POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS
Cuando los españoles de uno y otro lado firmaron el compromiso de unirse, los vecinos de Escapagua eran veintiocho, igual los que residían en Moquegua. Todos ellos lo suscribieron en nombre de los demás que por diversas razones no estuvieron presentes. La población en ambos pueblos se aproximaba al centenar; entre ellos, los curacas que tenían bajo su cargo a las comunidades indígenas ubicadas a lo largo del valle, de distinta procedencia; los castellanos eran propietarios de “piezas” de esclavos destinados a los duros trabajos agrícolas y la resignada servidumbre doméstica.
Un siglo antes, cuarenta españoles fundaron Jauja como la primera capital del Perú, y fueron cincuenta cuando se escogió a Lima como la nueva y definitiva capital en 1535.
El deseo de fundar la villa, que les permitiría autonomía y gozar de los beneficios y privilegios que se daban a los pueblos fundados, tiene como antecedente cuando los principales vecinos de una y otra banda se unen para protestar reiteradamente ante la Audiencia de Lima por sentirse agraviados ante el insistente pedido que les hacían desde Arequipa de instarlos a contribuir para construir un puente, lugar tan distante que no les reportaba beneficio alguno.
La relación entre los vecinos de uno y otro lado era amigable, unidos con vínculos familiares y una estrecha colaboración. El templo de Santa Catalina tenía especial predilección para ambos pueblos; Andrés de Espinoza, heredado en el lado Cochuna, ejercía como su mayordomo. Gonzalo de Mazuelo, nacido en Arequipa, principal vecino «de la parte que llaman Cochuna», uno de los troncos de las familias locales, dispuso ser sepultado en el templo de Moquegua, en la capilla de su cuñado Alonso de Estrada, distinguido vecino de Moquegua.
El antiguo vínculo social y económico con Charcas fue estimulado por las ricas minas de Potosí, que atrajeron gente de todo el reino.
En el nuevo siglo el desarrollo del pueblo seguía en sostenido aumento. No bien se traslada el templo a su actual emplazamiento, en 1601 ya se habla de la plaza de Moquegua, de la calle de las Carreras que pasa por ella, de solares adyacentes de los principales vecinos. En 1610 se «comenzó a edificar unas casas en la pampa de Moquegua», cercana a la propiedad de Alonso de Estrada, lindante con la viña de los indios de Torata, junto a una sepultura antigua de indios.
Cristóbal de Arana vende unas casas con una tienda, más las tierras junto a ellas que compró de don Baltazar Tumba, cacique de Torata, instado a venderlas, pues “estaban arrimadas al pueblo de Moquegua y que hace muchos años no lo siembra, pues los españoles se han metido a hacer adobes para hacer sus casas y lo han dejado lleno de huecos y sembrado de piedras”.
El valle era rico y bien provisto. Doña Clara de Arana conducía el trapiche de su difunto marido, don Diego Fernández de Córdova; en 1610 vendía cien botijas de miel. En 1611 Juan Ventura vende cincuenta cestos de camarones que debe entregar a un promedio de un cesto diario. De las huertas y chacras se abastecían de higos, membrillos, camuesas, duraznos… Bien dijo Antonio Vásquez de Espinosa, visitante por esos años: “este hermoso y regalado valle es de todo abastecido y rico y parece un paraíso”.
Sementeras que se hacían más productivas cuando aprendieron a usar el guano de las islas de Corocinto de los indios de Quinistacas, asentados en Escapagua luego de la trágica reventazón del volcán en 1600.
El valle iba en continuo avance. En 1610 Fernando Tovar Villegas y Diego de Bravo forman compañía para sembrar trigo en Estuquiña y Yacango, que eran de los indios capangos. Cristóbal de Arana vende a Alonso Vizcarra la mitad de las tierras que los carumas tenían en el asiento de Quiamore, en Omo, plantadas de caña de azúcar con trapiche, esclavos y lo necesario para elaborar azúcar.
Paulatinamente los indígenas eran desplazados de sus tierras. Se seguían empleando los topónimos autóctonos como Quilcanamaya, Esquipinguila, Yalaxapi, Queamore, Cochacajas, Carapampa…
Don Alonso de Vargas Carvajal, extremeño que fue alcalde de Lima, dueño de las tierras de Omo a Cupina que fueron de los carumas, que hereda su hijo don Diego de Vargas Carvajal, síntesis de versos, linaje y fortuna, en 1613 fue corregidor de Colesuyo.

