua buscan abogados con la mayor influencia que puedan oponerse a las pretensiones de los de Escapagua ante la corte virreinal.

Otorgan poder a Leandro de la Reinaga y a Domingo González de Casaprima, ambos abogados en la Ciudad de los Reyes. Es de resaltar la participación del doctor De la Reinaga, que fue principal asesor de cuatro virreyes; se desempeñaba como asesor del Tribunal de la Santa Cruzada y del Cabildo de Lima; había sido tres veces rector de la Universidad Mayor de San Marcos, poco después lo fue dos veces más, y en 1622 sería designado alcalde de Lima, uno de los más respetables cargos.

A ellos les encomendaban que aleguen en nombre de los poderdantes para que impugnen y contradigan a los pobladores de la otra banda por «las grandes pérdidas que seguirían a todos los vecinos del valle e indios que en él residen» si se fundase la villa en Escapagua.

DOS PUEBLOS, UNA VILLA

Ambos pueblos tenían un relativo desarrollo urbano que les permitía solicitar al virrey ser la sede de la villa que debía fundarse. En cada lugar se construyó un templo, siendo el de Santa Catalina el más importante, al juzgar por ser el lugar preferido como sepultura para la mayoría de los habitantes del valle.

El cultivo de la vid iba en aumento, tanto por parte de españoles como de indígenas, a la par que la siembra de trigo y la caña de azúcar, con la consiguiente construcción de molinos y trapiches, estimulados por un comercio cada vez más activo con los pueblos altoandinos.

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