POR: NOLBERTO ARATA HURTADO
En estos días de carnaval, los diarios, noticieros de radio, televisión y redes sociales han encontrado un modo perverso de tener a toda la población con un morbo y atención sobre el asesinato por imprudencia y más de la deportista Lizeth Marzano. Sin lugar a duda, la muerte es un dolor muy grande, sobre todo, en este caso, para la familia de la occisa.
La muerte siempre genera un gran dolor, sobre todo si es vinculada a un ser querido, aun cuando se trate de mascotas, aunque muchas veces, para evitar el dolor o sufrimiento, es deseada y se espera suceda por enfermedad, edad o por otras circunstancias. Pero en este caso el dolor y conmoción social es mayor porque la joven era llena de vida, deportista que representaba al Perú, había sido premiada y, al momento del accidente, el responsable omitió ayuda inmediata y él y su entorno tuvieron una actitud cómplice y perversa y hasta aparente complicidad de quienes deben ejercer la ley y la protección del ciudadano.
Esta reflexión sobre la muerte y que hay muertes y ¡muertes! llega a mi memoria porque el 6 de agosto del 2023, en nuestra Moquegua, el ciudadano peruano Andrew Mitchel murió asesinado por atropello, en circunstancias parecidas a Lizeth.
Andrew era una persona muy conocida y querida en nuestra ciudad, era un “inglés” moqueguano apasionado que desde niño vivió en Moquegua y, no obstante haber estudiado y graduado profesionalmente en Inglaterra, con notas magníficas y tener ofertas de trabajo para ejercer su profesión en cualquier lugar del mundo, prefirió regresar a nuestra ciudad y aquí compró un pequeño fundo en la zona de El Conde, en el valle, donde construyó un hospedaje al que traía muchísimos turistas irlandeses e ingleses, indicándoles que en el mundo no había lugar más bello que Moquegua.
La pena es que en una noche fue atropellado cuando se dirigía a su casa y hasta hoy no hay ninguna noticia sobre su posible asesino.
A la policía se sugirió que hiciera control de tiempos sobre los desplazamientos de vehículos que pasaron por los puestos de peaje de Ilo, Tacna o hacia el norte y así tendrían información real de casi la totalidad de unidades en circulación y, con los datos proporcionados por los testigos, era factible confrontar la información, así como revisar los talleres de mantenimiento o pintura y pedir reporte a los mismos, y se podía encontrar al culpable.
La policía, sí, nuestra policía, cuya obligación funcional es proteger la vida e integridad de los pobladores y, en el caso de siniestros o accidentes, hacer las investigaciones exhaustivas, a pesar de los más de dos años transcurridos, que se sepa, la población nunca ha recibido o se ha enterado que hayan emitido informe de los resultados y conclusiones por el atropello y asesinato de Andrew.
Espero que estas líneas motiven al general jefe de la región policial a informar, por los medios de comunicación existentes, los resultados de las investigaciones para que así todos los ciudadanos sepamos que contamos con una verdadera preocupación y atención por nuestra vida, integridad y salud social brindada por nuestros custodios y no una indiferencia que nos hiere.

