Dilemas electorales

Cada elector, bajo el contexto de la cédula de votación oficialmente aprobada, puede marcar hasta 12 veces; aquí incluimos el uso del voto preferencial.

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POR: VICENTE ANTONIO ZEBALLOS SALINAS

Ingresamos al tramo final de las justas electorales de abril próximo. Las candidaturas están cerradas, aunque nada evita que pueda haber alguna deserción electoral de último momento; pensamos en aquellos que ni remotamente aparecen en las encuestas y que, en un gesto de amor propio, puedan estar asumiendo lo infructuoso de su participación. No obstante, vamos al encuentro de la cédula electoral —quizás lo más preciso sea decir sábana electoral—, muy singular por el amplio contenido de las propuestas electorales, como no ha ocurrido antes, y que al incauto electoral va a generar confusión más que auxilio a su decisión.

Más aún, cuando el elector ingrese a la cámara de votación se encontrará con una lluvia de propuestas, ya individualizadas, que supuestamente, para los reparos de último momento, deben orientarlo. Bajo ese contexto, nuestra intención es abordar algunas figuras electorales que permitan esclarecer las observaciones que el común de los electores pudiera tener, bajo la premisa de un voto informado para ejercer nuestro derecho y deber al voto, que fortalezca nuestro sistema democrático a partir de la alternancia en los cargos electivos, que descansa en nuestra soberana decisión.

PRIMERO

La cédula de votación tendrá cinco columnas. Cada columna corresponde, respectivamente, a: elección de la fórmula presidencial, elección del Senado en distrito único, elección del Senado en distrito múltiple, elección de diputados y elección de parlamentarios andinos.

Teniendo en cuenta que por mandato constitucional el ejercicio del voto es obligatorio hasta los 70 años, agregado a ello una particularidad de nuestro sistema electoral es que el voto es “preferencial, opcional y doble” cuando se trate de elecciones pluripersonales, como corresponde a las elecciones parlamentarias. Es decir, que los electores, al momento de ejercer su voto, pueden optar por una agrupación de su preferencia, votar en blanco o incluso viciarlo —que también es una forma de expresión democrática—, cumpliendo con su obligación electoral.

Pero, a su vez, pueden hacer ejercicio —opcional, lo quieran o no— de su voto preferencial. Al tratarse de listados dentro de cada agrupación, para particularizar a cada uno de sus candidatos se les asigna un número. El elector selecciona uno o dos candidatos de su preferencia y escribe sus números, lo que, al momento del escrutinio final, va a alterar el orden primigenio propuesto por las agrupaciones. Así, quienes tienen mayores votos preferenciales se ubicarán en los primeros lugares.

Cada elector, bajo el contexto de la cédula de votación oficialmente aprobada, puede marcar hasta 12 veces; aquí incluimos el uso del voto preferencial. En muchos casos, y ante lo compleja que se propone la cédula electoral, el elector apela al llamado voto horizontal; es decir, marca en una sola línea recta por todos. Aquí se denota la capacidad de arrastre de los líderes partidarios, que en muchos casos ayuda a sus candidatos parlamentarios.

Pudiera ser que un candidato parlamentario en determinada circunscripción electoral obtenga una significativa votación, pero si la agrupación política no logra superar la valla electoral del 5% de votación nacional, ese esfuerzo será vano. Muchas de las agrupaciones políticas en recurrentes encuestas nacionales no aparecen ni por asomo, lo que no genera certeza alguna en sus candidatos para lograr una curul, y su esfuerzo político y especialmente económico para colocarse en la palestra electoral resulta inútil.

Nuestra lectura es que muchos de ellos lo hacen para ganar tribuna publicitaria y hacerse conocidos, cuando su real interés está en las próximas elecciones regionales y municipales de octubre próximo.

SEGUNDO

Aquí no hay margen de error: habrá segunda vuelta, lo que ha sido una constante desde su implantación en nuestro país, pues al no superar ninguna de las candidaturas el 50% de los votos válidos, las dos fuerzas electorales más votadas van al ballotage, como lo denominan los franceses.

El caso de la elección de Alan García, en el ya distante 1985, es muy singular. Asumiendo con hidalguía y responsabilidad política la imposibilidad de revertir los resultados de la primera vuelta, Alfonso Barrantes, de Izquierda Unida, desistió de participar.

Ocurrió todo lo contrario en las recientes elecciones generales de 2016 y 2021, donde precisamente la agrupación perdedora de esa segunda ronda electoral apeló a un insumo impropio de la responsabilidad política, recurriendo a acusaciones de fraude electoral, generando una natural inestabilidad política cuyas consecuencias aún las estamos asumiendo.

Una lección muy clara de la segunda vuelta es que el hecho de haber ganado en la primera vuelta no asegura en lo mínimo ser ratificado en esa condición para la segunda vuelta. Quien conoce muy bien esta ingrata experiencia es Fuerza Popular.

Pero también es cierto que, al quedar elegido el Congreso en la primera vuelta y no estar asegurado que el líder de la mayoría parlamentaria gane en la segunda vuelta, nos hace ingresar en un escenario de contraste político, debilitando instituciones: un presidente sin mayoría parlamentaria, convirtiéndose el parlamento, o bien en obstruccionista, o bien arrogándose potestades de gobierno.

TERCERO

Es cierto, vamos a las urnas y elegimos representantes ante el Parlamento Andino, cinco titulares y diez suplentes, y son escasas las respuestas en cuanta oportunidad los electores se preguntan por qué esa votación y qué labor cumplen.

Los parlamentarios andinos tienen los mismos derechos y privilegios de un congresista actual; incluso su remuneración está considerada dentro del presupuesto de nuestro Congreso.

Nuestro país fue impulsor del Pacto Andino, hoy Comunidad Andina de Naciones (CAN), creado en 1969 bajo el denominado Acuerdo de Cartagena. Un innato espíritu integracionista alimentó la decisión de su constitución. Ha tenido marchas y contramarchas, entre ellas el retiro de Chile y Venezuela. Hoy están Perú, Colombia, Ecuador y Bolivia, lo que ha permitido no solamente fortalecer lazos culturales y sociales, sino especialmente de orden económico-comercial, hacia un futuro irrenunciable que nos permita fortalecernos en nuestras mutuas identidades.

Pero también es cierto que el Parlamento Andino, al no tener fuerza vinculante en sus decisiones, tiene un rol poco trascendente y efectivo. Por ello somos del criterio de que esa función puede ser bien cumplida por parlamentarios delegados de los propios parlamentos ordinarios de los países miembros.

Ya estamos en marcha: iremos a votar, a decidir. Que sea esta una oportunidad de revisar su vigencia.

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