POR JORGE ACOSTA ZEVALLOS
El Perú es hoy el primer productor y exportador mundial de pota (calamar gigante, Dosidicus gigas), un recurso que genera empleo, ingresos y oportunidades para miles de familias en la costa. Sin embargo, esta riqueza enfrenta una amenaza creciente: la presencia de la flota china en el límite de las 200 millas y las denuncias de incursiones ilegales dentro de la Zona Económica Exclusiva (ZEE). Son alrededor de 670 embarcaciones que extraen cerca de 400 mil toneladas anuales y operan libremente, mientras los pescadores artesanales están sometidos a cuotas de pesca afectadas por la depredación sin límites.
La pota representa más del 60% de las exportaciones pesqueras artesanales del país y concentra su desembarque en puertos como Paita, Chimbote e Ilo, donde comunidades enteras dependen de ella para subsistir. El sur del Perú, con Ilo y Matarani, aporta una cuota significativa, aunque menor que la del norte, donde Paita aporta alrededor del 40%, lo que muestra que esta pesquería es verdaderamente nacional.
El negocio es rentable para exportadores y plantas procesadoras, que colocan el producto en mercados como China, España y Corea del Sur, donde la pota peruana es altamente demandada. Sin embargo, los pescadores artesanales y vendedores locales reciben precios bajos en los desembarcaderos, lo que genera protestas y paros. La paradoja es clara: somos el primer productor mundial, pero no siempre está en el menú de los peruanos. El consumo interno sigue siendo limitado por desconocimiento culinario y por la percepción de que la pota es un producto “duro” o “de exportación”.
La amenaza más seria proviene de la flota china que, con más de 600 embarcaciones industriales, captura decenas de toneladas por faena, procesando y congelando a bordo para permanecer meses en alta mar. Su capacidad tecnológica y la falta de vigilancia efectiva del Estado peruano generan una presión desproporcionada sobre la biomasa, poniendo en riesgo la sostenibilidad del recurso y, con ello, el futuro económico de miles de familias.
Mientras que los buques chinos son de gran escala, con bodegas refrigeradas para almacenar miles de toneladas, las embarcaciones peruanas son artesanales, de bodegas pequeñas, manuales y semimecanizadas. No hay comparación en productividad ni en tecnología.
El desafío es doble: defender la soberanía marítima y promover el consumo interno. La pota no solo debe ser vista como un producto de exportación, sino como una alternativa nutritiva y accesible para la seguridad alimentaria nacional. Si el Perú logra equilibrar la regulación, la vigilancia y la difusión gastronómica, la pota puede consolidarse como un verdadero motor de desarrollo.



