POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS
Cuando ha transcurrido más de siglo y medio de la muerte de Nieto, el sitio que escogió para su sepultura hoy se ha desvanecido de la memoria de sus paisanos. Nunca se tuvo la preocupación de colocar allí un testimonio que lo recordara.
Eligió la prominencia de Alto Yunguyo porque desde su cima, hacia el este, se divisa el escenario de la lucha que con tanto ardor sostuvo junto a su pueblo; hacia el lado opuesto, su ciudad, a la que con tanta pasión defendió.
El lugar es una estratégica y estrecha garganta saliendo de Samegua; es transitado diariamente por quienes se dirigen a Tumilaca, Torata, Cuajone y Quellaveco; hacia Omate, Carumas, Calacoa; por quienes viajan a Puno y demás pueblos del Altiplano o a Bolivia; también es la vía que conduce a Brasil.
Cuando se conmemoró el sesquicentenario de su fallecimiento, el municipio provincial desarrolló una ceremonia patriótica en Alto Yunguyo. Al costado de la carretera se colocó la primera piedra de lo que iba a ser un altar cívico dedicado a perpetuar la memoria de Nieto y resaltar los valores democráticos de la población que lo apoyó en sus luchas, reparando el olvido histórico que se arrastraba por 150 años.
Fue un gesto más para cumplir con las formalidades, como tantos otros, solo por compromiso. Después todo quedó en el más completo olvido. A principios del 2008 el municipio sameguano empezó a construir un obelisco en este sitio. Se detuvo la obra por problemas que surgieron sobre la propiedad del terreno. Fue una buena iniciativa que se frustró.
Y eso es todo. Mejor eso hubiera sido todo, porque después en la plaza de San Antonio se levantó una desaliñada estatua ecuestre de cemento; más que un homenaje, parecía una afrenta a su memoria y al buen gusto. El clamor popular obligó a demolerla.
Casi nadie recuerda que en Sancara el mariscal Nieto se atrincheró cerca de un mes, con el general Castilla liderando a los estudiantes, agricultores y a todo el pueblo moqueguano para enfrentar al enemigo. La población se mostraba unida junto a su líder; no importaba que al frente se tuviera al ejército de experimentados reclutas que recibía las órdenes del dictador. La consigna era hacer prevalecer la Constitución y la Ley. El pueblo de Moquegua, con este gesto, le daba un ejemplo de civismo al país entero.
Por eso Nieto en su testamento remarcó que su cuerpo fuera sepultado “en el punto de Sancara llamado Alto de Yunguyo, dando el frente hacia los puntos que tanto acechó Guarda, por el espacio de veintiocho días con su ejército, para humillar Moquegua”, y que él luchó por defender “a la ciudad y su libertad y la de la República, defendiendo la Constitución y el imperio de la ley”.
Es aquí, en este lugar, donde debía formarse “un sepulcro de cal y piedra”, donde “el caminante leerá en mi humilde huesa la historia de un pueblo heroico”. Este deseo fue expresado en 1844, hace 182 años, y nada de ello hay allí que lo recuerde hasta la fecha.
Nieto, que fue jefe del ejército en el norte y en el sur; quien manejó los presupuestos para organizarlos y costear las campañas en las que participó; Nieto, que fue jefe del Gobierno de los departamentos libres, nos deja un ejemplo de honestidad, de probidad y responsabilidad con la que se deben manejar los recursos públicos que le confiaron. Murió sin dejar fortuna. Las únicas propiedades que deja a sus hijos son las escasas que heredó de sus padres.
Los valores por los que luchó deben cultivarse y tener presente su ejemplo cuando nos invada el desconcierto y extravío de los principios que él personificó.
Todos esperamos que en algún momento se haga en Alto de Yunguyo un recordatorio y, sobre todo, la estatua ecuestre digna de su memoria en la plaza de San Antonio, escenario de su última batalla.


