martes, 24 de febrero de 2026
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Comer desde el amor y no desde la culpa

Entre dietas, prohibiciones y emociones no resueltas, la alimentación se ha convertido en un espacio de tensión interna que exige reconciliación y conciencia.

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POR NATALY ZAÁ

Comer no debería ser un campo de batalla, pero para muchas personas lo es.

Entre dietas, prohibiciones y comparaciones, la relación con la comida se ha vuelto tensa y llena de culpa.

Alimentarse dejó de ser un acto natural para convertirse en una lucha interna entre lo que “debería” y lo que “no debería” comer.

Sin embargo, el verdadero cambio en tu cuerpo y tu energía no ocurre cuando comes menos, sino cuando empiezas a comer desde el amor.

LA CULPA NO ALIMENTA, CASTIGA

La culpa aparece cuando transformamos la comida en un juicio moral: lo “bueno” y lo “malo”, lo “permitido” y lo “prohibido”.

Esa mentalidad hace que cada bocado se viva con ansiedad. El problema no es el alimento, sino el pensamiento con el que lo consumes. Comer con culpa interrumpe la conexión natural entre el cuerpo y sus señales: el hambre, la saciedad y el placer.

Y, paradójicamente, esa culpa puede llevar a comer más, como un intento de aliviar la incomodidad emocional que ella misma genera.

Comer desde el amor, en cambio, es reconocer que la comida no es enemiga; es información, energía y conexión.

Cada elección alimentaria puede ser un acto de autocuidado o de castigo. Tú decides desde dónde hacerlo.

ESCUCHAR AL CUERPO, NO A LA CULPA

El cuerpo sabe cuándo tiene hambre y cuándo está satisfecho, pero hemos aprendido a ignorarlo.

Las dietas rígidas, las modas y el miedo a engordar nos desconectan de esa sabiduría interna.

Aprender a escuchar al cuerpo implica volver a confiar en él: comer cuando lo pide, detenerse cuando está satisfecho y elegir alimentos que lo hagan sentir bien, no culpable.

Una alimentación consciente no busca perfección, busca presencia. No se trata de contar calorías, sino de notar cómo te sientes antes, durante y después de comer.

Cuando te das permiso de disfrutar sin exceso ni restricción, el cuerpo se relaja y responde mejor.

EL VÍNCULO ENTRE EMOCIONES Y ALIMENTACIÓN

Comemos por hambre, pero también por emociones. El estrés, la tristeza o la soledad pueden llevarte a buscar consuelo en la comida, y eso no te hace débil: te hace humana.

El problema aparece cuando la comida se convierte en la única forma de aliviar lo que sientes.

Identificar qué emoción se esconde detrás del impulso es un acto de conciencia.

A veces, lo que necesitas no es comida, sino descanso, conversación o contención emocional.

Reconocer esa diferencia te permite alimentar el alma antes que el estómago.

Y cuando lo haces, las decisiones alimentarias se vuelven más coherentes, más ligeras, más amables.

COMER CON AMOR: UNA PRÁCTICA DE RESPETO

Elige desde el bienestar, no desde la restricción. No todo lo que disfrutas te hace daño; no todo lo “fit” te hace bien.

Agradece tu comida. La gratitud genera conciencia y calma el ritmo interno.

Evita comer con prisa. La digestión empieza en la mente. Comer con calma mejora la absorción de nutrientes.

Deja espacio para el disfrute. Un postre ocasional no arruina tu progreso; el exceso de culpa, sí.

Perdónate. Un día diferente no borra todo tu esfuerzo. La constancia vale más que la perfección.

Comer con amor no significa perder el control, sino recuperar la conexión. Significa mirarte con respeto, incluso cuando no cumples tu plan perfecto.

TU PLATO TAMBIÉN REFLEJA TU HISTORIA

La forma en que comes cuenta cómo te relacionas contigo. Comer desde la culpa es repetir el discurso del castigo; comer desde el amor es comenzar una nueva historia de reconciliación.

Cuando eliges alimentos que te nutren y te hacen sentir bien, estás diciendo: “merece la pena cuidarme”.

Y ese mensaje, repetido día tras día, transforma no solo tu cuerpo, sino también tu mente y tu autoestima.

El bienestar no se logra a base de prohibiciones, sino de conciencia.

Tu cuerpo no necesita que lo castigues para cambiar; necesita que lo acompañes con amor y coherencia.

La próxima vez que te sientes a comer, haz una pausa. Respira, agradece y recuerda: alimentarte también es una forma de amarte.

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