POR: FREDDY ROQUE OROVILLA
La elección de José María Balcázar como nuevo presidente del Perú, en medio de una sucesión marcada por la vacancia de José Jerí y la fragmentación del Congreso, ha abierto una etapa dominada más por las preguntas y temores que por las certezas. A menos de cinco meses del 28 de julio, el país observa con cautela a un mandatario que promete unidad y estabilidad, pero que carga con una profunda desconfianza acumulada.
Uno de los principales focos de preocupación es la estabilidad económica. Aunque Balcázar ha afirmado que no habrá “ensayos económicos” y ha ratificado la continuidad del actual rumbo, sin embargo, los sectores empresariales y parte de la ciudadanía temen que su cercanía con sectores de izquierda derive en decisiones que afecten la inversión y la confianza de los mercados. La anunciada coordinación con el presidente del Banco Central de Reserva, Julio Velarde, es un gesto simbólico que debe traducirse rápidamente en señales políticas claras.
En paralelo, la inseguridad ciudadana aparece como una de las mayores urgencias. Balcázar ha hablado de una etapa de pacificación y de conformar ministerios con personas “que sepan del tema”, pero se sabe que el tiempo es limitado y la continuidad de parte del gabinete anterior podría restar credibilidad a un cambio real en la estrategia contra el crimen organizado y la violencia urbana. La población exige resultados concretos más que anuncios, especialmente en un contexto de miedo cotidiano.
Quizá el mayor foco de tensión política gira en torno a un posible indulto a Pedro Castillo, aunque el presidente en sucesión ha afirmado que existe un proceso que debe continuar. Una decisión de ese tipo podría desatar una crisis social y política de gran magnitud. A ello se suman cuestionamientos sobre un eventual salvoconducto para Betsy Chávez y el uso del poder presidencial para favorecer a aliados políticos como Cerrón, un tema extremadamente sensible tras años de no poder capturarlo pese a existir una orden de captura contra él.
Desde la oposición, se insiste en que Balcázar representa una izquierda radical encubierta, con antecedentes y declaraciones pasadas que generan dudas sobre su compromiso real con la institucionalidad. Desde sectores ciudadanos mayoritarios, en cambio, el escepticismo no siempre se expresa desde una postura ideológica, sino en cansancio: para muchos peruanos, el problema ya no es si el gobierno es de izquierda o derecha, sino si será capaz de gobernar sin caer en el caos.
Frente a este escenario, el propio Balcázar ha planteado como eje central la unidad nacional, insistiendo en que “no es tiempo de derechas ni izquierdas”. Su llamado al diálogo institucional y a la construcción de una “democracia de verdad” apunta a desactivar la polarización, pero enfrenta una realidad compleja: la confianza entre poderes del Estado está erosionada y la ciudadanía observa con distancia cualquier discurso conciliador que no venga acompañado de hechos concretos.
La garantía de elecciones generales transparentes es, en este contexto, uno de los compromisos más relevantes de su corto mandato. El mayor legado posible de Balcázar no será una gran reforma, sino asegurar un proceso electoral limpio, previsible y aceptado por todos los actores, evitando interferencias políticas o decisiones que puedan ponerlo en duda.
Desde esta redacción, la perspectiva hacia el 28 de julio es clara: el margen de error es mínimo. Si el gobierno prioriza gestos de consenso, mantiene la estabilidad económica, evita decisiones polarizantes como indultos polémicos y concentra esfuerzos reales en la seguridad ciudadana y el proceso electoral, podría contribuir a cerrar —aunque sea parcialmente— un ciclo de inestabilidad. De lo contrario, el país corre el riesgo de sumar un nuevo presidente a la lista, sin haber aprendido de una década en la que debieron gobernar solo dos.puede haber dolor muscular en la zona abdominal por estar mal sentado?

